Capítulos

18. Los poderes del bisonte y del alce

Creo haberte dicho, pero si no lo hice, lo habrás comprendido, que quien ha tenido una visión no logrará usar su poder hasta que haya representado la visión en la tierra a fin de que la gente la vea. Recordarás que tuve mi gran visión con solo nueve años de edad, y te habrás dado cuenta de que no fui útil a nadie hasta que ejecuté la danza del caballo cerca del río Tongue, en el verano en que hice dieciocho años. Y si no me hubiera sobrevenido aquel miedo imponente, obligándome a cumplir con mi deber, yo hubiera servido a la gente menos que cualquier hombre sin sueños, aunque tuviera memoria de la inmensidad que había contemplado. Mas llegó el miedo, y si no lo hubiera obedecido, seguramente me hubiera matado poco más tarde.

Hasta después de la ceremonia heyoka, en que hice realidad mi visión del perro, no tuve la facultad de ejercer como curandero en beneficio de los enfermos; y curé a muchos gracias al poder que se canalizaba a través de mí. Desde luego, no era yo el sanador. No. Era un poder del mundo externo, y las visiones y ceremonias no habían hecho de mí más que un agujero a través del cual el poder llegaba a los bípedos. Si pensaba que se debía a mí, el agujero se cerraba y era impotente. No cometía más que necedades y torpezas. Había otras partes de mi gran visión que había de representar antes de que me fuera posible usar el poder que albergaban. Si te acuerdas bien de lo que te he contado, te acordarás del hombre rojo que se convirtió en bisonte y se puso a revolcarse en la tierra, y que el pueblo encontró después el buen camino rojo. Si relees lo escrito, comprobarás cómo aconteció. [^309]

Para emplear el poder del bisonte, tenía que representar aquella parte de mi visión para que la gente la viese. [^310] Así se hizo durante el verano de mi primera curación. Llevé la pipa a Vientre de Zorro, un curandero sabio y bondadoso, ya anciano, y le rogué que me ayudara a cumplir tal deber. Se alegró de hacerlo, pero antes tuve que describirle aquel episodio de mi visión; no toda, sino solo aquel fragmento. Jamás la había relatado en su totalidad. Ni siquiera hasta ahora nadie la había oído desde el principio al fin. Incluso mi querido amigo Oso Erecto y mi hijo, aquí presentes, la han escuchado por primera vez mientras te la he contado a ti. Hay muchas cosas que ahora no lograría contarte, por mucho que me esforzara, porque no hay palabras para ello. Pero sí que he contado aquello que puede expresarse. [^311]

Me apena haberme decidido a hacerlo finalmente, y he estado despierto durante la noche preocupado, preguntándome una y otra vez si no me equivocaba, porque sé que he entregado mi poder al describir mi visión y tal vez no viva durante mucho más tiempo. Pero creo que hice bien al salvar la visión de esta forma, aun a costa de morir antes de lo prescrito a causa de mis revelaciones. Pues sé que el significado de la visión es sabio y bello y bueno, y ya ves que, al fin y al cabo, no soy más que un viejo digno de compasión. [^312]

Pues bien, le conté a Vientre de Zorro lo necesario para que me ayudase. Y a pesar de lo poco que le narré, exclamó:

—Hijo mío, tuviste una gran visión y comprendo que tienes el deber de ayudar al pueblo a recorrer el camino rojo de manera que los Poderes queden complacidos.

La ceremonia no fue larga, pero fue muy significativa, ya que trazó la imagen de la relación entre las gentes y los bisontes, y el poder estribaba en su significado.

Preparamos, ante todo, un sitio sagrado semejante a una charca de bisonte en el centro del aro de la nación, y en él erigimos el tipi sagrado. [^313] En el interior trazamos el círculo de las cuatro regiones. A través de él, de sur a norte, pintamos un camino rojo; Vientre de Zorro trazó pequeñas sendas de bisontes a lo largo de sus dos lados, indicando que el pueblo debía recorrerlo con el poder y la resistencia del búfalo, con la cara vuelta hacia el gran viento blanco y purificador del mundo. Colocó también en el extremo septentrional del camino la copa de agua, que es la dádiva del oeste, para que la gente, mientras luchaba contra el fuerte viento con la resistencia del bisonte, se encaminara hacia el agua de vida.

Me pintaron por completo de rojo como el hombre de mi visión antes de que se transformara en búfalo. Llevé los cuernos de este; del izquierdo colgaba una brizna de hierba del lucero del alba, que porta las flores de cuatro rayos del entendimiento. En el lado izquierdo de mi cuerpo se me puso una sola pluma de águila, símbolo de mi pueblo, que dependía del flanco del bisonte y se alimentaba de él.

Un Lado vino también para echarme una mano en la ceremonia. También iba pintado todo de rojo y transportaba el tambor y la pipa, y me seguía a todas partes como la gente sigue al bisonte.

Nos colocamos en el extremo meridional del interior del tipi, en el arranque del buen camino rojo, y Vientre de Zorro cantó:

Andan revelándolo.

Una hierba sagrada, andan revelando.

Andan revelándolo.

La sagrada vida del bisonte, andan revelando. Andan revelándolo.

Una sagrada pluma de águila, andan revelando.

Andan revelándolo.

El águila y el bisonte como parientes andan.

Después de haber recorrido el camino rojo, Un Lado y yo salimos del tipi y la gente se arremolinó alrededor de nosotros y los enfermos llegaron con ofrendas de color escarlata para recobrar la salud. Anduvimos entre todo el mundo imitando al bisonte y los ruidos que hace. Entonces regresamos al tipi y el pueblo nos presentó a sus hijos, y le di a cada uno un sorbo de agua de vida de la copa de madera, para que sus pies conociesen el buen camino rojo que lleva a la salud y a la felicidad.

