Apéndice 4
Un gran poeta indio
En 1931, John G. Neihardt no solo era un investigador que se estaba preparando para escribir la historia de la vida y de la visión de Alce Negro, Hombre Santo de los oglalas lakotas, sino que también era un miembro respetado de la plantilla del St. Louis Post-Dispatch. Crítico literario del periódico desde 1926, era el encargado de la redacción de Of Making Many Books [De la redacción de unos cuantos libros], una columna diaria de reseñas y ensayos literarios. A lo largo de los años, Neihardt desarrolló una relación cercana con sus lectores, por lo que no es sorprendente que quisiera hablarles de aquel hombre tan extraordinario que acababa de conocer.
Neihardt sabía, como reconoce en su prefacio de 1972 a Alce Negro habla, que el lector medio de principios de los años treinta «desconocía casi todo acerca de los indios». La idea predominante era que la cultura nativa estaba por civilizar. De hecho, el libro gozó de «una acogida muy modesta», y en dos años fue olvidado. No obstante, Neihardt valoraba lo suficiente a sus lectores como para intentar trasladarles la maravillosa experiencia que supuso para él conocer a aquel hombre santo. Neihardt no era un escritor dado a la exageración. En sus columnas cargaba a menudo contra los críticos histéricos que agotan su repertorio de superlativos en una guerra por elogiar «el mejor no sé qué o la más no sé cuántos» jamás escrita. Neihardt repartía elogios cuando lo creía necesario, y cuando se topaba con la genialidad, se lo dejaba claro a sus lectores. Ciertamente, es un elogio notable la confesión que le hizo a sus seguidores de que «había estado sentado a los pies de un poeta digno de compartir mesa con los mejores espíritus que jamás hayan cantado en este mundo incongruente y que ahora se cuentan entre las mejores voces de entre los muertos».
El texto que ahora sigue fue publicado originalmente con el título de «Un gran poeta indio» el 20 de junio de 1931.
Este escritor acaba de regresar al mundo moderno tras pasar un mes junto a una antigüedad contemporánea que, en ciertos aspectos culturales, podría ser descrita como pre-homérica. Acompañado por sus dos hijas, ha estado viviendo con sus amigos los sioux ogalalas [sic] en tierras solitarias y libres de hombres blancos donde había poco que le recordara a uno nuestra civilización salvo por la habitual injusticia y la pobreza resultante de un pueblo conquistado y merecedor de un mejor destino.
El autor solo había tenido contactos esporádicos con la generación más joven, que conoce apenas su propia cultura racial y aún menos la nuestra, por lo que parece perdida en una sombría tierra de nadie entre el hombre blanco y el indio y en la que la gente de nuestra raza se ha adentrado mucho menos de lo que se cree generalmente. El anfitrión del autor y sus amigos íntimos eran viejos pahuskas, es decir, ancianos de pelo largo que han conservado su cultura «pagana» con apasionada devoción; hombres que fueron testigos de la muerte de Fetterman y sus ochenta soldados aquel día tempestuoso en Piney Creek hoy hace más de sesenta años; hombres que, como adolescentes de doce, catorce y dieciséis años, masacraron a la aterrada caballería de Reno «como vacas gordas» en el valle de Little Bighorn y que contribuyeron a borrar del mapa a Custer entre la oscuridad de la polvareda de los caballos y el humo en lo alto de la colina; hombres que vivieron en sus propias carnes la tragedia de Wounded Knee, cuando sus desvalidas mujeres y niños fueron masacrados en plena huida y donde un gran sueño pereció en la nieve ensangrentada.
Bien, sacrificamos un búfalo y nos dimos un festín tras cocinarlo a la manera antigua, y éramos suficientes como para que tras el festín apenas quedara nada aparte de la piel, los cuernos y las pezuñas. (Para ser más exactos, luego nos comimos las pezuñas también). Y los ancianos y ancianas bailaron con su atuendo completo, y veteranos de muchas arrugas contaron «historias de muerte», rememorando su juventud antes de convertirse en prisioneros de guerra, relatando actos heroicos a la manera homérica mientras los timbales de cuero atronaban en los puntos culminantes del relato y las ancianas ululaban trémolas de admiración.
Y sucedió, tan poderoso era el hechizo de todo aquello, que los tres bailamos, nosotros, meros hombres blancos que éramos, y no lo hicimos con ánimo burlón, sino con una humildad feliz, como era adecuado. Y aquella noche bailamos la danza del conejo bajo las estrellas y al son atronador del gran timbal, mientras los jóvenes tamborileros cantaban y viejos y jóvenes, morenos y blancos, hombres y niños, mujeres y niñas parecían todos de una misma edad y color y carentes de sexo alguno. El puro gozo lírico de aquello es un recuerdo muy agradable.
Pero al final, ni la danza ni el festín pantagruélico fueron lo más importante. Ni siquiera el haber comido el hígado crudo y aún caliente del búfalo; un acto de comunión con los viejos guerreros y cazadores mucho más satisfactorio por su simbolismo, he de confesar, que como experiencia gustativa. Lo mejor de todo fueron los largos días de charla ininterrumpida con los ancianos, en especial con nuestro anfitrión, Heraka Sapa [sic] (Alce Negro), primo segundo del gran jefe Caballo Loco. Alce Negro es un gran «chamán», es decir, sacerdote y vidente. A los trece años luchó como un hombre adulto en Little Bighorn y combatió en Wounded Knee y en el White Clay Creek en las Badlands durante las revueltas del Mesías de 1890. Pero la guerra, para él, tan solo era una necesidad inevitable. Ha vivido para los valores espirituales, y sus visiones, expuestas con todo lujo de detalles al que escribe, igualan sin esfuerzo en belleza y profundidad de significado a las obras supremas de la rica literatura de los pueblos arios. Su gran visión, que le vino por primera vez a los nueve años durante un periodo de doce días en los que estuvo inconsciente, es en sí misma una gran obra de arte, tanto en forma como en contenido. Desgraciadamente para nosotros los hombres blancos, la literatura tal y como la entendemos no llegó a desarrollarse entre el pueblo de Alce Negro. Su cultura nunca pasó de la fase evolutiva de la danza ritual y, por consiguiente, solo puede ser expresada adecuadamente mediante una danza ceremonial acompañada por su correspondiente canción. Un mero fragmento de la visión —la danza del caballo, que es poesía del más alto nivel— requeriría al menos cinco o seis horas para producirse. Ningún hombre blanco la ha visto en vivo jamás, y ningún hombre blanco hasta ahora la había oído descrita en toda su apabullante belleza; pero ese hombre blanco, que ha pasado su vida maravillado por las grandes figuras de nuestra literatura, siente que ha estado a los pies de un poeta digno de compartir mesa con los mejores espíritus que jamás hayan cantado en este mundo incongruente y que ahora se cuentan entre las mejores voces de entre los muertos. Alce Negro es un verdadero poeta; y si algún día nuestro mundo tuviera el privilegio de ver y entender su obra maestra, la danza del caballo —tal y como espera quien esto suscribe—, serán pocos los que cuestionen la indudable verdad de esta afirmación.