Capítulos

Apéndice 7

Neihardt y Alce Negro Lori Utecht

Un observador casual que contemplara las circunstancias que reunieron a John G. Neihardt y a Nicholas Alce Negro en el verano de 1930 seguramente recurriría a la palabra coincidencia para describir el encuentro que acabaría por dar como resultado el libro Alce Negro habla: la vida de un curandero de los oglalas sioux. Parece evidente, sin embargo, por lo que cuentan los dos participantes y otros testigos, que ni Alce Negro ni Neihardt habrían usado tal palabra para describir su relación.

Neihardt, un autor consagrado, había viajado a la reserva de Pine Ridge en Dakota del Sur para documentarse para el último canto de su poema épico A Cycle of the West. Buscaba relatos de primera mano de ancianos que hubieran formado parte del movimiento religioso de la danza de los espíritus y que hubieran presenciado la masacre de Wounded Knee. Alce Negro, un anciano en el momento en que se conocieron, ya no llevaba la vida de un hechicero tradicional y era, de hecho, un líder notorio de la Iglesia católica en la reserva. Aunque ninguno de los dos anticipó el curso que sus conversaciones emprenderían, ambos comprendieron enseguida que se habían encontrado para cumplir con una obligación sagrada: llevar al mundo ajeno a la reserva de Alce Negro la historia de su visión, que había permanecido adormecida durante casi medio siglo.

Alce Negro habla cuenta la historia de la vida del hombre santo oglala, nacido en 1863 en un momento turbulento para su pueblo, los lakotas. Los lectores irían conociendo detalles de su primera infancia en las llanuras, de sus familiares en la tribu (incluyendo su relación con su primo segundo Caballo loco), la historia de su gran visión, las batallas ganadas y perdidas, los viajes a Europa con el espectáculo del Salvaje Oeste de Buffalo Bill, y la tragedia de Wounded Knee, que provocaría el final de la vida tribal tal y como la había conocido.

El prefacio de 1961 de Neihardt también aporta información sobre cómo se llegó a ese encuentro: su labor de documentación para la pieza final de su Cycle, «The Song of the Messiah». Neihardt explica que, a pesar de contar con los detalles históricos, no se sentía capaz de presentar adecuadamente la historia sin algunas nociones de lo que significaba espiritualmente aquel movimiento religioso. Viajó a la reserva de Pine Ridge en busca de alguien que pudiera ayudarle en ese sentido.

Lo que no se revela es cómo ambos, Alce Negro y Neihardt, llegaron a un punto en sus vidas en el que Alce Negro, tras guardarse para sí su visión durante décadas, reconoció en Neihardt la oportunidad de cumplir con su visión y en el que Neihardt se vio a sí mismo como co-creador y mensajero de la historia de Alce Negro.

El respeto de Neihardt por el don de Alce Negro es evidente en su prefacio a la edición de 1932. En él rinde homenaje a la devoción del hechicero por un mundo de valores más elevados y expresa su gratitud por los momentos en los que Alce Negro le permitió atisbar su mundo interior, «revelado con imperfecciones, a fogonazos», un mundo que Neihardt encontró «extraño y a su vez maravilloso» (p. 18). Neihardt quiso indicar la naturaleza especial de su colaboración estampando sus dos nombres como autores: «según John G. Neihardt (Arco Iris Llameante) y Nicholas Alce Negro».

Este no es, sin embargo, el relato de un escritor que se topó por casualidad con la historia de su vida. En realidad, toda la vida de Neihardt lo había preparado para dicha tarea. Ya era un hombre maduro, de unos cincuenta años, cuando se sentó con Alce Negro para recopilar sus historias. Neihardt contaba con unas credenciales impresionantes: era un poeta respetado, novelista, cuentista, periodista, historiador, crítico, profesor, pensador y filósofo y estaba más que cualificado para emprender un proyecto de tal magnitud.

