19. A través del Agua Grande
Como ya te he dicho, celebré la ceremonia del Alce en el verano en que tuve veinte años (1883). Se cuenta que, en aquel otoño, los wasichus mataron el último rebaño de bisontes. Me acuerdo bien de cuando había tantísimos bisontes que no podían contarse; pero llegaron más y más wasichus a matarlos hasta que no hubo más que montones de huesos esparcidos por ahí en los lugares en que solían pastar. No los mataron para comer; los sacrificaron por el metal ese que les hace enloquecer y solo tomaron sus pieles para venderlas. A veces ni siquiera aprovecharon las pieles: solo las lenguas. Y he oído decir que barcas de fuego bajaron por el Misuri cargadas con lenguas secas de bisonte. Comprenderás que los hombres culpables de aquel desatino no estaban en su juicio. En ocasiones desdeñaron incluso las lenguas; mataban y mataban porque les gustaba hacerlo. Nosotros, en nuestras cacerías, solo sacrificábamos las reses que necesitábamos. Y cuando no hubo más que montones de esqueletos, llegaron los wasichus, reunieron incluso los huesos y los vendieron. [^319]
Nuestro pueblo moraba en casas cuadradas y grises, dispersas en esta tierra hambrienta, y los wasichus trazaron alrededor de ellas una línea que no podíamos traspasar. El aro de la nación se había roto; no existía ya un centro para el árbol floreciente. El pueblo se desesperaba. Se me antojaba pesado, pesado y oscuro; [^320] tan pesado que parecía imposible levantarlo; y tan oscuro que no se podía hacer que viera. El hambre nos visitaba a menudo, pues mucho de lo que el Gran Padre de Washington nos envió debió de ser robado por los wasichus, a quienes enloquecía el dinero. Abundaban las mentiras, pero no podíamos comérnoslas. Los de lengua viperina hacían promesas. [^321]
Estuve curando a los enfermos durante otros tres años y muchos vinieron a mí y se rehicieron; [^322] pero cuando pensaba en mi gran misión, que era salvar el aro de la nación y lograr que el árbol santo floreciera en su centro, me entraban ganas de llorar, porque el aro sagrado se había quebrado y sus pedazos se habían diseminado. La vida del pueblo estribaba en el aro, pero ¿qué son muchas existencias pequeñas si la vida que las fortalece ha desaparecido? [^323]
Pareció encenderse cierta esperanza ya bien entrado el verano en que cumplí los veintitrés años de edad (1886). Aparecieron algunos wasichus que buscaban una partida de oglalas para un espectáculo que organizaba otro Pahuska. [^324] Nos dijeron que cruzaría el Agua Grande hacia países extraños. Pensé que debía ir, ya que tal vez consiguiera descubrir un secreto wasichu mediante el cual podría ayudar a mi pueblo. En mi gran visión, estando en el centro del mundo, los dos hombres del este me habían entregado la hierba del lucero del alba y me habían ordenado que la dejara caer en la tierra; y donde tocó el suelo, allí arraigó y floreció en cuatro rayos. Era la hierba del entendimiento. Asimismo, donde el hombre rojo de mi visión se convirtió en un bisonte que se revolcaba, la misma hierba creció y floreció en cuanto desapareció el animal, y tras ello el pueblo encontró de nuevo el buen camino rojo. Tal vez, si pudiera ver el gran mundo de los wasichus, lograría entender cómo tenía que trabar el aro sagrado y hacer que el árbol floreciera una vez más en su centro.
Intenté rememorar el pasado y acordarme de las antiguas costumbres de mi gente: ya no se vivía como entonces. Recorrían ahora el camino negro, cada uno a su albedrío, según sus nimias reglas individuales, como en mi visión. Tal era mi desesperación que creí posible que los wasichus vivieran de otro modo, un modo que los míos debían imitar. Ahora sé que fue un disparate, pero yo era entonces joven y estaba desesperado. [^325] Mis familiares me dijeron que no me fuese y que siguiera curando a la gente, pero no les hice caso. [^326]
Los del espectáculo enviaron carros desde Rushville, por el camino de hierro, para recogernos. Éramos un centenar de hombres y mujeres. Muchos de los nuestros nos acompañaron durante la mitad del trayecto hasta el camino de hierro. Acampamos y comimos juntos. Después los dejamos llorando, pues nos íbamos muy lejos a través del Agua Grande.
Aquella tarde, donde los enormes carros nos esperaban en el camino de hierro, celebramos una danza. Después subimos a los carros. Había oscurecido cuando empezó el viaje y me puse muy triste al pensar en mi tierra y en mi gente. Quise escaparme y regresar. Pero aquello corría con gran estruendo durante toda la noche y a la mañana siguiente comimos en Long Pine. Reemprendimos la marcha y seguimos corriendo con el estruendo durante todo el día, y por la tarde llegamos a una ciudad grandiosa. [^327] Luego volvimos a correr haciendo ruido una noche entera y nos detuvimos en una ciudad aún más grande que la anterior, [^328] en la que estuvimos un día completo. Allí pude comparar directamente las costumbres de mi pueblo con las de los wasichus, y eso me puso aún más triste. Me arrepentía mucho de haber abandonado mi hogar.
Volvimos a ponernos en marcha, con gran estruendo, y al fin llegamos a una ciudad mayor aún que las anteriores, una ciudad inmensa. [^329] La recorrimos hacia el sitio en que se daba el espectáculo. [^330] Había en él algunos pawnees y omahas, [^331] y cuando nos vieron lanzaron gritos de guerra, nos atacaron y nos daban golpes de honor. Lo hacían para divertirse y porque se alegraban de nuestra presencia. Me sorprendieron las casas gigantescas y el abundante gentío; había luces brillantes por la noche, que impedían identificar las estrellas, y algunas, me dijeron, se hacían con el poder del trueno. [^332]
Permanecimos allí durante todo el invierno, presentando nuestro espectáculo a muchos, muchísimos wasichus. Me gustaba nuestra parte, pero no la que representaban los blancos. Llegué a habituarme a aquello, pero fui convirtiéndome en un hombre que jamás tuviera una visión. Estaba como muerto. Y mi pueblo parecía haberse perdido, y pensé que acaso nunca volvería a encontrarlo. No descubrí nada que ayudase a mi gente. Me di cuenta de que los wasichus no se preocupaban unos de otros como hacía mi gente antes de que se rompiera el aro de la nación. Si podían, se quitaban las cosas mutuamente, y así había algunos que tenían de todo, mucho más de lo que pudieran llegar a usar, mientras muchísima gente carecía de lo indispensable y quizá podía llegar a morirse de hambre. Habían olvidado que la tierra era su madre. [^333] Aquello no podía ser mejor que las viejas costumbres de mi pueblo. Había una casa de presos en una isla, donde el Agua Grande llegaba a la ciudad, [^334] y la visitamos un día. Unos hombres apuntaban con las escopetas a los presos y los obligaban a moverse como animales enjaulados. Aquello me llenó de pena, porque mi pueblo estaba también encerrado en islas, y tal vez los wasichus acabarían tratándolos así.
Con la primavera llegó el calor, pero los blancos tenían aprisio nada incluso la hierba. Nos enteramos de que íbamos a cruzar el Agua Grande hacia países desconocidos. Algunos de los nuestros regresaron a nuestra tierra y me rogaron que los acompañase; pero yo no había descubierto aún nada de provecho para mi gente. Tal vez al otro lado del Agua Grande hubiese algo digno de verse, y por eso no volví con ellos, aunque ya estaba enfermo y desesperado.
Nos pusieron en una enorme barca de fuego. Era de tal tamaño que, cuando la vi por primera vez, apenas pude creer que fuese de verdad. Y cuando lanzó su voz, me asustó muchísimo. [^335] Había otras grandes barcas de fuego dando voces, y también otras más pequeñas.
Después no vi sino agua, agua y más agua. Parecía que no íbamos a ninguna parte; solo subíamos y bajábamos. No obstante, nos contaron que avanzábamos muy deprisa. Si era cierto, me dije, nos despeñaríamos donde el agua terminase; o quizá nos detendríamos en el lugar en que el firmamento se junta con el agua. No había más que niebla en el lugar en que había estado aquella ciudad gigantesca, y nada más que agua a nuestro alrededor.
Todos estábamos desesperados y muchos se sentían tan enfermos que empezaron a entonar sus canciones de muerte.
Cuando llegó la noche, se levantó un viento descomunal, estruendoso, y el agua atronaba. Teníamos cosas destinadas a colgarse para que durmiésemos. Me enteré de ello posteriormente. No sabíamos qué hacer con ellas; por tanto, las extendimos en el suelo y nos tumbamos encima. El suelo se movía en todas direcciones y cada vez la situación era peor hasta el punto de que rodamos de un lado a otro y no lográbamos dormir. Estábamos espantados y también muy mareados. Al principio los wasichus se reían de nosotros; no tardamos en comprender, no obstante, que ellos también tenían miedo, porque no paraban de correr de aquí para allá y estaban muy nerviosos. Nuestras mujeres lloraban, y también algunos hombres, porque era horrible y no podían hacer nada al respecto. Más tarde, los wasichus nos dieron objetos para que nos los atásemos al cuerpo y pudiésemos flotar. Yo no me puse el que me dieron. No quería flotar. Al contrario, me preparé a morir: me puse mi mejor vestido, el que usaba en el espectáculo, e interpreté mi canción de muerte. Otros me imitaron, porque, si era el fin de nuestra vida y nos era imposible evitarlo, deseábamos morir como valientes. No podíamos luchar con lo que se disponía a matarnos, pero moriríamos de manera que no avergonzase a nuestros parientes espirituales. Nos costaba mucho más porque estábamos muy enfermos. Salió todo lo que habíamos comido y siguió intentando salir cuando no quedaba ya nada más que sacar.
No pudimos dormir. Por la mañana las aguas parecían montañas, pero el viento soplaba con menos fuerza. Algunos de los bisontes y los alces que llevábamos para el espectáculo murieron aquel día, y los wasichus los arrojaron al agua. Cuando vi cómo lanzaban al agua a los pobres bisontes me entraron muchas ganas de llorar porque pensaba que también se estaban deshaciendo de una parte del poder de mi nación.
