Capítulo IV. Teosofía
Sin ufanarme en modo alguno con tan delicadas y múltiples inquietudes de tipo filosófico y metafísico, confieso francamente y con toda sinceridad que aún no había llegado a las dieciséis primaveras de mi actual existencia, cuando ya me hallaba enfrascado en muchas materias de enjundioso contenido. Con ansias infinitas me propuse analizar detalladamente los problemas del espíritu a la luz de la ciencia moderna. Muy interesantes me parecieron por aquella época los experimentos científicos del físico Inglés William Crookes, descubridor insigne de la materia en estado radiante y del Talio, ilustre miembro de la Real Sociedad Británica. Sensacionales me parecieron las famosas materializaciones del espectro de KATIE-KING en pleno laboratorio, tema planteado por Crookes en su «Medida de la fuerza psíquica». Excelentes, excepcionales, maravillosos, me parecieron muchos temas sagrados de la antigüedad tales como: La Serpiente del Paraíso, La Burra de Balaam, Las Palabras de la Esfinge[1], las voces misteriosas de las Estatuas de Mennon[2] al romper el día, el terrible MENE-TECEL-PHARES del festín de Baltasar[3]; el Serafín de Therán[4], Padre de Abraham; los Oráculos de Delfos; los Betilos o Piedras Parlantes del Destino[5], los Menhires Oscilantes y Mágicos de los Druidas; las voces enigmáticas de todos los sangrientos sacrificios necromantes, origen auténtico de toda la tragedia clásica, cuyas revelaciones indiscretas en Prometeo, las Caforas y las Euménides, costaron la vida al Iniciado Esquilo; las palabras de Tiresias, el adivino evocado por Ulises en la Odisea, al borde del hoyo repleto con la sangre del cordero negro propiciatorio; las voces secretas que Alarico oía mandándole destruir la Roma pecadora[6], y las que la doncella de Orleáns[7] oía también para que exterminase a los ingleses, etc., etc., etc. Enseñado en buenos modales y sin ensayarme en la oratoria para recitar en público, a los diecisiete años de edad dictaba conferencias en la Sociedad Teosófica. El Diploma Teosofista lo recibí de manos de Jinarajadasa, ilustre presidente de aquella augusta Sociedad, que en buena hora conociese personalmente. Seguro de mi mismo en mi carácter estaba entonces muy bien informado sobre los extraños y misteriosos golpes de Rochester[8], los clásicos fenómenos psíquicos de la granja de los Eddy, donde nació la misma Sociedad Teosófica; había acumulado muchos datos relacionados con aquellos trípodes[9] evocadores de las Pitonisas de los antiguos tiempos, sabía de casas encantadas y de apariciones Post-Mortem y conocía a fondo todos los fenómenos telepáticos. Incuestionablemente, con tantos datos metafísicos en mi pobre mente acumulados, me había convertido en un erudito muy exigente. Sin embargo, quise muy sinceramente formar el corazón con el buen criterio Teosofista y por ello me engolosiné con las obras que hallé en la rica biblioteca. Venero inagotable de Sabiduría Divinal, descubrí con asombro místico en las obradas páginas de la Doctrina Secreta, obra extraordinaria de la Venerable Gran Maestra Helena Petrovna Blavatsky, la sublime mártir del Siglo XIX. Veamos ahora las siguientes notas, por cierto muy interesantes: "1885. En su Diary, el Coronel Olcott anota en el día 9 de Enero"."H.P.B., ha recibido del Maestro M., el plan para su Doctrina Secreta". "Es excelente, Oakley y yo intentamos hacerlo la noche pasada, pero este es mucho mejor". "La conspiración del matrimonio Coulomb obligó a H.P.B., a dejar Adyar y viajar a Europa en Marzo. H.P.B., llevó consigo el precioso manuscrito. Cuando me preparaba para subir al barco, Subba Row me recomendó escribiera LA DOCTRINA SECRETA y le fuera mandado semanalmente lo escrito. Yo le prometí y lo haré... ya que él va a agregar notas y comentarios y después la Sociedad Teosófica la publicará". "Fue en ese año cuando el Maestro K.H.[10], escribió: Cuando la Doctrina Secreta esté lista, será una triple producción de M.[11], Upasika[12] y mía". Es evidente que tales notas nos invitan a la meditación. Empero, es ostensible que la V.M., interpretó las enseñanzas adaptándolas a la época. Agotados los teóricos estudios de tipo Teosóficos, practiqué con intensidad RAYA-YOGA, BHAKTI, JNANA-Yoga, Karma-Yoga, etc., etc., etc. Múltiples beneficios psíquicos obtuve con las Yogas prácticas preconizadas por esa venerada institución. Como quiera que la meritísima Maestra H.P.B., consideró siempre a la HATHA-YOGA como algo demasiado inferior, me es dable manifestar que jamás me interesé por tal rama de la YOGA Indostán. Mucho más tarde en el tiempo, fui invitado a una gran asamblea de la Venerable Gran Logia Blanca, donde en plena Ágora se calificó a la HATHA-YOGA como auténtica MAGIA NEGRA.