El prestigio de Neihardt como recopilador de la historia del Oeste norteamericano está bien documentado. Estaba especialmente versado en la orilla occidental del río Misuri y en todo el arsenal de historias sobre la exploración, la expansión y, finalmente, el conflicto entre la población estadounidense que viajaba hacia el oeste y las tribus indígenas que habitaban en las llanuras. Sin embargo, aunque Neihardt celebraba el valeroso espíritu de pioneros como Hugh Glass, Thomas Fitzpatrick y Jedediah Smith, no ignoraba el trágico precio que tendrían sus aventuras hacia el Oeste. Sentía también un gran respeto por hombres como Nube Roja, Toro Sentado y Caballo Loco. Sus retratos de los líderes conquistados son compasivos y se centran más en las glorias y fracasos humanos que en los «estereotipos». Desde el mismo principio de The Song of the Indian Wars, Neihardt divide nuestras simpatías: «Y estaban los otros, y también ellos eran hombres».

Neihardt también aportó a esta fusión de dones artísticos una sensibilidad en plena sintonía con su entorno. Una y otra vez, su prosa refleja su estrecho vínculo con aquellas tierras, su amor de toda la vida por el paisaje del Oeste. Uno de los primeros recuerdos de Neihardt es estar junto a su padre encaramado sobre un peñasco de Kansas City desde el que se avistaba el río Misuri desbordado. Plasmó la sensación de arraigo y maravilla de ese momento en The River and I como el comienzo de una relación que duraría toda la vida con este «amigo turbulento, que desde entonces se ha convertido en un hermano para mí».

En sus primeros años de viajes y aventuras, Neihardt adquirió conciencia del misterio de la vida y de la presencia del espíritu-Dios en todo, un tema común en su poesía lírica. En los primeros años del siglo XX , cuando Neihardt trabajó como tendero en la reserva de Omaha, sus conversaciones con los ancianos omahas cimentaron esta impresión, pues en ellos vería a una gente que se consideraba a sí misma y a las criaturas y la creación que la rodeaba como una sola con el Gran Misterio. Es difícil encontrar una descripción paisajística en la obra de Neihardt que no destile esa sensación de misterio. Neihardt tenía una visión de la vida como imbuida de espíritu, y esa sensibilidad está presente en todos sus escritos sobre la tierra del Oeste norteamericano, una tierra entendida como lugar sagrado.

Es probable que Alce Negro no estuviera tan interesado en las credenciales de Neihardt como escritor o historiador como en algo mucho menos tangible. El registro de su primer encuentro es breve, pero indica que Alce Negro reconoció que había algo en ese hombre, Neihardt, y en la reunión misma, que se salía de lo común. La relación entre Neihardt y Alce Negro está llena de momentos de entendimiento intuitivo y de hermandad espiritual. Hilda Neihardt recuerda en su libro Black Elk and Flaming Rainbow (Nebraska, 1995) que Alce Negro escuchó y respondió educadamente las preguntas planteadas por Neihardt, pero parecía estar interesado en algo que excedía el alcance de su investigación. En el prefacio a la edición de 1961 de Alce Negro habla, Neihardt escribió que Alce Negro le pidió que volviera para que así él pudiera hablarle de su visión y de la historia de su vida. Alce Negro dijo en su primer encuentro que Neihardt deseaba saber de las cosas del otro mundo y que un espíritu que se alzaba a su espalda lo había forzado a venir. Neihardt, por su parte, también sintió algo fuera de lo común en aquel hombre santo que parecía tener «una intuición un tanto asombrosa» y que «parecía saber qué albergaba en su interior el visitante» (p. 292).

El lector adquiere una idea más clara de la creciente conciencia de su misión conjunta cuando un año después pasan tres semanas juntos, sentados durante horas mientras Alce Negro hablaba, Ben Alce Negro interpretaba, Neihardt intentaba hacer aclaraciones y Enid Neihardt lo iba registrando. El relato documentado en Alce Negro habla es de gran valor; cuando se empareja con los detalles de los acontecimientos y las conversaciones que rodean a las entrevistas, se revela una colaboración notable, que evidencia un sentimiento de la conexión mística que no haría más que intensificarse con el paso del tiempo. Hilda Neihardt escribió sobre la conclusión de su colaboración, poco después de que bajaran del Harney Peak. En una cena al anochecer compartida entre los Neihardt y los Alce Negro, el ambiente estaba apagado. Todos estaban «envueltos en la sensación de que habían estado en presencia de algo muy importante, de fuerte misticismo y un significado muy especial», y dice Hilda que: «aquella sensación permanecería en todos nosotros y fue haciéndose más intensa». [^451]