Después de haber estado mucho tiempo en la barca de fuego, vimos finalmente muchas casas y muchas otras barcas de fuego atadas juntas a lo largo de la orilla. [^336] Creímos que podríamos ir a tierra enseguida, pero no fue así. Una pequeña barca de fuego, que había atravesado la puerta de las aguas, se detuvo a nuestro lado y las personas que iban en ella miraron todo lo que llevábamos antes de permitirnos desembarcar. De esta manera avanzamos muy despacio durante todo el día, creo, hasta que llegamos a donde había muchas, muchísimas casas, muy pegadas entre sí, y más barcas de fuego de las que pueden contarse. Aquellas casas eran distintas de las que habíamos visto antes. Los wasichus nos tuvieron en la barca de fuego durante la noche, después nos descargaron y nos llevaron al sitio en que se celebraría el espectáculo. El nombre de aquella enorme ciudad era Londres. Estábamos en tierra firme, pero nos sentíamos aún aturdidos como si nos halláramos en el agua, y al principio se nos hacía difícil caminar.
Permanecimos en aquel lugar seis lunas; y mucha, muchísima gente vino a contemplar el espectáculo.
Un día nos dijeron que vendría la Majestad. Yo al principio no sabía bien qué era eso, pero más tarde me lo explicaron. Se trataba de Gran Madre Inglaterra (la reina Victoria), que poseía el País de la Gran Madre, donde habíamos vivido algún tiempo después de que los wasichus asesinaran a Caballo Loco.
Acudió al espectáculo en un gran carro brillante, y había soldados a ambos lados de ella. Y muchos otros carros brillantes vinieron también. Aquel día no asistieron al espectáculo otras personas: solo Gran Madre Inglaterra y algunas gentes que la acompañaban. [^337]
A veces disparábamos nuestras armas durante el espectáculo, pero no lo hicimos en aquella ocasión. Bailamos y cantamos. Y yo fui uno de los bailarines elegidos para honrar a la Gran Madre, porque era joven y muy ágil entonces, y sabía danzar de muchos modos. Nos colocamos exactamente delante de Gran Madre Inglaterra. Era pequeña y rolliza, y nos gustó porque fue buena con nosotros. Cuando hubimos acabado, nos habló.
—Tengo sesenta y siete años [^338] —nos dijo poco más o menos—. He visto a toda clase de gentes en el mundo; pero hoy he conocido al pueblo más hermoso que jamás haya contemplado. Si me pertenecierais, prohibiría que os llevasen en un espectáculo como este.
Añadió otras cosas buenas y acabó diciendo que debíamos ir a verla porque ella nos había visitado. Nos estrechó la mano a todos. Su diestra era muy chiquita y suave. La vitoreamos, y a continuación los carros brillantes entraron, y ella subió a uno y todos se fueron.
Una media luna después visitamos a la Gran Madre. Nos colocaron en algunos carros brillantes y nos llevaron a un bellísimo lugar en el que había una casa enorme, de torres afiladas, puntiagudas. Había muchos asientos dispuestos en un círculo alto, y estaban llenos de wasichus que daban patadas al suelo y chillaban: «¡Jubileo! ¡Jubileo! ¡Jubileo!». Nunca supe lo que aquello significaba. [^339]
Nos acomodaron en un sitio, al pie de los asientos. En primer lugar apareció un hermoso carro negro, tirado por dos caballos del mismo color, que dio una vuelta al sitio donde se celebraba el espectáculo. Me dijeron que el nieto de la Gran Madre, un niño, lo ocupaba. Después apareció un hermoso carro negro con cuatro caballos grises. Un jinete montaba cada corcel de la mano derecha, y un hombre iba a pie, sujetando el caballo delantero de la izquierda. Me contaron que algunos parientes de la Gran Madre viajaban en él. Aparecieron a continuación ocho caballos rucios, emparejados, tirando de un brillante carro negro. Un jinete montaba cada corcel de la derecha, y un hombre andaba, sujetando el caballo delantero de la izquierda. Había soldados con bayonetas, rodeando el carro y mirando hacia la gente. Todos los ocupantes de los asientos daban alaridos, gritando: «¡Jubileo!» y «¡Victoria!». Entonces vimos de nuevo a Gran Madre Inglaterra. Iba sentada en la trasera del carro y dos mujeres iban sentadas delante de ella, frente a frente. Su vestido resplandecía, su sombrero resplandecía y su carro resplandecía lo mismo que los caballos. Parecía como si un fuego se nos acercara.
Me explicaron más tarde que había metal amarillo y blanco sobre los caballos y el carro.
Cuando llegó al sitio donde estábamos, su carro se paró y ella se puso en pie. Toda la gente se levantó y gritó y se inclinó; pero ella nos hizo una reverencia a nosotros. Prorrumpimos en un agudo chillido y nuestras mujeres lanzaron su ulular de trémolo. La muchedumbre se emocionó de tal forma que, según nos explicaron, algunas personas se pusieron enfermas y se desplomaron. Cuando, finalmente, reinó el silencio, interpretamos una canción en honor de la Gran Madre.
Fue una velada muy feliz.
Nos agradó Gran Madre Inglaterra, porque vimos que era una mujer espléndida y fue buena con nosotros. Tal vez a nuestro pueblo le hubiera ido mejor si ella hubiese sido nuestra Gran Madre.
20. El viaje espiritual🔗
Sí, aquello fue hermoso, pero pasó. Fuimos a Manchester y presentamos el espectáculo durante varias lunas en aquella ciudad. [^340]
Cuando teníamos que partir a la mañana siguiente a primera hora, tres jóvenes y yo nos perdimos en la ciudad y la barca de fuego zarpó sin nosotros. [^341] No hablábamos el idioma wasichu y, como no sabíamos qué hacer, estuvimos dando vueltas; por fin, encontramos a dos lakotas que también se habían extraviado. Uno de ellos hablaba el inglés. Dijo que, si íbamos a Londres, obtendríamos dinero en otro espectáculo que se presentaba allí y después nos sería posible regresar a nuestra tierra. Todos sentíamos nostalgia de ella. El que hablaba el inglés compró billetes con el dinero que aportamos todos y fuimos a Londres por el camino de hierro.
El espectáculo se llamaba Mexican Joe. [^342] Era pequeño, pero nos daban un dólar al día por formar parte de él. Estuvimos cierto tiempo en Londres; después, Mexican Joe nos llevó a París, donde nos quedamos mucho tiempo formando parte del espectáculo. Una joven wasichu venía a verlo con frecuencia. Le gusté y me llevó a su casa para que conociera a sus padres. Simpatizaron conmigo y eran muy amables. Yo no hablaba su lenguaje. Hacía gestos y la muchacha aprendió unas cuantas palabras lakotas.
Desde París nos trasladamos a Alemania, y desde allí fuimos a un país en que la tierra se quemaba. Había un peñón de mucha altura, cuya cima parecía un tipi, y ardía en aquella parte. Me contaron que en tiempos remotos una gran ciudad y un gran número de personas habían desaparecido allí en el interior de la tierra. [^343]
Cada vez sentía más nostalgia, porque habían pasado dos inviernos desde mi partida. Me era imposible pensar en otra cosa, y al fin caí enfermo; pero pensé que era mejor seguir en el espectáculo hasta que tuviera dinero suficiente para volver a mi tierra.
Mexican Joe nos llevó de nuevo a París. No pude intervenir en las representaciones a causa de mi mala salud. La muchacha que mencioné antes me llevó a su casa, junto a sus padres, y me curaron. Entonces, una mañana estuve durante cierto tiempo en mi tierra.
Esa mañana iba vestido como los wasichus, con zapatos y todo. La única diferencia era mi pelo largo. No lo llevaba recogido, sino que colgaba suelto sobre mis hombros. Me encontraba bien y nos habíamos sentado para la primera comida del día. Mi amiga estaba a mi lado. Nos acompañaban sus padres y sus dos hermanas.
Estando así sentado, miré al techo y me pareció que se movía. La parte superior de la casa giraba sobre sí misma y, al mismo tiempo, se alargaba hacia lo alto. Vi que nos alzábamos velozmente con todo el edificio, el cual, mientras tanto, rodaba y rodaba. Luego, una nube empezó a descender al paso que nos levantábamos y, de repente, estuve sobre ella y las otras personas y la casa caían, alejándose de mí.
Me hallé, pues, solo en la nube, que volaba, veloz. Me aferré a ella por temor a caer. A gran distancia, a mis pies, podía ver edificios y ciudades y campos verdes y corrientes de agua, y todo parecía llano. Luego, sobrevolé el Agua Grande. Dejé de tener miedo, porque había comprendido que estaba regresando a mi tierra. Oscureció y se hizo la luz, y pude ver una ciudad enorme debajo de mí. Supe que era la misma en que había subido a la enorme barca de fuego, y que estaba de nuevo en mi país. Me sentía muy feliz. La nube, y yo con ella, surcaba velozmente el espacio y me era posible ver ciudades y ríos y aldeas y campos verdes. Así empecé a reconocer la región que sobrevolaba. Vi el río Misuri. Después avisté las Black Hills y el centro del mundo al que los espíritus me habían guiado en mi gran visión.
Cuando pasábamos volando sobre Pine Ridge, la nube se detuvo. Miré y apenas podía entender lo que veía. Era como si casi todas las diferentes partidas de mi pueblo se hubiesen reunido en un vasto campamento. Vi el tipi de mi padre y de mi madre. Estaban fuera de él y mi madre preparaba la comida. Quería saltar de la nube para unirme a ellos, pero tenía miedo de matarme. Mientras yo los miraba desde arriba, mi madre levantó la cabeza hacia el cielo y tuve la seguridad de que me había visto. Entonces la nube retrocedió muy deprisa. A pesar de mi tristeza, no podía bajarme de ella. A mis pies, ríos y campos verdes y ciudades iban hacia atrás a toda velocidad. No tardamos en estar de nuevo sobre la enorme ciudad. Después solo hubo agua debajo de mí y llegó una noche sin estrellas. Me encontraba a solas en un mundo negro y lloré. Pero, después de un rato, un vestigio de luz se asomó a lo lejos. Entonces vi tierra bajo de mí y ciudades y tierra verde y casas que pasaban volando en dirección contraria. No mucho tiempo después la nube se paró sobre una ciudad grande y una casa empezó a subir hacia mí, rodando y rodando sobre sí misma a medida que se acercaba. Cuando tocó la nube, me atrapó en su interior y comenzó a descender, dando vueltas y más vueltas conmigo.
Se posó en el suelo y, al hacerlo, oí la voz de la muchacha, y luego otras voces de gente asustada.