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“Según Apolodoro, la Esfinge había aprendido el arte de formular enigmas de las Musas. Cuenta Aristófanes el gramático que Edipo mismo la llamó musa, ya que era propio de las Musas el manejar las palabras con belleza, esto es, a través del canto. La Esfinge cantaba sus enigmas, así lo afirma Pausanias. Sófocles la llama «cruel cantora». El acertijo, en la sencilla formulación de Apolodoro, habría sido: «¿Qué ser provisto de voz es de cuatro patas, de dos y de tres?». Semejante enunciación la encontramos en Diodoro Sículo, a saber: «¿Cuál es el que al mismo tiempo es un bípedo, un trípedo y un cuadrúpedo?». Una versión más elaborada es la que presenta Aristófanes el gramático: “Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil”. Varios trataron de resolver el enigma de la Esfinge y fallaron, siendo muertos; entre ellos Hemón, hijo de Creonte. Ante tan angustiosa situación, el rey hizo una proclama a toda Grecia prometiendo que daría el reino, y a su hermana Yocasta en matrimonio, a quien resolviera el enigma de la Esfinge. Muchos vinieron de remotos lugares y fallaron en dar la solución, pero Edipo, el hijo perdido de Layo y Yocasta, lo interpretó correctamente. Según Aristófanes el gramático, estas habrían sido las palabras con que Edipo respondió a la Esfinge: “Escucha, aun cuando no quieras, Musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez”. (de wikipedia, entrada: esfinge). Que el enigma del esfinge es el hombre parece que todos lo sabemos por los relatos clásicos, aunque visto el asunto con los ojos del alma el símbolo rebela otras connotaciones, de todos modos el propósito de esta nota se cumple con creces ilustrando sencillamente el mito. ↩
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Así viene escrito en la primera edición: Mennon (y así se ha dejado), aunque por lo que cuenta de las voces deduzco que se refiere a los colosos de Memnón: “Los colosos de Memnón (en árabe Al-Colossat o Es-Salamat) son dos gigantescas estatuas de piedra que representan al faraón Amenhotep III situadas en la ribera occidental del Nilo, frente a la ciudad egipcia de Luxor, cerca de Medinet Habu y al sur de las grandes necrópolis Tebanas. (...) El historiador y geógrafo griego Estrabón explica que un terremoto, en el año 27 a. C., dañó a los colosos. Desde entonces se decía que las estatuas "cantaban" cada mañana al amanecer, concretamente, la estatua situada más al sur. La explicación” –que le dan los sabelotodo de estos degenerados tiempos– “es que el cambio de temperatura, al comienzo del día, provocaba la evaporación del agua, que al salir por las fisuras del coloso producía el peculiar sonido. El emperador romano Septimio Severo nos privó de este fenómeno al restaurar la estatua en el siglo III d. C. El nombre "Colosos de Memnón" proviene del período helenístico. Los colosos fueron bautizados por los primeros viajeros griegos con tal nombre porque la pronunciación de «Phamenoth» (Amenofis), que escuchaban a los lugareños, les recordaba a la de Memnón un héroe griego de la guerra de Troya, rey de Etiopía, que llevó a sus ejércitos desde África hasta Asia para ayudar a defender la sitiada ciudad y que fue finalmente derrotado por Aquiles” (de wikipedia, entrada: Colosos de Memnón). Hoy en día este no es un misterio muy “de moda” en el mercado de misterios de la prensa y radiotelevisión, pero es de suponer que en tiempos jóvenes del maestro él tuviese acceso a otro tipo de enfoques de esta cuestión. ↩