Tras partir, los Neihardt tenían planeado visitar el campo de batalla de Custer y regresar después a casa, pero una avería automovilística los obligó a cambiar de planes. Mientras esperaban en Spearfish (Dakota del Sur) a que llegaran las piezas que enviarían desde Denver, Neihardt escribió a su amigo Julius House. En su carta le contó que había pasado cuatro semanas gloriosas con Alce Negro y otros miembros de su tribu, y de la visión le comentó que era «algo maravilloso, colosal, llena de significados profundos y perfectamente formada. Si fuera literatura en vez de una danza ritual, estaría considerada una obra maestra de la literatura». Neihardt le comunicó a su amigo que «la visión nunca había sido relatada en su totalidad a nadie, ni siquiera al hijo de Alce Negro, que hizo de intérprete para mí» (3 de junio de 1931).

[^452]

En aquella carta Neihardt contaba la sensación de simpatía y entendimiento mutuos que había tenido con Alce Negro: «Mientras hablaba con Alce Negro pasó algo curioso. Una y otra vez parecía estar citando mis poemas, y a veces yo le citaba algo mío, que una vez traducido al sioux no podía conservar demasiado de su carácter literario y, sin embargo, el anciano reconocía inmediatamente las ideas como propias. A menudo había una fusión de conciencias extraordinaria entre el anciano y yo y entonces parecía como si él sencillamente lo hubiese recordado».

Neihardt también describe el reconocimiento que hizo Alce Negro de su contribución a la tarea colaborativa en una ceremonia de bautizo, en la que le fue dado el nombre de Arco Iris Llameante en honor a su don como «transmisor de palabras». Como Alce Negro explicó: «La tierra es como un jardín y sobre ella tus palabras caen como la lluvia que lo hace florecer, y cuando tus palabras hayan pasado, su significado perdurará en el Oeste como un Arco Iris Llameante». [^453]

Neihardt también compartió sus impresiones en una carta de junio de 1931 dirigida a su editor, William Morrow: «Hubo una fusión de conciencias muy particular entre Alce Negro y yo, y su hijo, que hizo de intérprete, también lo comentó. Muy a menudo parecía como si Alce Negro sencillamente estuviera repitiendo mis propios pensamientos o mi propia poesía, y esto a pesar de que no sabe ni una palabra de inglés y prácticamente desconoce la existencia de la literatura». En esta carta, Neihardt deja claro que entendió el propósito de Alce Negro al compartir su visión: «En varias ocasiones Alce Negro se puso melancólico al pensar que por fin había hecho entrega de su gran visión, y una vez me dijo: "ahora te he dado mi visión, que nunca antes había dado a nadie, y con ella te he dado mi poder. Ahora ya no tengo poder, pero tú puedes tomarlo y tal vez con él puedas hacer que el árbol vuelva a florecer, al menos para mi pueblo y para el tuyo"».

El dolor de Alce Negro al entregar su poderosa visión conlleva la esperanza de que, al hacerlo, esté cumpliendo por fin con su obligación sagrada.

Neihardt también registró sus impresiones de las entrevistas para los lectores de sus columnas del St. Louis Post-Dispatch. En un segundo ensayo, rememora el tiempo que pasó junto a los ancianos oglalas en el que «pudo sentir con extraordinaria intensidad la verdad profunda y quizás fatal de nuestra civilización en su perfil más dominante». Especialmente profundas fueron las revelaciones sobre Alce Negro, «uno de ellos, en quien las concepciones espirituales más elevadas de su raza han florecido bella y sabiamente». Neihardt se sintió capaz de olvidarse de sí mismo en «aquellas tierras despobladas y en el aislamiento social», recordando solo ocasionalmente, y siempre de manera casi obligada, la cultura que había dejado atrás. Por ejemplo: «Cuando el visionario oglala decía algo como lo siguiente: "El Gran Espíritu creó a los bípedos para que vivieran como parientes con los cuadrúpedos y con las aves del cielo y con todas las cosas que viven y son verdes. Pero el hombre blanco ha creado pequeñas islas para nosotros y otras pequeñas islas para los cuadrúpedos, y esas islas se hacen cada vez más exiguas, pues los wasichus (el hombre blanco) se extienden cual una plaga, con sus sucias mentiras y su avaricia"».