Me encontré tumbado en una cama, y la muchacha y su padre y su madre y sus dos hermanas y un médico me observaban de manera extrañada, como si estuvieran muy asustados. El que hablaba inglés vino del espectáculo y me contó lo que había ocurrido. Mientras estábamos desayunando, vieron que yo levantaba la cabeza y sonreía; después me caí de la silla como si estuviera muerto. Había permanecido sin vida durante tres días, aunque de vez en cuando respiraba un poquito. Me contaron que a menudo les era imposible decir si mi corazón latía. Estaban seguros de que no tardaría en fallecer y se disponían a comprar mi ataúd.
Acaso, si no hubiera vuelto a la vida entonces, me hubieran dado un buen ataúd; pero, tal como están ahora las cosas, creo que no será más que una caja.
No le conté a aquella gente adónde había ido, porque sabía que no me iban a creer.
Pasados unos cuantos días, aquellas personas se enteraron de que Pahuska había vuelto a la ciudad. [^344] Así que me llevaron al sitio en que daba su espectáculo y él se alegró de verme. Hizo que toda su gente me vitoreara tres veces. Me preguntó si quería seguir en el espectáculo o si deseaba volver a casa. Le dije que enfermaba de nostalgia, que quería volver. Me aseguró que lo arreglaría todo. Compró un pasaje para mí y me dio noventa dólares. Después me ofreció un banquete en mi honor. Pahuska tenía un gran corazón. Transcurrido algún tiempo, un policía me ordenó que recogiera mis cosas. Me llevó al camino de hierro, y por la mañana estuve junto al Agua Grande y me dejaron en otra barca de fuego enorme. Estuvimos en el agua ocho días. Pasé mareado parte de ellos, pero no sentía pena, pues volvía junto a los míos.
Cuando la barca de fuego se encontró en la gran ciudad de mi país, busqué inmediatamente el camino de hierro.
Acababa de amanecer cuando llegamos a Rushville. No había lakotas allí, pero un carro cubierto, tirado por mulas, se dirigía a Pine Ridge y me subí en él.
Una vez en Pine Ridge comprobé que todo estaba como había visto desde la nube. Los lakotas se habían reunido, porque era la fecha del tratado (1889) por el cual los wasichus adquirieron otra parte de nuestra tierra, la que había entre los ríos Smoky Earth (el White) y Good (el Cheyenne). Yo había estado ausente unos tres años y no supe nada de aquellas tonterías hasta entonces. [^345]
El tipi de mi madre se hallaba exactamente en el lugar en que lo había visto desde la nube, y había otras personas acampadas en el mismo lugar en que las había visto.
Mis padres se alegraron de verme y mi madre lloró a causa de su felicidad. Yo también lloré. Se suponía que ya era todo un hombretón, pero las lágrimas brotaron igualmente. Mi madre me contó que había soñado una noche que yo regresaba en una nube, pero que no podía quedarme. Así que yo también le conté lo de mi visión.
21. El mesías🔗
Mi pueblo pasaba hambre antes de que yo cruzara el Agua Grande, porque los wasichus no nos daban la comida que nos habían prometido en el tratado de las Black Hills. Ellos hicieron el pacto; nuestra gente no lo quería y no lo hizo. Y aun así los wasichus que lo acordaron nos daban menos de la mitad de lo que dijeron. Así que el pueblo tenía hambre antes de que yo me fuese.
Pero aún era peor cuando regresé. Mi gente despertaba la piedad. Una intensa sequía hacía que ríos y arroyos estuvieran a punto de morir. No crecía nada de lo que se había plantado y los wasichus mandaban menos ganado y otros alimentos que antes. Los wasichus habían matado todos los bisontes y nos habían encerrado en jaulas. Parecía que llegaríamos a morir de hambre. Las mentiras no nos alimentaban y no podíamos hacer mucho más.
Y los wasichus hicieron entonces otro tratado para arrebatarnos casi la mitad de la tierra que nos quedaba. Nuestra gente tampoco deseaba este otro tratado, pero Tres Estrellas [^346] apareció allí y lo llevó a cabo igualmente, porque los wasichus codiciaban nuestra tierra, la que estaba entre los ríos Smoky Earth y Good. Por lo tanto, la riada de wasichus consumió con sus malas artes la mitad de la isla que nos quedaba. Cuando Tres Estrellas se presentó para matarnos junto al Rosebud, Caballo Loco le venció y le hizo retroceder; pero esta vez vino sin soldados, nos venció y nos sacó de allí. Estábamos enjaulados y no podíamos evitarlo. [^347]
Durante el tiempo que pasé al otro lado del Agua Grande, mi poder se extinguió y andaba, la mayoría de las veces, como un muer to que se movía de aquí para allá. Apenas lograba acordarme de mi visión, y cuando la recordaba, era como si fuera un sueño tenue.
Poco después de mi regreso, algunas personas me rogaron que curase a un enfermo. Temía no haber recobrado mis facultades, pero me equivoqué. Así que me entregué a la curación, pues había muchos enfermos, ya que el sarampión se había declarado entre gentes a las que el hambre ya debilitaba. Su número aumentó aquel invierno por culpa de la tos ferina, que mató a niñitos que no tenían suficiente para comer. [^348]
Así estábamos. Nuestro pueblo daba lástima y estaba desesperado.
Mas al principio del verano en que volví de allende el Agua Grande (1889), recibimos noticias extrañas desde el oeste. Las gentes hablaban sin cesar de esas noticias. Cuando regresé, todo el mundo hablaba de eso y así me puse al corriente. Los rumores se supieron ante todo entre los oglalas, y me explicaron que se habían recibido de los shoshones y nubes azules (arapahoes). Unos los creyeron y otros no. Eran difíciles de creer. Cuando los escuché por vez primera, pensé que se trataba de habladurías que alguien propagaba. Se contaba que en el oeste, muy lejos, en un sitio próximo a donde las enormes montañas (las Sierras) se interponen entre uno y el Agua Grande, un hombre sagrado de los paiutes había conversado con el Gran Espíritu en una visión. El Gran Espíritu le había dicho cómo salvar a los pueblos indios, cómo hacer para que los wasichus desaparecieran y recobrar todos los bisontes y las personas que habían muerto, y conseguir que hubiera una tierra nueva. [^349] Antes de mi regreso, el pueblo se había congregado para hablar del tema y había enviado tres hombres, Trueno Bueno, Oso Bravo y Pecho Amarillo, [^350] para que viesen al hombre sagrado con sus propios ojos y averiguasen la verdad de lo que se contaba sobre él. Así pues, los tres hombres efectuaron el largo viaje al oeste, y en el otoño, después de mi vuelta, volvieron entre los oglalas con cosas maravillosas que relatar.
Se celebró una importante reunión en el nacimiento del White Clay Creek, no lejos de Pine Ridge, con motivo de su llegada. No asistí a ella porque todavía no creía en eso. Pensé que quizás era solo la desesperación lo que hacía creer al pueblo, de la misma manera que un hombre muerto de hambre llega a soñar con muchas cosas ricas para comer.
No acudí a la reunión, pero me enteré de lo que contaron. Los tres contaron lo mismo y eran buenos hombres. Relataron que habían viajado durante mucho tiempo hasta llegar a un amplio valle llano, [^351] junto a las últimas montañas gigantescas que hay antes del Agua Grande, y allí vieron al Wanekia, [^352] que era hijo del Gran Espíritu, y hablaron con él. Los wasichus le llamaban Jack Wilson, pero su nombre auténtico era Wovoka. Les dijo que se aproximaba otro mundo, como una nube. Vendría como un torbellino del oeste y destrozaría todo lo que hay sobre esta tierra, vieja ya y moribunda. En aquel nuevo mundo habría mucha carne, como en tiempos pretéritos; y en él todos los indios muertos vivirían, y los bisontes que habían matado pastarían tranquilamente de nuevo.
Este hombre sagrado dio pintura roja sagrada y dos plumas de águila a Trueno Bueno. El pueblo debía pintarse la cara con ella y bailar una danza de los espíritus, que enseñó a Trueno Bueno, Pecho Amarillo y Oso Bravo. Si lo hacían, podrían formar parte del otro mundo cuando viniese, y los wasichus, que no lo lograrían, desaparecerían para siempre.
El hombre sagrado, al entregar las dos plumas de águila a Trueno Bueno, dijo:
—Recibe estas plumas y contémplalas, porque mi padre hará con ellas que tu pueblo vuelva a él. No se habló de otra cosa durante el invierno.
Lo de la pintura roja, las dos plumas de águila y hacer volver a la gente al Gran Espíritu me obligó a reflexionar intensamente. Yo había tenido una visión grandiosa que hablaba del retorno del pueblo al aro de la nación. Quizás aquel hombre sagrado había tenido la misma e iba a resultar cierto, de modo que la gente volvería al camino rojo. Tal vez era algo que no me era dado hacer a mí, pero, si ayudaba con el poder que se me había concedido, el árbol florecería de nuevo y la gente prosperaría. Estuve pensando sobre aquello durante todo el invierno, pero no sabía lo que aquel hombre sagrado había presenciado en su visión, así que ansiaba hablar con él para averiguarlo. No podía parar de pensar en ello y aquel fue un invierno terrible, con mucha hambre y muchos enfermos.
Mi padre falleció durante los primeros fríos, víctima de la terrible dolencia que muchos tenían. Su muerte me puso muy triste. Todo lo bueno parecía abandonarnos. Mi hermano y hermana menores habían muerto antes de mi regreso y ahora me encontraba huérfano de padre en este mundo. Pero conservaba aún a mi madre. Yo estuve trabajando [^353] en un almacén de los wasichus a fin de tener comida para ella, y seguí trabajando y pensando en lo que Trueno Bueno, Pecho Amarillo y Oso Bravo nos habían contado; pero todavía no estaba convencido.
Durante aquel invierno el pueblo quiso saber más acerca del hombre santo y del mundo que se avecinaba, por lo que se mandaron nuevos emisarios con el fin de averiguar cuanto pudieran. Trueno Bueno y Pecho Amarillo partieron con otros dos de Pine Ridge. [^354] Algunos de otras reservas los acompañaron, entre ellos Oso Pateador y Toro Bajo. Fuimos recibiendo noticias de ellos a medida que avanzaban hacia el oeste, y al parecer en todas partes se daba crédito a lo que habíamos oído, y a mucho más. Las cartas que nos llegaban así nos lo decían. Seguí empleado en el almacén y dedicado a curar los enfermos con mi poder.