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"La escritura en la pared" es una expresión que denota una desgracia inminente y hace referencia al pasaje bíblico del libro de Daniel, en el cual se relata la caída de Babilonia. En Daniel 5:1-31 se dice que el rey Baltasar hizo un banquete en el cual usó, profanándolos así, los vasos sagrados de oro y plata del Templo de Salomón de Jerusalén, que habían sido llevados como botín por su predecesor, Nabucodonosor II. Repentinamente, apareció una mano humana que escribió en una pared del palacio las palabras: מנא ,מנא, תקל, ופרסין (“mene, mene, tequel, farsin”, en otras versiones: “Mene, mene, tequel, parsin”). Aunque no se traducen en el relato en idioma arameo significan unidades monetarias (MENE / MENE, una mina; TEQUEL / TECEL, un siclo; PERES / PHARES, media mina), es decir un número ¿pero cual? Los babilonios utilizaban para muchas cosas el sistema sexagesimal. Dividieron el círculo en 360 grados (6 veces 60) al igual que el año tiene 365 días. Igualmente dividieron el grado en 60 minutos de arco y el minuto en 60 segundos de arco. Este sistema tiene muchas ventajas, y no es la menor de ellas que 60 es divisible por 12, un número mucho más sencillo de utilizar que el 10 (aún hoy los huevos se venden por docenas) ya que es divisible por 2, 3, 4 y 6. De la misma manera dividieron el día y la noche en 12 horas cada uno, y cada hora en 60 minutos de tiempo y a su vez cada minuto en 60 segundos de tiempo. El sistema de pesos de los babilonios y asirios utilizaba la misma división, con una unidad de peso llamada Mina en el papel del minuto. Al igual que la hora o el grado se dividen en 60 minutos (de tiempo o de arco) y el minuto en 60 segundos, la Mina se subdivide en 60 Siclos y, a su vez, 60 Minas completan un Talento. Con esta información en mente, el número que buscamos es: 60 (una mina) 60 (una mina) 1 (un siclo) 30 (media mina = 30 siclos), que sumado cabalísticamente es: 151 = 7. ARCANO 7: el carro de guerra. El carro normalmente representa negocios con la ley, pero también simboliza la batalla cuyo sino ya está determinado por el karma. En este caso el número habla: “el uno ajustará cuentas al uno”. Cuando ninguno de los adivinos reales supo interpretar esta escritura, el rey mandó llamar a Daniel, antiguo sirviente de Nabucodonosor, y le ofreció recompensarlo si lograba descifrar las palabras. El profeta rechazó el premio, pero igualmente le dijo el significado de lo escrito: MENE: "Ha contado Dios tu reino y le ha puesto fin". TEQUEL: "Has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso". UFARSIN: "Ha sido roto tu reino y dado a los medos y persas". Según el relato bíblico, Babilonia fue invadida y Baltasar muerto esa misma noche, y el medo Darío se apoderó del reino. ↩
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Esto de “serafín de Therán” –así es como viene en el original impreso– está mal impreso, como igualmente lo está: “serafín de Teherán” que se ve corregido en las ediciones modernas. Más bien parece que el maestro se refiere aquí a Teraj o Téraj (a veces también Theraj), el padre de Abraham. La Biblia nos revela que Abram (la 10ª generación después de Nöé, por línea de Sem), era sumerio, de la ciudad de Ur, donde se casó con Sarai; que su padre fue Teraj y sus hermanos eran Najor y Aram y este último, padre de Lot, murió en su país natal en “Ur de los caldeos” (Gen, 11,28). Una ciudad sumeria, populosa y comercial, que se encontraba cerca de la desembocadura del río Éufrates. También nos informa el texto bíblico que: “Tomó Teraj a Abram, su hijo; a Lot, el hijo de Aram, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, la mujer de su hijo Abram y los sacó de Ur Casdim para dirigirse a tierra de Caná, y llegados a Jarán, se quedaron allí…”, donde murió el padre de Abram, a la edad de doscientos cinco años. (Gen, 11,31-32). Igualmente sabemos por la Biblia que Abram, según el pacto que hizo con él “El-Sadai” (otra variante del nombre de ÉL o ILU, el Dios principal Sumerio y luego de los hebreos (ISRAEL se compones de los nombres de los dioses: ISIS-RA-EL), que en griego significa “Pantokrator“, “Todopoderoso” y “El que todo lo gobierna“), es el padre y el origen del pueblo de Israel: “Dijo Yehovah a