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CAPÍTULO XXVII — RAYOS CÓSMICOS

Existen átomos que traen a esta tierra lo que se llama "luz solar"; si no recibiéramos esta lluvia atómica, viviríamos en semiobscuridad. Lo que creemos que es luz del sol es la energía de éste, que quema esos átomos y crea la luz del día. Si no fuera por esos átomos, nos cubriría una especie de ceniza volcánica y la vida no podría existir.

Cuando las cosas se miran desde las esferas internas, vemos a nuestro alrededor una luz que no produce sombra. Si un yogui lleva su luz interna a una habitación, ello produce un efecto similar, o sea, una distribución pareja de luz sin sombra alguna. Es esta substancia atómica la que el Instructor lleva a la atmósfera de su estudiante.

Existe también otra clase de lluvia atómica arrojada por planetas más evolucionados que el nuestro, que no resiste la energía del sol. Estas emanaciones interpenetran los espacios entre los átomos de la envoltura del mundo, e iluminan las mentes capaces de registrarlas. La Aurora de Juventud es de este carácter; pero es del Sol tras del sol. Esto está mencionado en los Comentarios del Conde de Gabalis, y los científicos empiezan a aprender lo relativo a esta fuerza.

Transcribimos del Washington Evening Post del 15 de octubre de 1931:

Roma: Miríadas de rayos cósmicos afluyen a la tierra desde distancias cientos de millones de millas más allá del sol, cada rayo con una energía de 786.000.000 de voltios, según informan hoy cuatro distinguidos hombres de ciencia.

Roberto A. Millikan y Arturo Compton, científicos norteamericanos y el Profesor Bruno Rossi de la Universidad de Florencia, presentaron al Congreso de Física reunido aquí, un Informe sobre los rayos. Mme. Curie, co-inventora del radio, corroboró sus declaraciones.

Los dos norteamericanos dijeron al Congreso que experimentos practicados este verano desaprobaban las teorías de que tales rayos procedían de la atmósfera de la tierra, del sol o de estrellas visibles. Su origen está en regiones interestelares, desconocidas hasta para los astrónomos.

"Hasta ahora ---dijeron los científicos--- los experimentos se han hecho en el campo de la ciencia pura. Han indicado que, cuando la ciencia utilitaria tome parte en las investigaciones, la tremenda energía, contenida en los rayos cósmicos, podrá ser encauzada y convertida para el uso del hombre."

El Profesor Millikan del Instituto de Tecnología de California, informó que había dividido el rayo cósmico en cuatro substancias: helio, oxígeno, silicio y hierro, conteniendo, respectivamente 27.000.000, 100.000.000, 260.000.000 y 443.000.000 de voltios. El Profesor Compton de la Universidad de Chicago, continuó los experimentos en las Montañas Rocosas a una altura de 13.000 pies.

Los dos norteamericanos dijeron que habían llegado a la conclusión de que los rayos nada tenían que ver con el sol, tras observar de día y de noche que la intensidad de los mismos se mantenía invariable, a pesar de que el sol era de fuerza diferente.

Las mismas observaciones, dijeron, demostraron que los rayos no provienen de estrellas visibles para los astrónomos. "Los rayos varían en intensidad según la altura", añadieron. Los rayos en el Pico de Pike eran cuatro veces más fuertes que al nivel del mar. A la altura de 46.000 pies, a la que se llegó con un globo cautivo, provisto de aparatos registradores, los rayos fueron diez veces más fuertes, mientras que a 245 metros de profundidad bajo el agua, los rayos quedaron casi enteramente absorbidos.

Mme. Curie describió experimentos hechos en París, en que se hacía pasar rayos a través de hierro y de un campo magnético, para medir la energía de los mismos.

Algunas veces, al estar tendidos, refregamos suavemente los globos de los ojos por un momento; esto agita los nervios oftálmicos en ese instante; la glándula pineal que reacciona en simpatía, se vitaliza y uno percibe una radiación similar a la luz solar difusa. Esta es la luz que el yogui irradia. El yogui dice que, si se puede iluminar a un átomo, éste iluminará a otros. Concentrándose en una sustancia inflamable, el yogui puede hacer que arda.

Al recorrer el espacio, la tierra recoge constantemente racimos atómicos, muchos de los cuales fueron dispersados en la atmósfera, en el tiempo de la destrucción de la Atlántida; algunos de estos racimos proveen de fuerza intelectual a autómatas atlantes.

En los estados más profundos de nuestro sistema secundario, existe un principio intelectual. Este no es inteligencia, sino substancia mental de orden material, que se apodera y esclaviza al cerebro. Del intelecto no conseguimos nada que nos haga avanzar hacia nuestra fuente. Como ignoramos la verdadera definición de estos términos, hablamos de grandes almas como de grandes intelectos, cuando ellas son grandes inteligencias.

Podemos aprender como papagayos, y bañarnos en esta ilusión del intelecto, aprendiendo de memoria lo que otras grandes mentes han experimentado; pero, ¿qué discusión intelectual ha acercado jamás el hombre a Dios?

En una antigua pintura china, una división muestra al estudiante que lleva su alma en una hoja de loto a un grupo de eruditos, y escucha sus discusiones. Después que los ha dejado, se lo ve solo con la Naturaleza, estudiando las actividades inferiores, en que recibe su primer contacto con la conciencia de ésta; más tarde, vemos donde se unifica con la conciencia del rayo cósmico.

Estas fuerzas jerárquicas poseen tres atributos distintos: creador, destructor y protector. Los Mantrams poseen también cualidades similares.