Cuando llegó la primavera (1890) me enteré de que aquellos hombres habían vuelto del oeste y que lo que decían era verdad. Tampoco asistí a la reunión, pero oí el rumor, que ya era general, y la gente aseguraba que el hijo del Gran Espíritu había llegado; y que se había presentado a los wasichus hacía muchísimo tiempo, pero que lo habían matado. Así que esta vez aparecería ante los indios, y no habría wasichus en el nuevo mundo, que surgiría como una nube en un torbellino y aplastaría la vieja tierra moribunda. Anunciaban que tal cosa ocurriría al cabo de otro invierno (1891), cuando las hierbas despuntaran.
Escuché muchas maravillas sobre el Wanekia que dichos hombres habían contemplado y oído, y eran hombres buenos. Hacía que los animales hablaran, y una vez, mientras estaban con él, creó una visión espiritual y todos ellos la presenciaron. Vieron una gran agua y, más allá, una hermosa tierra verde, en las que todos los indios que habían vivido y los bisontes y los demás animales se congregaban para volver a su tierra. El Wanekia, contaban, hizo que la visión desapareciera, porque no había llegado el momento de que tal cosa se cumpliera. Pasado otro invierno sobrevendría, cuando las hierbas despuntaran.
Y en una ocasión, relataban, el Wanekia les ofreció su sombrero para que mirasen en el interior; y cuando obedecieron, todos salvo uno vieron en él el mundo entero y cuanto en él era maravilloso. Pero hubo uno que lo único que vio fue el interior del sombrero, puntualizaron. [^355]
El mismo Trueno Bueno me contó que, gracias al poder del Wanekia, había entrado en un tipi de piel de bisonte; y en él su hijo, muerto hacía mucho tiempo, vivía con su mujer, y tuvieron una larga conversación.
Aquello no se parecía a mi gran visión. Continué trabajando en el almacén. Estaba desconcertado y no sabía bien qué pensar.
Más tarde me informaron de que al norte de Pine Ridge, en el nacimiento del Cheyenne Creek, Oso Pateador había celebrado la primera danza de los espíritus y que la gente que intervino en ella había contemplado a sus parientes muertos y hablado con ellos. Poco después supe que danzaban junto al Wounded Knee Creek, exactamente debajo de Manderson.
Yo todavía no era creyente, pero deseaba saber más, descubrir cosas nuevas, porque todo aquello me pesaba con más y más fuerza en el corazón desde la muerte de mi padre. Algo parecía ordenarme que fuera a comprobarlo. Me estuve reprimiendo, pero finalmente hube de ceder. Fui en mi caballo a la danza de los espíritus que se celebraba junto al Wounded Knee Creek, debajo de Manderson.
Me quedé desconcertado, apenas me podía creer lo que veía, porque gran parte de mi visión parecía estar allí presente. Los bailarines, hombres y mujeres, cogidos de la mano, formaban un amplio círculo, en el centro del cual habían plantado un árbol pintado de rojo, sin la mayoría de las ramas y con unas pocas hojas muertas. [^356] Coincidía exactamente con el instante de mi visión en que el árbol sagrado moría, y el círculo de hombres y mujeres cogidos de la mano era como el aro sagrado dotado de poder para que el árbol volviese a florecer. Comprobé asimismo que los objetos santos que se habían ofrecido eran de color escarlata, como en mi visión, y que todas las caras estaban pintadas de rojo. Usaban también la pipa y las plumas de águila. Me quedé allí sentado, mirándolos con gran tristeza. Todo parecía nacido de mi gran visión, pero yo no había hecho nada todavía para que el árbol floreciese.
Entonces, de repente, me sobrevino un estado de enorme felicidad que se apoderó de mí allí mismo. Aquello servía para recordarme que debía actuar enseguida y ayudar a que mi pueblo se enlazase de nuevo en el aro sagrado, a fin de que recorriera otra vez el camino rojo de manera santa, para congraciarse con los Poderes del Universo que son un Solo Poder. [^357] Me acordé de cómo los espíritus me habían llevado al centro de la tierra, y me habían mostrado las cosas buenas y cómo prosperaría mi nación. Me acordé de que los Seis Antepasados me habían dicho que, gracias a su poder, yo haría que el pueblo viviera y que el árbol santo floreciera. Creí que mi visión por fin se cumplía, y me sobrevino un estado de pura felicidad.
Cuando me presenté en la danza, fue solo para enterarme de las creencias de la gente; pero ahora sabía que me quedaría y emplearía la facultad que se me había concedido. La danza había terminado por aquel día, mas se reanudaría al siguiente y yo bailaría con los demás.
22. Visiones del otro mundo🔗
Así pues, me vestí de manera sagrada [^358] y anduve entre la gente que estaba alrededor del árbol reseco antes de que la danza empezase a la mañana siguiente. Trueno Bueno, que era pariente de mi padre y que después se casó con mi madre, [^359] me abrazó y me condujo al árbol sagrado que no había florecido. Allí ofreció una oración por mí.
—Padre, Gran Espíritu, contempla a este muchacho —dijo—. ¡Será él quien vea tus caminos!
Y se echó a llorar.
Pensé en mi padre, en mi hermano y en mi hermana, que nos habían abandonado, y no pude evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos. Levanté el rostro para tratar de evitarlo, pero se deslizaron por mis mejillas de todos modos. Lloré con todo el corazón y, mientras lo hacía, pensé en la desesperación de mi pueblo. Pensé en mi visión y en la promesa que se me había hecho de que mi nación tendría un lugar en esta tierra, en el que sería dichosa todos los días. Pensé que recorrían entonces el camino erróneo, pero que tal vez sería posible hacerlos regresar al aro de nuevo y al buen camino.
Me quedé bajo el árbol que nunca florecía y lloré porque se había secado. Con lágrimas en los ojos, le supliqué al Gran Espíritu que le diera vida y hojas y pájaros que cantaran, como en mi visión.
Entonces todo mi cuerpo se estremeció violentamente y supe que el poder estaba en mí.
En ese momento Trueno Bueno tomó uno de mis brazos y Oso Pateador el otro, y empezamos a danzar. Cantamos la canción siguiente:
¿Quién pensáis que es el que viene?
¡Es uno que busca a su madre! [^360]
Era lo mismo que los muertos cantarían al entrar en el otro mundo en busca de los parientes que los precedieron. [^361]
Mientras danzaba, y Trueno Bueno y Oso Pateador sostenían mis brazos, tuve la extraña sensación de que me estaba elevando. Y me pareció que sabía hacerlo y que me levantaba, separándome del suelo. No tuve visión alguna durante todo aquel primer día. Por la noche pensé en el otro mundo y que el propio Wanekia estaba en él con mi pueblo, y que tal vez el árbol santo de mi visión florecía realmente allí, más allá, en aquel instante, y que era allí donde mi visión se había ya cumplido. En el centro de la tierra se me habían mostrado todas las cosas buenas y bellas en un gran círculo de paz. Y quizá la tierra de mi visión era el lugar hacia el que todo mi pueblo iba, para vivir y prosperar allí donde no había wasichus y donde jamás los habría.
Antes de iniciar la danza al día siguiente, Oso Pateador ofreció una oración.
—Padre, Gran Espíritu, contempla a estas gentes —dijo—. Irán hoy a ver a sus parientes, y en el más allá serán felices día tras día, y su dicha no tendrá fin.
Empezamos el baile y casi todos gemían y lloraban mientras danzaban, cogidos de la mano, en círculo; algunos reían, felices. De cuando en cuando alguno se desplomaba como muerto; y otros se tambaleaban y respiraban jadeando antes de caer. Mientras yacían inmóviles como cadáveres tenían visiones y nosotros seguíamos bailando y cantando y muchos lloraban por la manera antigua de vivir, para que la vieja religión los asistiera de nuevo. [^362]
Comencé a experimentar algo muy extraño. En primer lugar, mis piernas parecían estar llenas de hormigas. Danzaba con los ojos cerrados, como los demás. De repente se me antojó que me despegaba del suelo y que no volvía a tocarlo. Esa extraña sensación me subía por las piernas, y se acababa alojando en mi corazón. Era como si ascendiera en un columpio y retrocediera en arcos cada vez más amplios. No tenía miedo, solo una sensación de felicidad cada vez mayor.
Debí de caerme, pero lo que sentí fue como si me hubiera desprendido del columpio en el momento en que subía y flotaba, cabeza adelante, por los aires. [^363] Tenía los brazos tendidos hacia adelante y no vi entonces más que una pluma de águila ante mí. La pluma se convirtió en un águila moteada que danzaba aleteando frente a mí, y emitía ese agudo silbido que suele hacer. Mi cuerpo no se movía, pero miré ante mí y vi que volaba rápidamente hacia donde miraba.
Había la cumbre de una sierra delante de mí y pensé que me estrellaría contra ella, pero pasé por encima. Al otro lado de dicha cumbre, descubrí una hermosa tierra en la que acampaba en círculo muchísima gente. Todos eran dichosos y vivían en la abundancia. Había por doquier perchas repletas de carne puesta a secar. El aire era límpido y bello, y lo llenaba una luz viviente iluminándolo todo. Alrededor del círculo, había caballos fuertes y rollizos pastando una hierba muy verde; y animales de toda especie cubrían las verdes colinas, y los cazadores regresaban cantando con sus presas.
Floté sobre los tipis y comencé a descender con los pies por delante en el centro del aro, en el que descubrí un hermoso árbol completamente verde y cubierto de flores. Al tocar el suelo, dos hombres avanzaron hacia mí. Llevaban camisas sagradas hechas y pintadas de modo especial. Llegaron hasta mí y me dijeron:
—No se ha cumplido aún el momento de que veas a tu padre, pero él es feliz. Has de llevar a cabo tu misión. Te daremos algo para que lo entregues a tu pueblo, y con ello podrán venir a ver a sus seres queridos.
Comprendí que lo que querían era que le contara a la gente la manera en la que estaban hechas sus camisas sagradas. Me ordenaron que regresara inmediatamente y me encontré de nuevo en el aire, volando tan velozmente como a la ida. Cuando volví, la gente danzaba todavía, pero parecían hacerlo sin ruido. Yo esperaba encontrarme en flor el árbol reseco, pero estaba muerto.
Entonces caía de nuevo en mi cuerpo y empecé a oír voces en todas partes, que hablaban sobre mí mientras yo estaba sentado sobre tierra. Muchos se apiñaban a mi alrededor, preguntándome qué visión había tenido. Les expliqué lo que había visto y que traía el recuerdo de las camisas sagradas de los dos hombres.
Aquella noche nos reunimos algunos en el tipi de Camino Grande y decidimos usar las camisas de los espíritus que yo había visto. Pasé todo el día siguiente confeccionándolas y las pinté de la manera sagrada según mi visión. [^364] Mientras las hacía, pensé que en mi visión todo era como en los viejos tiempos y que el árbol florecía, pero que, a mi regreso, seguía muerto. Y me dije que, si este mundo hacía lo que la visión enseñaba, el árbol florecería aquí también.