Abram: “Sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; Yo te haré un gran pueblo, Te bendeciré y engrandeceré tu nombre…” (Gen, 12, 2). Igualmente en Gen, 17, 4-6 le dice Yahveh a Abraham: “He aquí mi pacto contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos, y ya no te llamarás Abram, sino Abraham, (que significa precisamente: “padre de una multitud”)… Te acrecentaré mucho, y te daré pueblos, y saldrán de ti reyes…”. La cuestión aquí es ¿cual es el llamativo misterio que pudo interesar al joven maestro? Bueno, el maestro habla –en mi opinión– de un “serafín de Theraj”, a ese serafín también se lo conoce como Uriel (el Arcángel de la Salvación). Se les llama arcángeles a los “siete espíritus ante el trono del cordero” que son los mismos siete espíritus mencionados en la conjuración de los siete del sabio Salomón, pero en realidad por arcángel no se está aludiendo a su coro angélico, sino a que son “capitanes” entre los serafines que a su vez forman el coro más elevado de ángeles, su coro según la kábala es el de los serafines (dentro de este serían arcángeles serafines). Fue URIEL, uno de estos siete espíritus, quien condujo a Téraj, a su hijo Abraham y a su nuera Saray fuera de la ciudad de Ur, hacia Jarán, en Caná. Aún después de todo lo dicho, sigo sin saber qué cosa interesaba de todo esto al maestro, pero me extraña que sea lo que sea no se refiera a todo lo comentado. ↩
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Del ensayo histórico realizado en 1934 por el escritor francés Antonin Artaud (1896-1948) sobre el emperador romano Heliogábalo (203-222), que asumiera el trono con catorce años y fuera asesinado cuatro años después, extractamos el siguiente relato antiguo acerca de uno de estos Betilos o piedras parlantes del destino: “Como lo atestigua este texto de Fotius, historiador bizantino de la época de Septimio Severo: “Severo era un romano, y padre de romanos, de acuerdo con la ley; fue él mismo quien dijo que había visto una piedra en la cual se observaban las diferentes caras de la Luna, adoptando todo tipo de apariencias, ora ésta, ora aquélla, creciendo y disminuyendo según el curso del Sol, y que también llevaba impreso el mismo Sol.” Debe decirse que este texto de Fotius no es en sí mismo una obra original, sino el plagio de un libro perdido que, a juzgar por la cantidad de escritores que a él se refieren, parece haber constituido para los antiguos una verdadera Biblia de lo Maravilloso: la “Vida de Isidoro” por Damascius. Pero la forma más apasionante de las piedras sirias se encuentra en los Betilos, los Betilos negros, o Piedras de Bel. El cono negro de Emesa es un Betilo que conserva su fuego y se dispone a devolverlo, ya que los Betilos surgieron del fuego. Son como chispas carbonizadas del fuego celeste. E indagar su historia es volver a la génesis del mundo creado: “Vi -sigue diciendo Severo- un Betilo movido por el aire, a veces oculto entre mantas, pero también a veces llevado en las manos de un servidor; el nombre de ese servidor que se encargaba del Betilo era Eusebios, quien me dijo que súbitamente y de manera totalmente imprevista, le había sobrevenido el deseo de salir de la ciudad de Emesa, casi en medio de la noche, y de irse muy lejos hacia esa montaña en la que estaba enclavado el viejo y magnífico templo de Atenas; que había llegado muy rápido al pie de la montaña y que allí se había sentado para reposar del cansancio de la ruta y que en ese mismo lugar había visto una bola de fuego que caía del cielo con una velocidad muy grande y un león enorme que se hallaba junto a la bola de fuego; que el león había desaparecido de súbito pero que él había corrido hasta la bola de fuego ya apagada, la había tomado y era ese Betilo, y mientras lo llevaba le preguntó a qué dios pertenecía; y le respondió que pertenecía a Gennaios (ese Gennaios es adorado por los hieropolitanos que le