»En momentos así, uno podía insistir acaloradamente en que había muchos hombres y mujeres buenos entre los "wasichus". "Claro —era la respuesta—, pero sin duda ellos también se ahogarán». [^454]

Los mismos preparativos de las condiciones de las entrevistas indican la importancia que Alce Negro le otorgaba al proceso. Uno de los primeros actos que organizó fue la ceremonia de adopción de Neihardt, que serviría como testimonio público de la intimidad de su relación y además crearía el parentesco necesario para que Alce Negro pudiera compartir las historias y las ceremonias sagradas con el escritor. Alce Negro invitó a otros ancianos de la tribu a tomar parte en las entrevistas para que aportaran recuerdos adicionales de los cuales él carecía y también para que confirmaran la veracidad de todo lo que iba a contar.

Las impresiones de Alce Negro se pueden deducir a partir de la memoria del viaje que recogió Enid. No solo taquigrafió notas de las entrevistas en sí, sino que también llevó un minucioso diario de los acontecimientos y las conversaciones que tuvieron lugar durante el viaje. Raymond DeMallie ha puesto a disposición del público esta memoria entre bambalinas en The Sixth Grandfather: Black Elk's Teachings Given to John G. Neihardt (Nebraska, 1984). Es un relato increíble.

A medida que ambos hombres fueron conociéndose mejor, Neihardt no solo pudo escuchar las historias de carácter místico de Alce Negro, sino que también le contó algunas de sus experiencias personales. En una ocasión, Neihardt le contó a Alce Negro un incidente que tuvo lugar mientras estaba escribiendo The Song of Hugh Glass, la historia de un pionero explorador que es atacado por un oso a orillas del río Grand y que logra ponerse a salvo huyendo arrastrándose durante más de ciento cincuenta kilómetros. El paisaje y la tediosa huida a rastras de Glass son descritos minuciosamente; sin embargo, como Neihardt no pudo visitar el lugar antes de redactar la historia, se vio obligado a confiar en su intuición para capturar los detalles del paisaje. En 1923, durante un viaje con unos amigos para erigir un monumento a Glass en el lugar donde comenzó su huida, Neihardt esperó inquieto la discrepancia inevitable entre el paisaje real y el paisaje de su relato. Para su sorpresa, le contó a Alce Negro, ambos paisajes coincidían hasta tal punto que resultaba inquietante. A Alce Negro, sin embargo, no le sorprendió la historia, ni tampoco pensaba que fuera una mera coincidencia. Más bien sintió que alguna clase de poder operaba en Neihardt y que era muy similar al poder que le había visitado en su visión: «Mientras estás ahí sentado, en tu mente hay una especie de poder que te han enviado los espíritus; y mientras tú estás haciendo el trabajo de describir estas tierras, probablemente hay alguna especie de poder que hizo el trabajo por ti, aunque creas que lo estás haciendo tú solo». [^455]

Como sabemos por Alce Negro habla, Alce Negro le relató a Neihardt la historia de la visión que se le había presentado siendo un niño. Neihardt también le contó a Alce Negro una visión que tuvo a los once años. Estando muy enfermo, el joven Neihardt pasó varios días en cama con fiebre, en los que experimentó una visión en la que abandonaba su cuerpo enfebrecido y volaba a través del espacio a velocidad extrema. Sintió que le animaba la presencia de algo que empezaría a llamar su hermano espectral. La sensación de esta presencia no le abandonó una vez se recuperó de la enfermedad, y a partir de entonces, Neihardt se consideró a sí mismo un poeta, y al hermano espectral, el «algo» que le impulsaba y le ayudaba con su escritura. Alce Negro le respondió que el espíritu que había visto a su espalda cuando se conocieron era su compañero espectral.