Y es que el poder nace del entendimiento; y el de la ceremonia consistía en entender lo que esta significaba, porque nada vive bien si se aparta del modo como vive y obra el sagrado Poder del Mundo.

Luego, continué curando a enfermos y tenía muchos a los que curar. No dudaba ya. Me sentía hombre y comprendía que el poder me asistía constantemente.

Fue durante el verano siguiente, en que cumplí veinte años de edad (1883), cuando celebré la ceremonia del Alce, deber que correspondía a tal parte de mi gran visión. [^314] Recordarás que la pipa y el bisonte estaban en el este, y el alce en el sur.

Dicha ceremonia representaría la fuente de la vida y el misterio del crecimiento. [^315]

Envié una pipa a Alce Corredor, que era tío de Oso Erecto y era un anciano prudente y bondadoso. Compareció y se declaró dispuesto a ayudarme. Colocamos como antes un tipi sagrado en el centro. Yo debía usar seis alces y cuatro vírgenes. Los animales son del sur, pero el poder que simbolizaban en mi visión se nutría de las cuatro regiones, el firmamento y la tierra. Las vírgenes encarnaban la vida del aro de la nación, que tiene asimismo cuatro regiones; de aquí el número. Alce Corredor eligió doce alces, y yo, que me hallaba entre el Poder del Mundo y el aro de la nación, [^316] elegí los cuatro restantes, porque estaba sujeto a la vida del aro en la tierra. Los seis hombres disfrazados de alce cubrían con pieles de los mismos sus espaldas y cabezas. Habían pintado sus miembros de negro desde la rodilla y el codo hasta el extremo, y de amarillo hacia arriba, porque la potencia de crecer arraiga en el misterio, como la noche, y se alza hacia lo alto, como la luz. Las semillas brotan en la oscuridad del suelo antes de conocer el verano y el día. En la noche del seno materno el espíritu se vivifica en carne. Las cuatro vírgenes vestían de color escarlata, y cada una llevaba una sola pluma de águila en el cabello trenzado, porque en la mujer el pueblo se multiplica. La pluma de águila era símbolo del pueblo como en la ceremonia del Bisonte. Los rostros de las doncellas estaban rebozados de amarillo, color del sur, la fuente de la vida. Una mostraba un lucero del alba rojo en la frente. Otra tenía en ella una luna creciente azul, porque el poder de la mujer se aumenta con el periodo lunar, llega y se va con él. Otra exhibía el sol en la frente; y en torno de la boca y las cejas de la cuarta un amplio círculo azul simbolizaba el aro de la nación. El mismo aro se repetía en la espalda de cada hombre-alce, pues los hombros de los varones transportan la nación, y en el centro de cada uno había una sola pluma de águila en representación del pueblo. Se cubrían el rostro con máscaras amarillas, ya que tras el poder vital femenino se esconde la potencia viril. Todos empuñaban varas florecientes cortadas del sagrado árbol susurrante (el álamo), con hojas en el extremo, y las varas estaban pintadas de rojo. La mujer es la vida del árbol floreciente, pero el hombre debe alimentarlo y cuidar de él. Una de las vírgenes llevaba también la vara, otra la pipa que da la paz, la tercera la hierba de la curación y la cuarta el aro sagrado, puesto que la suma de tales poderes es el poder de la mujer. [^317]

Evidentemente, antes de ejecutar lo descrito, los que intervenían en la ceremonia se purificaron como siempre en el tipi sudatorio.

Estábamos todos en el tipi sagrado. Alce Corredor cantó:

Avanzamos hacia las regiones, avanzamos hacia las regiones, han venido a contemplarte. Avanzamos hacia las regiones, avanzamos hacia las regiones, han venido a contemplarte.

Entonces los hombres-alce profirieron el grito del animal que encarnaban: «Unh, unh, unh». Alce Corredor cantó de nuevo:

Cantando, envío una voz mientras camino.

Cantando, envío una voz mientras camino. Llevo un aro sagrado mientras camino.

Llegó el momento de que saliéramos del tipi sagrado. Lo hizo en primer lugar la virgen provista de la pipa; después la que tenía la vara floreciente; a continuación la que cuidaba de la hierba; y, por último, la que transportaba el aro de la nación. Las cuatro se alinearon mirando hacia el oeste. Salimos entonces los seis hombres-alce, resoplando y pateando en la tierra. Nos colocamos detrás de las doncellas, quienes alzaron los objetos sagrados que llevaban en ofrenda a los seres del trueno. Hecho esto, anduvieron alineadas hacia el norte, mientras los hombres-alce danzábamos en círculo alrededor de ellas, y ofrecieron los objetos sagrados al gran viento blanco purificador. Con el mismo ritual fuimos al este y al sur mientras las vírgenes hacían la ofrenda en cada una de esas direcciones, y los hombres-alce bailábamos en círculo, ciñéndolas.

Desde el sur, las cuatro vírgenes se dieron la vuelta directamente hacia el norte, por el buen camino rojo, hasta el centro de la aldea, donde se había erigido el tipi sagrado. Los hombres-alce las seguimos, danzando a su alrededor, porque el poder del hombre rodea y protege el poder de la mujer. [^318]

Las cuatro doncellas entraron en el tipi: primero, la portadora del aro sagrado; después, la que llevaba la vara floreciente; después, la que tenía la hierba sanadora; y luego, la que sostenía la pipa.

Luego los hombres-alce entramos en el tipi detrás de ellas.

Tal fue la ceremonia y, como he dicho, su eficacia residía en la comprensión de su significado, porque nada vivirá bien salvo del modo adecuado a como vive el Poder del Mundo, y a como actúa en la ejecución de su obra.