Confeccioné la primera camisa para Miedo del Halcón y la segunda para el hijo de Camino Grande.
Por la tarde preparé una vara santa como la que había observado en mi primera visión y la pinté de rojo con la sagrada pintura del Wanekia. [^365] En lo alto de la misma até una pluma de águila y la llevé en la danza, vestido con la camisa sagrada, según había visto.
Me pidieron que condujera el baile la mañana siguiente a causa de mi visión y del poder que sabían que yo tenía. Nos colocamos en línea recta, encarados hacia el oeste, y recé:
—Padre, Gran Espíritu, contémplame. Esta, que es mi nación, se desespera. [^366] Tú me has enseñado la nueva tierra que prometiste. Haz que mi nación también la vea.
Tras el rezo permanecimos con la mano derecha levantada hacia poniente, y lloramos, y en aquel preciso instante, mientras llorábamos, antes de que se iniciase la danza, algunos se desmayaron.
Mientras bailábamos me acometió la misma extraña sensación de otras veces, como si mis pies se hubieran despegado de la tierra y me columpiase. Oso Pateador y Trueno Bueno cogían mis brazos. Después de un rato, parecieron soltarme y una vez más floté con la cabeza adelante, boca abajo, los brazos extendidos y el águila moteada, bailando, delante de mí. Yo oía su agudo silbido y su chillido.
Vi otra vez la cima y al acercarme a ella se produjo un ruido, que retumbaba, desde las profundidades, y de la sierra brotó una llama, pero pude sobrevolarla. Había seis aldeas frente a mí, en aquellas hermosas tierras, límpidas y verdes en la luz viviente. Me deslicé sobre ellas y bajé hacia el sur de la sexta aldea. En cuanto toqué el suelo, doce hombres me abordaron.
—Nuestro Padre, el jefe bípedo, ahora lo verás —dijeron.
Me condujeron al centro del círculo, en el que una vez más vi el árbol sagrado lleno de hojas y flores.
Pero no fue eso todo lo que vi. Había un hombre de pie junto al árbol, con los brazos abiertos. Le miré con atención y no pude descubrir a qué pueblo pertenecía. [^367] No era wasichu y tampoco indio. Tenía el pelo largo, lo llevaba suelto y en la sien izquierda lucía una pluma de águila. Era fuerte, tenía buen aspecto, y estaba pintado de rojo. No lo reconocí, no sabía quién era. Era muy guapo. Mientras lo miraba con atención, su cuerpo empezó a cambiar y cada vez era más hermoso, con todos los colores imaginables, y alrededor de él había luz. Hablaba como si estuviera cantando.
—Mi vida es tal que todos los seres terrestres y todo lo que crece me pertenece. Tu padre, el Gran Espíritu, así lo dijo. También tú debes decirlo.
Después se extinguió como una llama en el viento. [^368] Los doce hombres allí presentes hablaron entonces:
—¡Contémplalos! ¡Así será la vida de tu nación!
Vi de nuevo el hermoso día: el firmamento azul dorado por la luz sobre la tierra verde. Y vi que toda la gente era bella y joven. No había ancianos ni niños, solo gente de la misma edad, todos hermosos.
Doce mujeres se detuvieron ante mí y dijeron:
—¡Contémplalos! Tú llevarás su manera de vivir a la tierra.
En cuanto dejaron de hablar, oí un canto en el oeste y lo aprendí. Entonces, uno de los doce hombres tomó dos varas, una pintada de blanco y otra de rojo, [^369] y las arrojó al suelo exclamando:
—¡Recógelas! Dependerás de ellas. ¡Apresúrate!
Empecé a andar, y fue como si un viento poderoso pasase por debajo de mí y me levantase. Me encontré en el aire, con los brazos extendidos, flotando velozmente. Había un río oscuro, terrible, que debía salvar y tuve miedo. Se precipitaba, bramaba y estaba cubierto de espuma iracunda. Miré hacia abajo y vi a muchos hombres y mujeres intentando vadear la corriente espantosa y sombría. No lo conseguían. Levantaron la vista hacia mí y, llorando, me suplicaron: «¡Ayúdanos!». Pero no logré contener mi vuelo, porque era como si un viento impetuoso estuviera debajo de mí.
Descubrí, al fin, a los míos, sobre la tierra, en el lugar de la danza y entré en mi cuerpo, allí tendido. Y me encontré sentado y rodeado de personas que me preguntaban qué visión había tenido.
Les conté mi visión en cánticos, que los ancianos le explicaron al resto de la gente. Canté uno cuyas palabras fueron las que el Wanekia dijo bajo el árbol floreciente, y su tonada la que oí en el oeste después de que las doce mujeres hubieran hablado. La repetí cuatro veces, y a la cuarta toda la gente rompió a llorar porque los wasichus nos habían arrebatado nuestro bello mundo.
Medité mucho sobre la visión. Las seis aldeas parecían designar a los Seis Antepasados que yo había contemplado, mucho tiempo atrás, en el Tipi del Arco Iris en Llamas; había ido a la sexta, que era la del Sexto Antepasado, el Espíritu de la Tierra, pues yo había de representarle en el mundo. Me preguntaba si el Wanekia sería el hombre rojo de mi gran visión, [^370] el que se convirtió en bisonte y después en la hierba de los cuatro rayos, la hierba del lucero del alba del entendimiento. Supuse que los doce hombres y las doce mujeres serían las lunas del año.
23. Graves problemas a la vista🔗
Tales cosas acontecían mientras el verano tocaba a su fin (1890). No sabía yo todo lo que sucedía en otros lugares, aunque algo oí y posteriormente me enteré de casi todo.
Cuando Trueno Bueno y Oso Pateador regresaron en primavera de su visita al Wanekia, los wasichus de Pine Ridge los encarcelaron durante cierto tiempo y luego los pusieron en libertad. Eso probaba que los wasichus temían algo. En la Luna de las Cerezas Negras (agosto) muchos bailaban en No Water's Camp, a orillas del Clay Creek. [^371] El agente fue a ordenarles que interrumpieran la danza. En lugar de obedecerle, respondieron que lucharían por su religión si los obligaban a ello. El agente se retiró y siguieron danzando. Le apodaron Joven Temeroso de los Lakotas. [^372]
Más tarde me enteré de que los brules también practicaban la danza al este de donde estábamos nosotros; y de que los de Pie Grande hacían lo mismo en la reserva del río Good; y de que Oso Pateador había ido al campamento de Toro Sentado, junto al río Grand, y que la gente también bailaba. Nos enteramos de que los indios empezaban a danzar allá donde estuvieran.
El pueblo estaba hambriento y desesperado, y muchos creían en el mundo nuevo y bueno que se aproximaba. Los wasichus nos daban menos de la mitad del ganado vacuno que nos habían prometido en el tratado, y las reses no tenían carne. Durante algún tiempo las rechazamos porque eran muy pocas y muy flacas; pero, por último, tuvimos que aceptarlas para no morir de hambre. Así que nos dieron más mentiras que ganado, y no podíamos comernos las mentiras. Cuando el agente les ordenó que dejaran de bailar, sus corazones estaban abatidos. [^373]
Desde el lugar de la danza, en la ribera del Wounded Knee, fui a visitar a los brules, que acampaban entonces al lado del Cut Meat Creek. Llevé conmigo seis camisas como las de los doce hombres de mi visión, y seis vestidos como los de las doce mujeres. Les di los ropajes a los brules, que hicieron otros semejantes.
Dancé allí con ellos y tuve otra revelación. Se me apareció un arco iris en llamas como el que había contemplado en mi primera gran visión. Debajo de él había un tipi hecho de nubes. [^374] Sobre mí se cernía un águila moteada.
—Recuerda esto —me dijo.
Eso fue todo lo que vi y oí.
He reflexionado mucho sobre ello desde entonces y estoy convencido de que fue entonces cuando me equivoqué. Había tenido una visión muy importante y debí atenerme únicamente a ella para que me guiase hacia el bien. Pero seguí las visiones menores que me habían visitado durante la danza junto al Wounded Knee Creek. La del arco iris llameante fue quizá un aviso, pero no lo entendí. No obedecí a la visión trascendental como era mi deber; me fie de las dos varas contempladas en la visión menor. Resulta arduo seguir una gran visión en este mundo de oscuridad y de sombras variables. En esas sombras el hombre se extravía. [^375]
Cuando volví de donde los brules, la temperatura empezaba a descender. Muchos brules volvieron conmigo y se sumaron a la danza de los oglalas en la ribera del Wounded Knee. [^376] Nos dijeron que había soldados en Pine Ridge y que otros llegaban sin cesar. Más tarde, una mañana nos informaron de que se dirigían contra nosotros, [^377] por lo que levantamos el campo y nos fuimos hacia el oeste, al Grass Creek. Desde allí nos trasladamos al White Clay, acampamos algún tiempo junto al mismo y danzamos.
Allí se reunieron con nosotros Trueno de Fuego, Herida Roja [^378] y Joven Caballo Americano con un mensaje de los soldados, según el cual había que investigar la cuestión de la danza de los espíritus y establecer reglas sobre la misma; pero que eso no significaba que nos privaran del derecho a danzar. Sin embargo, ¿podíamos fiarnos de lo que los wasichus nos dijeran? Hablaban con lengua viperina. [^379] Acampamos más cerca de Pine Ridge. Había muchos soldados allí, pero ¿para qué?
Se celebró un consejo con el agente, pero yo no asistí a él. Se estableció que podríamos danzar durante tres días en cada luna y que el resto del tiempo nos dedicásemos a vivir con normalidad y a ganarnos la vida como pudiéramos. [^380] No explicó cómo. No obstante, la gente accedió.
Al día siguiente, estando en un tipi con Trueno Bueno, se presentó un policía y nos dijo:
—No me han mandado, sino que vine por voluntad propia para avisaros de lo que he oído. Os van a detener a los dos. [^381]
Trueno Bueno creyó oportuno que nos uniéramos a los brules, que tenían un gran campamento en el Wounded Knee, por debajo de Manderson. Aquella misma tarde ensillamos y partimos. Enfilamos por el Pepper Creek y el White Horse Creek, y descendimos por el Wounded Knee hasta el campamento brule.
Se alegraron de vernos.
