Apéndice 2
Transcripción de una carta de John G. Neihardt a Julius House, 10 de agosto de 1930
Cuando se trata de entender un acontecimiento tan importante como la creación de un libro como Alce Negro habla, todo recurso adicional puede resultar útil. La siguiente carta es una buena muestra de ello. Dicha carta, enviada por Neihardt a su amigo íntimo Julius House, nos permite atisbar los pensamientos del autor justo después de su primer encuentro con Alce Negro.
Es importante recordar que, a pesar de que la carta fue posteriormente publicada con el título «El Mesías está en camino» en Present-Day American Literature, en principio fue escrita como una carta personal dirigida a un amigo. El resto de la correspondencia entre Neihardt y House sugiere que su relación era tal que Neihardt se tomaba la libertad de tratar cuestiones que, de otro modo, tal vez se habría reservado para sí mismo. Así, en esta relación, Neihardt admitía en ocasiones sentimientos de frustración y desánimo, lujos que no se permitía en su prosa pública. De este modo, podemos afirmar con bastante seguridad que esta carta constituye una muestra fidedigna de sus pensamientos iniciales.
Resulta también de interés anotar que, a pesar de que Neihardt apenas había compartido unas horas con Alce Negro (los días y días de entrevistas y amistad compartida no tendrían lugar hasta pasados nueve meses), es evidente que ambos hombres sintieron una simpatía inmediata y un entendimiento casi absoluto.
Branson (Misuri), 10 de agosto de 1930
Ha pasado mucho tiempo desde que te escribí la última vez, pero puedes estar bien seguro de que nunca paso mucho tiempo sin acordarme de ti.
La excursión a Dakota se desarrolló según lo planeado y fue un éxito en todos los sentidos. Sig y yo viajamos por las Black Hills, exploramos las Badlands (fue como dar un paseo por la luna) y estuve cinco horas seguidas de charla con el anciano Alce Negro, el chamán ancestral de los sioux. Alce Negro acababa de despachar a una animosa señora que venía en busca de una nota o dos de color local para algo que tenía intención de escribir. Alce Negro acababa de decirle que, aunque veía que era una joven guapa y simpática, no se sentía con ánimos de hablar de los asuntos que ella tenía en mente. Esto podría resultar curioso si no conociera a Alce Negro. Pues en verdad me dio la impresión de que poseía una intuición un tanto asombrosa; no fue tanto que pareciera darme su aprobación como que más bien parecía saber qué albergaba en su interior el visitante. Me dijo, cual esfinge, que desde donde estaba, sentía en mi corazón un deseo vigoroso de saber las cosas del otro mundo y que un espíritu, que estaba de pie a mi espalda, me había traído frente a él para que me enseñara un poco. Pese al tono de esta afirmación, era muy modesto, tanto como lo puede ser alguien que está seguro de lo que sabe y de que lo que sabe merece saberse. No tuve dificultad de ningún tipo con él. Parecía como si hubiera estado esperándome y me recibió como si me hubiera visto con frecuencia. Empezó diciéndome que debía contarme toda su historia hasta donde nos permitiera el tiempo del que disponíamos, pero que le tomaría mucho mucho tiempo contarla en su totalidad. Primero dijo que no podía hablar conmigo sin darme algún motivo para que yo creyera que tenía autoridad para hacerlo.
—Solo soy un hombre normal y corriente—me dijo—, pero tengo el don de la revelación, don hereditario en mi familia, y debo hablarte de mi pueblo antes de hablarte de mi vida para que puedas confiar en mí.
Procedió entonces a recitarme parte de su linaje, tal como haría un viejo héroe homérico. Declaró también ser sobrino de Caballo Loco y tuve la satisfacción de decirle que yo mismo sabía alguna que otra cosa de Caballo Loco y que lo tenía en tan alta estima como el típico hombre blanco tiene a George Washington, solo que me parecía que mis sentimientos eran de mayor nobleza. Fue maravilloso escuchar al anciano hablar de sus primeras visiones cuando aún estaba en proceso de convertirse en chamán. Su propósito, claro, era llegar al momento del Mesías y su tragedia. Fue muy gratificante para mí saber que nada de lo que dijo alteró en lo más mínimo mis impresiones íntimas de todo aquel asunto. A menudo, parecía como si fuera yo el que decía las cosas que me dijo él, pero me dio algo que no puedo describirte y que tú sí que sabrás qué es. Además, eso podrá ser reconocido en el Mesías para aquellos que sepan ver. El viejo Alce Negro dijo, respondiendo a una pregunta mía, que sí, que había combatido contra Custer cuando solo tenía catorce años, y añadió entre risas: «Conseguí una cabellera». Siento que debo subir hasta allá arriba y vivir seis meses junto a Alce Negro y sus amigos sabios y ancianos. Debo escribir la vida completa de Alce Negro, pues será una revelación de la conciencia india surgida desde las profundidades. Puede que lo haga, aunque aún no sé cómo. Antes de irme, Alce Negro me entregó un precioso y antiguo ornamento sagrado que había usado tiempo atrás en las danzas del sol que ofició como sacerdote. El ornamento consiste en un lucero del alba de cuero pintado del que penden una pluma de águila y una tira de pelo de búfalo. Me explicó su significado. Dijo que el lucero del alba simboliza el deseo y la certeza de que habrá más luz para los que la desean; que la pluma de águila simboliza los pensamientos y los sentimientos elevados, pues el águila vuela alto; y que el mechón de pelo de búfalo simboliza abundancia de lo que necesita el hombre en este mundo. Y me entregó el ornamento sagrado diciendo que me deseaba todo eso.
Alce Negro no habla inglés. Halcón Volador hizo de intérprete e hizo un buen trabajo, pues lo domina bien.