erigieron en el templo de Zeus una estatua en forma de león); lo había llevado a su casa esa misma noche, y había recorrido una distancia no menor, decía, de doscientos diez estadios. Eusebios no regía los movimientos del Betilo, sino que estaba obligado a rogarle, a implorarle; y el otro satisfacía sus deseos. “Era una bola perfectamente esférica, de un color blancuzco; y su diámetro medía un palmo. Pero en ciertos momentos aumentaba o disminuía su tamaño; en otros momentos adoptaba un color purpurino. Y nos mostró unas letras trazadas sobre la piedra, teñidas del color llamado minio (o cinabrio). Luego adosó el Betilo a la pared. Y era por medio de esas letras que a quien lo interrogaba el Betilo daba la respuesta buscada. Emitía voces en forma de un leve silbido que Eusebios nos interpretaba.” En otro pasaje de su libro, ese mismo Fotius, obsesionado por lo maravilloso de esas piedras, siente la necesidad de reanudar su descripción, y una vez más apela al testimonio de Severo: “Severo contaba, entre otras cosas, durante su estancia en Alejandría, que también había visto una piedra heliaca, no tal como las que nosotros vimos, sino que lanzaba desde lo más profundo de su masa unos rayos dorados que formaban un disco semejante al Sol colocado en el centro de la piedra, y que al principio tenía la apariencia de una bola de fuego. De esta bola surgían rayos que iban hasta su circunferencia, ya que toda la piedra tenía una forma esférica. También había visto una piedra selenita, no de aquellas en la que se ve aparecer una pequeña luna, sólo después de haberla hundido en el agua, y que por eso se llaman hidroselenitas, sino una piedra que, por un movimiento propio e inherente a su naturaleza, giraba cuando la Luna giraba, y de la manera como ella giraba, obra realmente maravillosa de la naturaleza.” La pequeña ciudad de Apamea en Emesa se alza al pie del Anti Líbano, en medio de un paisaje de lava muerta y polvo de osamentas. Su pequeño templo de sol-luna posee un oráculo hidromántico, oráculo que nunca se equivoca”. Hasta aquí el extracto de A. Artaud. ↩
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Todas las referencias son a la teurgia: provocar la aparición de espíritus o disfrutar de otra forma de contacto directo con el mundo de estos porque ellos así lo disponen. Evidentemente los sentidos internos del que escucha estos mensajes han de estar en actividad (es decir: iniciados). ↩
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Juana de Arco, quien era iniciada. ↩
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Se refiere a los fenómenos que marcan el inicio del espiritismo. Por no entrar en el relato de lo que le ocurrió a Margaretta Fox y a sus hermanas en un pequeño chalet de madera en el pueblo de Hydesville, en el estado de Nueva York, el 31 de marzo de 1848, digamos sólo que quedó claro que las hermanas Fox, de alguna manera, estaban dotadas para recibir esas comunicaciones, son famosos unos golpeteos que sólo se presentaban en su presencia y, además, ocurrían dondequiera que fueran ellas. Como sus vidas habían sido trastornadas por la publicidad del asunto, las niñas y su madre se marcharon de Hydesville y se instalaron en casa de la hermana mayor, Leah, en Rochester, pero los golpeteos viajaron con ellas. Así empezó el auge de lo que hoy conocemos como espiritismo... ↩
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El trípode era el lugar donde el oráculo o pitonisa se sentaba. ↩
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K.H es Krumm Heller. ↩
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M. *creo que *se refiere al maestro Moria, el inmortal autor de «Dioses Atómicos» (hay mucha gente que no está deacuerdo en que M. sea Moria, la verdad no la sé). ↩
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Upasika es el nombre con el que se referían a H.P.B. sus propios maestros. ↩