Un pregonero convocó un consejo por la mañana. Yo les dije a los brules:
—Querida familia, hemos hecho una cosa. Debido a esa cosa, que es sagrada, hemos tenido visiones. En ella hemos visto y también oído que los seres queridos que nos precedieron están en el Otro Mundo, que nos ha sido revelado, y que nosotros iremos también a él. Están ahora con el Wanekia. Si los wasichus desean combatir contra nosotros, que lo hagan. Confiad en vuestro deseo ardiente y no temáis nada. Tenemos que apoyarnos en los difuntos que se hallan en el nuevo mundo que se avecina.
Llegaron más brules de Porcupine y de los arroyos de Medicine Root y levantamos el campamento y bajamos por el Wounded Knee hasta el río Smoky Earth (el White). En él un túnica negra (sacerdote católico) llegó para convencernos de que regresáramos. Los nuestros replicaron que las promesas de los wasichus carecían de valor y que todo lo que nos habían prometido era mentira. Solamente unos pocos oglalas regresaron con el túnica negra. Era un buen hombre y resultó malherido aquel invierno en la matanza de la partida de Pie Grande. Por su gran bondad no se parecía a los demás wasichus. [^382]
Desde el Smoky Earth viajamos hasta High Pockets, al sudoeste de la Cima de las Badlands. [^383] Allí nos alcanzaron Caballo Americano y Trueno Veloz. Ambos eran jefes y vinieron a decirnos que volviéramos a Pine Ridge. Teníamos que obedecer. Los brules se resistieron e intentaron impedir nuestra partida. [^384]
Nos golpearon y hubo pelea durante un rato; pero nos marchamos, porque debíamos hacerlo. [^385] Oso Pateador se quedó con los brules, pero llegó a Pine Ridge algo más tarde. Algunos pocos brules nos acompañaron.
Acampamos junto al río White, a continuación a orillas del White Clay y luego al lado del Cheyenne Creek, al norte de Pine Ridge. La mayoría de los oglalas estaban acampados también por allí.
Por aquel entonces recibimos malas noticias del norte. Algunos policías de Standing Rock fueron a tomar preso a Toro Sentado, que se hallaba en la ribera del Grand, y él se resistió. Hubo pelea y lo mataron.
[^386]
Se acercaba el fin de la Luna de los Árboles Crujientes y yo tenía veintisiete años de edad (diciembre de 1890). Supimos que Pie Grande descendía de las Badlands con unas cuatrocientas personas. [^387] Algunas pertenecían a la partida de Toro Sentado. Habían huido al morir su jefe y se unieron a Pie Grande en el río Good. La banda se componía de unos cien guerreros, y el resto eran mujeres y niños y ancianos. Estaban muertos de hambre y de frío y Pie Grande estaba tan enfermo que tenían que llevarlo en una narria. [^388] Habían escapado para ocultarse en las Badlands y volvían empujados por el hambre y el hielo. Cuando cruzaron el Smoky Earth, recorrieron el Medicine Root Creek hasta sus fuentes. Los soldados los andaban buscando por allí: tenían de todo y no se helaban ni desfallecían de hambre. En los aledaños de Porcupine Butte rodearon a los de Pie Grande, que se rindieron y los siguieron hasta el
Wounded Knee Creek, donde ahora está el almacén de Brenan. [^389]
Por la tarde nos enteramos de que habían acampado por allí con los soldados, a unos veinte kilómetros por el camino viejo del sitio en que ahora estamos. A la mañana siguiente (29 de diciembre de 1890) sucedió algo espantoso.
24. La matanza de Wounded Knee🔗
Aquella misma tarde, antes de que ocurriera, fui a Pine Ridge y oí lo que la gente decía y mientras allí estaba, los soldados emprendieron la marcha hacia los de Pie Grande. Serían unos quinientos los que allí se presentaron a la mañana siguiente. Al verlos salir, presentí que pasaría algo terrible. Apenas pude dormir aquella noche. La pasé en vela, andando de aquí para allá.
A la mañana siguiente fui en busca de mis caballos y estando fuera, escuché, hacia el este, disparos y por el estruendo pensé que debían de ser fusiles de carro (cañón). [^390] Aquel ruido me atravesó todo el cuerpo y presentí que sucedería algo espantoso.
Cuando entré en el campamento con mis caballos, un hombre llegó hasta mí cabalgando.
—¡Eo, eo, eo! —gritó—. ¡Están disparando contra la gente que viene! ¡Lo sé!
Ensillé mi rucio y me puse la camisa sagrada. La había hecho para que nadie más que yo la vistiera. Tenía un águila moteada, con las alas abiertas, en la espalda, y el lucero del alba en el hombro izquierdo, para que cuando yo mirara hacia el sur, ese hombro estuviera orientado hacia el este. A través del pecho, desde la clavícula izquierda a la cadera derecha, estaba el arco iris llameante, y había otro arco iris alrededor del cuello, como un collar, con una estrella colgante. En cada hombro, codo y muñeca había prendido una pluma de águila, y por toda la camisa zigzagueaban rayos de color rojo. Como habrás notado, todo aquello procedía de mi gran visión y te contaré cómo me protegió aquel día.
Me pinté la cara de rojo, y sujeté en mi pelo una pluma de águila para Aquel Que Está En lo Alto.
No tardé mucho en prepararme, pues aún podía oír los disparos.
Recorrí a solas el camino antiguo que atraviesa las colinas hasta el Wounded Knee. No llevaba armas de fuego, solo el arco sagrado del oeste que había visto en mi gran visión. [^391] Había galopado un rato cuando me alcanzó una partida de jóvenes. Los dos primeros que se pusieron a mi altura fueron Amante de la Guerra y Wasichu de Hierro. Les pregunté qué iban a hacer y me contestaron que solo iban a ver por qué estaban disparando. Luego llegaron más jinetes, entre ellos varios hombres maduros.
Cabalgábamos a buen ritmo, éramos unos veinte. Los disparos sonaban cada vez más fuertes. Un jinete se nos aproximó, a paso muy vivo, y venía de por allí.
—¡Eo, eo, eo! —chilló—. ¡Lo han asesinado! [^392]
Azotó a su montura y se fue cabalgando aún más aprisa hacia Pine Ridge.
Poco después llegamos por fin a la cima de una altura desde donde, mirando hacia el este, se puede ver por primera vez el monumento y el cementerio en el montículo que ocupa la iglesia. Allí es donde empezó la matanza. Exactamente al sur del montículo del cementerio, una honda quebrada se retuerce de este a oeste y se alza en dirección a occidente casi hasta la cumbre sobre la que estábamos. No tenía nombre, pero los wasichus lo llaman a veces ahora el Battle Creek. Nos habíamos parado a poca distancia del arranque de la quebrada. Los fusiles de carro continuaban tronando en el pequeño montículo y, más tarde, cuando encararon la depresión del terreno. Sonaban muchos disparos más allá, así como gritos por todas partes, y podíamos distinguir soldados de caballería diseminados en las colinas que se extendían ante nosotros. Cabalgaban a lo largo de la cañada y hacían fuego en el interior, donde mujeres y niños corrían a esconderse en las ramblas y entre los pinos achaparrados.
No muy lejos de nosotros, justo debajo del arranque de la cañada, un grupo de niños y mujeres se acurrucaba debajo de una pared arcillosa, y los soldados los estaban encañonando con sus fusiles.
Retrocedimos hasta detrás de la cumbre.
—¡Tenemos que armarnos de valor! —le dije a los otros—. Son nuestros familiares. Vamos a intentar salvarlos.
Después cantamos una canción que decía:
Soy una nación de seres del trueno, he dicho.
Soy una nación de seres del trueno, he dicho.
Tú vivirás.
Tú vivirás.
Tú vivirás. Tú vivirás.
Cabalgué hasta la cumbre y los otros me siguieron. Todos gritamos:
—¡Adelante! ¡Es el momento de luchar!
Los soldados que custodiaban a nuestros parientes dispararon contra nosotros y huyeron rápidamente. Algunos que había al lado de la cañada también hicieron fuego. Rescatamos a nuestros parientes y los enviamos, a través del puente, hacia el noroeste, donde estarían seguros.
Yo no llevaba arma de fuego, y, cuando cargábamos, mantenía el arco sagrado delante de mí con la mano derecha. Las balas ni nos tocaron.
Encontramos una niñita abandonada cerca de la entrada de la cañada. No pude recogerla entonces, sino más tarde, y gentes de mi pueblo la adoptaron. La envolví con fuerza en un chal que llevaba y la dejé allí mismo. Estaba a salvo y yo tenía otra misión.
Los soldados se habían dirigido al este por las colinas, hacia el lugar en que había más compañeros suyos. Desmontaron y se tendieron en el suelo. Ordené a los demás que no se movieran y los ataqué blandiendo el arco sagrado con la mano derecha. Tiraron contra mí y podía oír que las balas me rodeaban, pero llevé mi caballo hasta casi tocarlos y di la vuelta. Los que estaban en el otro lado de la cañada dispararon, pero llegué indemne junto a los míos.
Mientras tanto, muchos lakotas, que habían oído los disparos, iban llegando desde Pine Ridge, por lo que atacamos unidos contra los soldados. Ellos retrocedieron hacia el este, donde aquella desventura había empezado. Corrimos por la cañada seca y lo que vimos fue algo terrible. Mujeres, muchachos y niños pequeños, muertos y heridos, sembraban los lugares por donde habían querido escapar. Los wasichus los habían perseguido a lo largo de la cañada y los habían matado allí mismo. A veces estaban amontonados, porque habían intentado acurrucarse en grupo, y algunos estaban aislados; otros estaban despedazados por el impacto de los fusiles de carro. Hallé a un bebé que intentaba mamar de su madre, pero esta estaba muerta, cubierta de sangre. [^393]
Dos niños, [^394] en la cañada, se habían defendido con unos fusiles y habían matado soldados, cuyos cadáveres vimos. Los niños estaban solos, ilesos. Eran muy intrépidos.
Cuando cargamos contra ellos, los soldados se atrincheraron. No éramos bastantes para expulsarlos. Por la tarde se fueron Wounded Knee Creek arriba y entonces pudimos ver todo lo que habían hecho.
Cadáveres de hombres, mujeres y niños, amontonados, o esparcidos por todo el llano que había en la base del montículo sobre el que los wasichus asentaron sus fusiles de carro, y hacia el oeste, subiendo por la cañada hasta la cumbre, más cadáveres aislados de mujeres, jóvenes y niños.
Al ver aquello deseé haber muerto también, aunque no me apené por las mujeres y los pequeños. Era preferible hallar la felicidad en el otro mundo, donde yo anhelaba estar con ellos. Pero ansiaba desquitarme antes de morir. Pensaba que llegaría el día en que podríamos vengarnos.