Este incidente parece ser el causante de que Alce Negro decidiera que Neihardt era el hombre que le ayudaría a cumplir con la obligación sagrada que le debía a su visión. DeMaille incluye esta transcripción tomada de las notas de Enid: «Antes de conocerte me preguntaba por el sueño; y tu hermano espectral te ha traído aquí para hacerle bien a tu gente, y a través de ti, tu gente obtiene el conocimiento. Además, siento que esta visión mía debe salir, pero de alguna forma no encontraba a quien lo pudiera hacer. Pensaba en ello y me ponía triste. Quería que el mundo la conociera. Parece que tu hermano espectral te ha enviado aquí para que me ayudes en esta misión. Tú estás aquí y vivirás la visión justo como yo quería, y entonces, el árbol florecerá de nuevo y la gente sabrá lo que verdaderamente sucedió. Queremos que este árbol vuelva a florecer de nuevo en el mundo de la verdad que no juzga». [^456]

Alce Negro había llevado su visión a su gente representándola en una danza ceremonial, un acto público que cumplía un deber sagrado. Pero el árbol sagrado no había florecido, y Alce Negro reconoció en sus encuentros con Neihardt que aquí, quizás, hubiera una respuesta. Las fronteras de la comunidad de la visión de Alce Negro se habían expandido hasta incluir «al mundo». Para cumplir la obligación de que la visión «saliera», necesitaba hacerla accesible de una forma distinta. Para este nuevo ciclo de receptores, una repetición de la danza de los caballos tal vez pudiera ayudar a la comprensión, pero no lograr que hubiera una comprensión total. Este mundo necesitaba palabras, y Alce Negro sintió que John Neihardt sería tan fiel como fuera humanamente posible al crear las palabras para expresar su visión. No era una simple cuestión de traducir de una lengua, la lakota, a otra, la inglesa, sino de traducir en lenguaje el misterio.

Neihardt reconoció la dificultad a la que se enfrentaba y, aun así, aceptó la responsabilidad de la tarea. De hecho, su concepto de la responsabilidad como artista exigía tal respuesta. Para él, el artista goza de una conciencia expandida y es capaz de atisbar un mundo invisible para la mayoría de la gente. Así, es responsabilidad del artista tender un puente entre los estados ordinarios de conciencia y las fronteras lejanas de esta. En su expresión más elevada, el arte, sea poesía, música, pintura o escultura, captura y comparte, a veces durante un mero instante, una mirada al interior del misterio. Fue su don lo que Neihardt trajo a aquella reunión con el hechicero, aquel don que Alce Negro intuyó ya en su primer encuentro.

Alce Negro reconoció también que esta unión de visiones artísticas ataría a los dos hombres para siempre (así como a sus familias). Una vez más, hay una mezcla de tristeza y esperanza: «Cuanto más hablo de estas cosas, más pienso en los viejos tiempos, y aunque me entristece, espero que podamos hacer que el árbol florezca para tus hijos y los míos». Alce Negro vislumbró una relación que seguiría viva, vio que siempre serían parientes —de hecho, ese aspecto ya se había hecho realidad—, pero aún más, que «pensaremos profundamente en todo esto y guardaremos el recuerdo muy adentro de nuestros corazones, no en la mera superficie, sino en lo más profundo de nuestros corazones, donde debe guardado». [^457]

El sentido del deber y de la relación familiar en Neihardt siguió vivo tras la publicación de Alce Negro habla. Aunque el libro fue aclamado por la crítica cuando fue publicado, no fue un éxito comercial y quedó descatalogado en muy poco tiempo. No fue hasta que la universidad de Nebraska lo reeditó en 1961 que el libro encontró a su público. Pero incluso durante todos aquellos años los dos hombres y sus familias permanecieron en contacto, y Neihardt siguió hablando de la visión de Alce Negro y del maravilloso regalo que sentía que había tenido el privilegio de traer al mundo.

El registro de la interacción entre los dos hombres —cartas, las notas taquigrafiadas de sus conversaciones, los recuerdos de los familiares tanto de Alce Negro como de Neihardt— señala una comprensión clara de que, independientemente de la carga inicial que lastraba a Alce Negro en solitario como receptor de la visión, una demanda subsiguiente era la combinación de dones artísticos para cumplir con el deber sagrado; de que esta historia debe ser trasmitida al mundo y de que los dos místicos cumplieron con esa exigencia. Alce Negro habla se ha convertido en un clásico espiritual que ha enriquecido las mentes de miles de lectores, manteniendo viva la esperanza de Alce Negro de que el árbol de su visión algún día florecerá de nuevo. La historia de la colaboración misma puede servir de guía para aquellos que desean comprender el misterio en mayor profundidad. Dos artistas de gran talento, que no solo reconocieron un deber sagrado, sino que cumplieron con él, y le ofrecen al mundo una mirada, momentánea quizás, hacia las fronteras más lejanas del misterio.