Cuando se fueron los soldados, mi amigo Perro Jefe me explicó cómo se inició aquella calamidad, ya que estaba con Pájaro Amarillo cuando empezó todo. Fue así:
Los soldados comenzaron a desarmar por la mañana a los de Pie Grande, los cuales acampaban en el llano contiguo al montículo en el que ahora están el monumento [^395] y el cementerio. La gente había dejado casi todas las armas de fuego, e incluso los cuchillos, junto al tipi de su jefe, Pie Grande, que yacía enfermo. Había wasichus en el cerro y por los alrededores, y también en el sur, al otro lado de la cañada, y el este, a lo largo del Wounded Knee Creek. La partida estaba casi rodeada y los fusiles de carro les apuntaban.
Como algunos no habían entregado sus armas, los soldados registraron los tipis, tirando objetos y revolviéndolo todo. Un hombre llamado Pájaro Amarillo estaba con otro delante del tipi donde Pie Grande se hallaba enfermo. Estaban cubiertos por unas telas blancas, con agujeros para mirar, y escondían los fusiles debajo de ellas. Un oficial los cacheó. Desarmó al otro hombre y pretendió hacer lo mismo con Pájaro Amarillo, el cual se resistió. Durante la pelea con el oficial, el arma se disparó y mató al wasichu. [^396] Los soldados y algunas personas aseveran que lo hizo voluntariamente; sin embargo, Perro Jefe, que asistió al lance, asegura lo contrario. En cuanto sonó el disparo, según Perro Jefe, un oficial mató a Pie Grande de un tiro, que estaba enfermo en el interior del tipi.
De pronto nadie supo lo que estaba pasando, salvo que los soldados hacían fuego y los fusiles de carro disparaban contra la gente.
Muchos murieron allí mismo. Las mujeres y los niños corrieron hacia la cañada, ascendiendo en dirección al oeste, mientras los soldados les disparaban durante la huida. Había únicamente un centenar de guerreros y casi quinientos soldados. Los guerreros se precipitaron hacia donde estaban apilados los fusiles y los cuchillos. Hasta que consiguieron recobrarlos, combatieron con los soldados con las manos desnudas.
Perro Jefe vio cómo Pájaro Amarillo se metía en un tipi con su rifle y desde allí disparaba matando soldados hasta que le prendieron fuego al tipi. Cuando salió, lo acribillaron. [^397]
Era un agradable día de invierno cuando ocurrió todo aquello. El sol brillaba en lo alto. Pero cuando los soldados, cumplido su sucio cometido, se retiraron, empezaron a caer grandes copos de nieve. El viento se levantó con la noche. Hubo una tremenda ventisca y el frío arreciaba. La nieve empezó a acumularse en la retorcida cañada y la transformó en un largo sepulcro de mujeres, muchachos y niños despedazados, que jamás hicieron daño alguno y que solo intentaron huir. [^398]
25. Fin del sueño🔗
Después de que se fueran los soldados, Cuervo Rojo y yo volvimos juntos a Pine Ridge. Recogí a la niña que antes he mencionado. Cuervo Rojo, a otro chiquillo.
Regresábamos a Pine Ridge, porque creíamos que allí reinaba la paz; pero nos equivocábamos. Durante nuestra ausencia, había habido pelea allí y nuestro pueblo abandonó la agencia con tanta rapidez [^399] que ni siquiera desmontaron los tipis.
Era ya casi noche cerrada cuando pasamos por el norte de Pine Ridge, donde ahora está el hospital, y unos soldados nos dispararon sin acertarnos. Entramos en el campamento: estaba desierto. Estábamos muy hambrientos, pues no habíamos comido nada desde las primeras horas de la mañana; así que recorrimos los tipis hasta encontrar en uno una olla de papa (carne seca) guisada. Nos sentamos allí mismo y empezamos a comer. En ese mismo instante los soldados dispararon contra el tipi. Una bala pasó entre nosotros dos. Hizo que la sopa se llenara de polvo, pero seguimos comiendo hasta hartarnos; luego, cogiendo a los niños, montamos a caballo y nos fuimos. Si aquella bala me hubiera matado, habría muerto con papa en la boca.
La gente había huido hacia la parte baja del Clay Creek [^400] y nosotros les seguimos el rastro. Reinaba la oscuridad y ya bien entrada la noche llegamos a donde habían acampado sin tipis. Estaban allí sentados alrededor de pequeñas hogueras y la nieve comenzaba a caer. Al cabalgar entre ellos, oí la voz de mi madre. Cantaba un son de muerte por mí, pues estaba segura de que yo había muerto. Se alegró tanto de verme que no podía parar de llorar.
Las mujeres que estaban criando amamantaron a los bebés que Cuervo Rojo y yo habíamos rescatado.
Creo que nadie durmió aquella noche, salvo los más pequeños. La nieve no dejó de caer y no teníamos tipis.
En cuanto amaneció, una partida de guerra se puso en marcha y yo fui con ella. Esta vez sí que cogí un fusil. En la víspera, al dirigirme al Wounded Knee, no llevaba más que mi arco sagrado, cuyo destino no era disparar, ya que entonces tenía algunas dudas sobre la religión del Wanekia y no deseaba matar a nadie por culpa de ella.
Pero ya no pensaba así, después de lo que había visto. Deseaba vengarme, deseaba matar.
Vadeamos el White Clay Creek y lo recorrimos aguas arriba por la orilla occidental. Enseguida oímos muchos disparos. Por lo tanto, doblamos hacia el oeste, por unas lomas, en dirección al lugar del combate. Estaba cerca de la misión, cuyo edificio conserva aún muchas balas. [^401]
Desde nuestra posición elevada descubrimos que los lakotas se hallaban en las dos orillas del río y disparaban contra los soldados que bajaban por él. Vimos también una pequeña rambla, al otro lado de la cual había un monte. Atravesamos la rambla y empezamos a ascender por la ladera.
Allí se combatía y un lakota me gritó:
—¡Hoy es un buen día para hacer algo grande, Alce Negro!
—¡How! [^402] —contesté.
Descabalgué y me froté con tierra para mostrarle a los Poderes que no era nada sin su ayuda. [^403] Cogí mi rifle, salté sobre mi caballo y galopé hasta la cumbre del monte. Los soldados disparaban desde abajo y los míos me gritaron que no descendiera, que había tiradores muy certeros entre el enemigo y que quizás yo moriría en vano.
Pero recordé mi gran visión, la parte en que aparecían los gansos del norte. Yo me fiaba de su poder. Abriendo los brazos, con el arma en la mano derecha, como el ganso que se eleva cuando está volando bajo y llega el mal tiempo, imité su grito —brrrp, brrrp, brrrp— y ataqué. Los soldados me vieron y abrieron fuego con gran rapidez. Mantuve a mi rucio al galope, disparé contra sus caras al estar cerca, tracé un arco amplio y volví subiendo por el monte.
Los proyectiles zumbaban a mi alrededor y ninguno me tocó. Ni siquiera tenía miedo. Era como un sueño de guerra, con muchos disparos. Pero en el momento en que llegué a la cima, fue como si me despertase de repente y sentí miedo. Dejé caer los brazos e interrumpí el grito del ganso. En cuanto lo hice, noté que algo chocaba contra mi cinturón como si me golpearan con el dorso de un hacha. Casi me desplomé de la silla, aunque logré evitarlo con un esfuerzo y subí colina arriba.
Un anciano llamado Protector corrió a sostenerme cuando me deslizaba de la montura. Te enseñaré por dónde me dio la bala de través aquí en el vientre (y me mostró una cicatriz larga y honda en su abdomen). Se me salían las entrañas. Protector desgarró una manta en tiras y me vendó con ellas para que no se me escaparan. Yo estaba loco por matar.
—¡Súbeme al caballo! —le dije—. Déjame que vuelva. ¡Hoy es buen día para morir! ¡Tengo que volver!
—No, joven sobrino [^404] —respondió Protector—. No mueras hoy. Sería una necedad, porque el pueblo te necesita. Habrá días mejores para morir.
Me acomodó en la silla y guio mi montura monte abajo. Luego empecé a sentirme muy enfermo.
Todo presagiaba que exterminaríamos a los wasichus. Los lakotas luchaban con mayor ardor; pero supe que, después de mi marcha, los soldados wasichus negros intervinieron y los lakotas tuvieron que retirarse. [^405]
Había en la misión gran número de niños lakotas y las monjas y sacerdotes cuidaban de ellos. Me contaron que hubo monjas y sacerdotes en plena batalla ayudando a los heridos y rezando. [^406]
Un hombre llamado Pequeño Soldado se hizo cargo de mí y me condujo al lugar en que acampaban los nuestros. Mientras combatíamos en la batalla de la misión, habían huido al O-ona-gazhee, [^407] en la cumbre del cual se habían instalado para que las mujeres y los niños estuvieran a salvo de los wasichus. Viejo Cuerno Hueco estaba allí. Era un curandero-oso de mucho poder y me atendió para que cicatrizara mi herida. Pude andar a los tres días, aun ciñéndome el vientre con una faja de manta.
Estábamos casi a mediados de la Luna de la Escarcha en el Tipi (enero). Nos enteramos de que los soldados estaban en el río Smoky Earth, dispuestos a atacarnos en el O-ona-gazhee. Se hallaban cerca del lugar de Pluma Negra. Así que una banda de unos setenta de los nuestros salió en son de guerra para ir a su encuentro. Mi madre quiso retenerme, porque, si bien yo podía andar y montar a caballo, mi herida no estaba completamente curada. Me negué, pues después de lo que había visto en el Wounded Knee, quería tener oportunidad de matar soldados.
Cabalgamos por el Grass Creek hacia el Smoky Earth, lo vadeamos y avanzamos aguas abajo. Pronto descubrimos desde lo alto de un altozano carros y la caballería que los escoltaba. Estaban formando un círculo con los carros y preparándose para luchar. Desmontamos y, al amparo de unos cerros, reptamos a lo alto de un montículo para examinar su campamento. Algunos soldados llevaban a abrevar caballos enjaezados a un arroyo y yo les dije a los otros:
—Si disparáis desde aquí a los soldados, yo voy a por ellos y traeré algunas buenas monturas —dije.
Sabían de mi poder, así que accedieron. Yo monté sobre mi rucio, mientras los demás hacían fuego. Capturé siete caballos, pero cuando volvía con ellos, todos los soldados me vieron y descargaron sus armas contra mí. Mataron dos corceles, pero yo volví con cinco y sin un rasguño. Fuera ya de su alcance, elegí un hermoso bayo de cara blanca y solté a mi rucio. Luego me uní a la banda con los restantes caballos.
Entonces un grupo de caballería, con muchos hombres, se acercó por el río y se trabó dura pelea, porque nosotros éramos muy pocos. Retrocedíamos combatiendo, cuando vi de pronto que Sauce Rojo corría a pie.
—¡Me han matado el caballo, primo! —me gritó.
Detuve el caballo de un soldado que arrastraba una cuerda y se lo llevé a Sauce Rojo bajo el fuego de los soldados. Y entonces, durante apenas un momento, yo fui un wanekia. [^408] En aquel combate, Oso Largo y otro cuyo nombre no recuerdo recibieron heridas graves, pero los salvamos y llevamos con nosotros. Los soldados no se adentraron demasiado en las Badlands durante la persecución y cuando fue de noche regresamos con los heridos al O-ona-gazhee. [^409]
Necesitábamos más gente para formar una partida de guerra mayor, y así podernos vengar de los soldados. Pero no resultaba fácil, ya que no todo el pueblo pensaba lo mismo y muchos sufrían hambre y frío. Tuvimos un consejo y estábamos ya preparados para salir con más guerreros en el momento en que Miedoso de sus Caballos llegó de Pine Ridge para concertar la paz con Nube Roja, que estaba con nosotros. [^410]
Nuestro bando insistía en luchar, pero Nube Roja nos dijo algo así:
—Hermanos, es este un invierno muy cruel. Las mujeres y los niños mueren de hambre y de frío. Si estuviéramos en verano, os recomendaría combatir hasta el final. Pero no podemos. Tenemos que pensar en las mujeres y los niños, en los males que sufren. Así pues, debemos aceptar la paz. Yo me comprometo a que los soldados no maltraten a nadie.
Todos estuvimos de acuerdo, porque tenía razón. Levantamos el campamento al día siguiente y bajamos desde el O-ona-gazhee a Pine Ridge, donde ya había muchísimos lakotas. Y también muchísimos soldados. Formaban dos líneas con los fusiles sostenidos verticalmente delante de ellos, mientras pasábamos hacia nuestro campamento. [^411] Y así acabó todo.
No supe entonces hasta qué punto todo había concluido. Si vuelvo la vista atrás desde las cumbres de mi edad ya anciana, aún puedo ver mujeres y niños masacrados, amontonados o esparcidos a lo largo de aquella cañada retorcida, con tanta claridad como los vi con mis propios ojos cuando era joven. Y veo asimismo que algo más murió en el barro ensangrentado y quedó enterrado durante la ventisca. Allí murió el sueño de un pueblo. Era un sueño hermoso.
Y yo, a quien tan gran visión se concedió en la juventud..., ya me ves ahora como un viejo digno de compasión que nada hizo, pues el aro de la nación se rompió y se ha disgregado. Ya no hay centro alguno y el árbol sagrado ha muerto. [^412]
26. Epílogo del autor Apéndices🔗
Al terminar el relato, Alce Negro y los restantes estábamos sentados en el borde septentrional de Cuny Table, oteando las Badlands en la distancia («la belleza y lo extraño de la tierra», describió el anciano). [^413] Alce Negro señaló el Harney Peak, que se destacaba sombríamente en la lejana línea del firmamento.
—Allá, siendo joven, los espíritus me llevaron en mi visión al centro de la tierra y me mostraron todas las cosas buenas en el aro sagrado del mundo —dijo—. ¡Ojalá pudiera llegar hasta allá arriba en cuerpo presente antes de fallecer, pues deseo decirle algo a los Seis Antepasados! [^414]
Por tanto, decidimos ir al Harney Peak y unos días más tarde nos encontrábamos en él. Camino de la cumbre, Alce Negro le comentó a Ben, su hijo:
—Algo sucederá hoy. Si me queda algún poder, los seres del trueno del oeste me oirán cuando yo lance una voz, y por lo menos tronará un poco y caerá un poco de lluvia.
Lo que aconteció les parecerá a los lectores wasichus una coincidencia más o menos notable. Era un día luminoso y despejado y llegados ya a la cima, el cielo estaba raso. Era, de hecho, una de las peores sequías, según recordaban los hombres más ancianos. El cielo siguió claro hasta el término de la ceremonia.
—Exactamente allí —explicó Alce Negro, y señaló una punta rocosa— era donde estaba durante mi visión, pero el aro del mundo que me rodeaba era distinto, porque lo contemplé de modo espiritual.
Después de arreglarse y pintarse como en su gran visión, se encaró hacia el oeste, manteniendo la pipa sagrada delante de él con la mano derecha. [^415] Alzó luego la voz, una voz débil, patética, perdida en el vasto espacio que nos circundaba.
—¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh! Antepasado, Gran Espíritu, contémplame una vez más en la tierra e inclínate para oír mi tenue voz. [^416] Tú exististe antes que nadie y eres más viejo que toda necesidad, más antiguo que toda oración. Las cosas sin excepción te pertenecen: los bípedos, los cuadrúpedos, las alas del aire y lo verde que vive. Tú estableciste los poderes de las cuatro regiones a fin de que se entrecruzaran. El camino bueno y el camino de las dificultades dispusiste de manera que se atravesasen; y es santo el lugar en que se cruzan. Día tras día, para siempre, eres la vida de las cosas.
»Así pues, lanzo una voz, Gran Espíritu, Antepasado mío, sin olvidar nada de lo que hiciste, las estrellas del universo y las hierbas de la tierra.
»Me dijiste, cuando era joven y podía albergar aún esperanzas, [^417] que en épocas de dificultad te enviase una voz cuatro veces, una por cada una de las regiones de la tierra, porque me escucharías.
»Hoy lanzo una voz por un pueblo desesperado. [^418]
»Me diste una pipa sagrada y hago mi ofrenda con ella. Hela aquí.
»Me concediste del oeste la copa de agua viviente y el arco sagrado, el poder de dar vida y el de destruir. Me concediste un viento sagrado y la hierba de donde habita el Gigante Blanco, la facultad de purificar y de curar. El lucero del alba y la pipa del este me concediste; y del sur, el aro sagrado de la nación y el árbol que iba florecer. [^419] Me llevaste al centro del mundo y me enseñaste la bondad y la belleza y lo extraño de la tierra que reverdece, madre única; y allí me mostraste y vi la forma espiritual de las cosas, tal como deben ser. En el centro de este aro sagrado aseveraste que yo haría florecer el árbol.
»Con lágrimas en los ojos, oh Gran Espíritu, Gran Espíritu, Antepasado mío, con lágrimas en los ojos he de decir ahora que el árbol jamás floreció. Heme aquí, siendo un viejo que merece compasión: [^420] he fracasado, nada conseguí. Aquí, en el centro del mundo, al que me guiaste en mi juventud y me adoctrinaste; aquí me tienes, en la edad anciana, ¡y el árbol se ha secado, Antepasado, Antepasado mío!
»Una vez más, acaso la última en esta tierra, rememoro la gran visión que me enviaste. Tal vez viva aún alguna raicilla del árbol sagrado. Nútrela si así fuera, para que se cubra de hojas y de flores y de pájaros que canten. Escúchame, no por mí, sino por mi pueblo; soy viejo. ¡Escúchame a fin de que mi gente logre entrar de nuevo en el aro sagrado y halle el buen camino rojo, el árbol que da cobijo!
Quienes escuchábamos advertimos que finas nubes se habían reunido sobre nosotros. Empezó a llover, una lluvia fina y fría, y resonó sordo, como murmullo, un trueno sin relámpagos. Con el rostro lleno de lágrimas, el anciano esforzó su voz hasta transformarla en un quejido a la vez agudo y quebradizo, y cantó:
—En la angustia alzo mi débil voz, ¡oh Seis Poderes del Mundo! Oídme en mi pena, pues quizá nunca más vuelva a llamaros. ¡Haced que mi pueblo viva!
El anciano estuvo callado durante varios minutos, con la cara levantada, llorando bajo la llovizna. [^421] Y poco después el cielo se aclaró.
Apéndices🔗
Apéndice 1. Fotografías🔗
Alce Negro y Alce tal como aparecían durante su gira por Europa con el espectáculo del Salvaje Oeste de Buffalo Bill.
Fotografías reproducidas con el permiso del Instituto Smithsoniano, Archivo Nacional de Antropología. Negativo SI n.º 72-7106.
Enid Neihardt, Nick Alce Negro, Ben Alce Negro, Oso Erecto y John G. Neihardt. Cortesía de la Colección de Manuscritos Históricos del Oeste en Columbia, archivos de John G. Neihardt (1881-1973), ca. 1858-1974.
John G. Neihardt en el estudio de su casa en Branson (Misuri) a principios de la década de 1930.
Alce Negro con su pandero y Oso Erecto con la pipa de Alce Negro, con una manta del tipo jefe Joseph en primer plano. Fotografía tomada por John G. Neihardt durante las entrevistas para Alce Negro habla. Cortesía de la Colección de Manuscritos Históricos del Oeste en Columbia, archivos de John G. Neihardt (1881-1973), ca. 1858-1974.
Alce Negro en un banquete celebrado en honor de John G. Neihardt en mayo de 1931. Fotografía tomada por John G. Neihardt. Cortesía de la Colección de Manuscritos Históricos del Oeste en Columbia, archivos de John G. Neihardt (1881-1973), ca. 1858-1974.
Oso Erecto en ese mismo banquete. Fotografía tomada por John G. Neihardt. Cortesía de la Colección de Manuscritos Históricos del Oeste en Columbia, archivos de John G. Neihardt (1881-1973), ca. 1858-1974.
Hilda Neihardt, Alce Negro, Caza-en-la-Mañana, y John G. Neihardt preparados para un juego de puntería con la lanza.
Fotografía tomada enfrente de la casa de Alce Negro en mayo de 1931. Cortesía de la Colección de Manuscritos Históricos del Oeste en Columbia, archivos de John G. Neihardt (1881-1973), ca. 1858-1974.
Alce Negro y Neihardt en la celebración de la victoria sioux en Pine Ridge en septiembre de 1945. Cortesía de la Colección de Manuscritos Históricos del Oeste en Columbia, archivos de John G. Neihardt (1881-1973), ca. 1858-1974.
John G. Neihardt con el pandero de Alce Negro en la biblioteca de Skyrim, su casa en Columbia (Misuri), en 1958 o 1959.