17. La primera curación
Tras la ceremonia heyoka, vine a vivir aquí, donde estoy ahora, entre el Wounded Knee Creek y el Grass Creek. Otros me siguieron y construimos estas cabañas grises de troncos, esas mismas que ves, las cuadradas. No es una buena forma de vivir, porque las cosas cuadradas carecen de poder.
Habrás notado que el indio lo hace todo en círculo, y eso se debe a que el Poder del Mundo obra siempre en círculos y a que todo tiende a la redondez. En los viejos tiempos, cuando éramos fuertes y dichosos, nuestro poder brotaba del aro sagrado de la nación, y mientras el aro se mantuvo intacto el pueblo prosperó. El árbol floreciente se hallaba en su centro, y lo nutría el círculo de las cuatro regiones. El este daba paz y luz, el sur calor, el oeste lluvia, y el norte, con su viento fuerte y frío, le confería fuerza y resistencia. Todo este conocimiento nos llegó desde el otro mundo por medio de la religión. Todo lo que el Poder del Mundo hace, lo hace en círculo. Según me han contado, el firmamento es redondo y la tierra es redonda como una pelota, y lo mismo las estrellas. El viento gira en su gran fuerza. Las aves construyen en círculo sus nidos, pues tienen la misma religión que nosotros. El sol sale y se pone en círculo, como la luna, y ambos son redondos. [^306] Incluso las estaciones forman un gran círculo en su transcurso de una a otra, y vuelven siempre al punto de inicio. La vida del hombre es un círculo de infancia a infancia, y lo mismo sucede en todas las cosas en las que el poder reside. Nuestros tipis eran redondos como los nidos de los pájaros, y siempre se disponían en círculo, el aro de la nación, nido de múltiples nidos, en el que el Gran Espíritu deseaba que empollásemos a nuestros hijos.
Pero los wasichus nos han metido en estas cajas cuadradas. Nuestro poder se ha disipado y estamos agonizando porque el poder ya no está en nosotros. Si te fijas en nuestros muchachos lo verás. Cuando gracias al poder del círculo vivíamos como debíamos, los niños se convertían en hombres a los doce o trece años de edad. Pero ahora tardan mucho más en madurar.
Bueno, así son las cosas. Somos prisioneros de guerra en tanto esperamos aquí. Pero existe otro mundo.
Celebramos la ceremonia heyoka durante la Luna en que los Caballos Mudan (mayo). Un día de la Luna de Engordar (junio), cuando todo florecía, invité a Un Lado a comer conmigo. Yo había estado pensando en la hierba de cuatro rayos que había contemplado dos veces: la primera en la gran visión, a los nueve años de edad, y la segunda durante mi lamentación en la colina. Sabía que para poder curar debía poseerla y me parecía que podría reconocer el lugar en que la había visto crecer durante la noche de mi lamentación.
Una vez terminamos de comer, le dije a Un Lado que debía encontrar una hierba y que necesitaba de su ayuda. Por supuesto no le conté que la había visto durante una visión. Se mostró dispuesto a ayudarme, así que fuimos a caballo al Grass Creek. Toda la zona estaba deshabitada. Llegamos a lo alto de un monte que había junto al arroyo, desmontamos y nos sentamos, porque yo presentía que estábamos cerca de donde había visto la hierba durante mi visión del perro.
Permanecimos allí sentados unos minutos recitando algunos cánticos heyokas. Después yo comencé con uno que había escuchado en mi primera gran visión:
De manera sagrada han enviado las voces.
Luego miré hacia el oeste, y más allá, a un lugar junto al arroyo donde cuervos, urracas, golondrinas negras y águilas moteadas volaban en círculo.
Entonces lo supe.
—Amigo, es ahí donde crece la hierba —le dije a Un Lado.
—Bajemos a comprobarlo —contestó.
Fuimos a caballo a lo largo del Grass Creek hasta que encontramos una rambla y la seguimos. Los pájaros huían al vernos. Nos encontramos en un paraje en que confluían cuatro o cinco barrancos. Allí, en el lado derecho del bancal, crecía la hierba. La reconocí pese a no haberla visto jamás, salvo en mi visión.
La raíz era tan larga como mi codo y algo más gruesa que mi pulgar. Florecía en cuatro colores: azul, blanco, rojo y amarillo.
Desmontamos. Tras hacer una ofrenda de corteza de sauce rojo a los Seis Poderes, le recé a la hierba.
—Saldremos al encuentro de los bípedos —dije—, pero solo de los más débiles, y llegarán tiempos felices para ellos.
La hierba crecía en el borde de la rambla arcillosa, así que no me costó nada arrancarla. Emprendimos el regreso. Cuando llegamos de nuevo al Grass Creek, la envolvimos con la salvia buena que allí crecía.
Algo debió ordenarme que buscase la hierba en aquel momento, pues la necesité a la tarde siguiente y de no haberla tenido nada habría conseguido.
Estaba yo cenando cuando se presentó un hombre llamado Corta En Trozos. Venía quejándose en voz alta, así que le pregunté qué le sucedía.
—Un hijo mío está muy enfermo y temo que morirá pronto —contestó—. Lleva mucho tiempo así. Dicen que posees un gran poder desde la danza del caballo y la ceremonia heyoka. Quizá tú lo puedas salvar. Lo tengo en gran estima.
Le respondí que si de verdad deseaba mi ayuda, que fuera a su casa y me trajese una pipa con una pluma de águila. Durante su ausencia, reflexioné sobre lo que debía hacer. Y tuve miedo, porque pese a mi poder no había curado aún a nadie, y sentía piedad de Corta En Trozos. Recé intensamente en busca de ayuda. Cuando volvió con la pipa, le mandé que la dejara a mi izquierda y que se pusiera de nuevo a mi lado derecho. Una vez lo hizo, mandé llamar a Un Lado para que me ayudase. Cogí a continuación la pipa y fui a donde estaba el niño enfermo. Mi padre y mi madre nos acompañaron, y mi amigo Oso Erecto ya estaba allí.
Ofrecí en primer lugar la pipa a los Seis Poderes y la pasé, y todos fumamos. A continuación comencé a hacer retumbar el tambor. Cuando el poder del oeste llega a los bípedos lo hace retumbando, y una vez ha pasado, las cosas levantan la cabeza y se alegran y todo reverdece. Así que lo hice retumbar. Además, la voz del tambor es una ofrenda al Espíritu del Mundo. Su sonido estimula la mente y hace que los hombres intuyan el misterio y el poder de las cosas.
El niño estaba en el lado nordeste del tipi, y cuando entramos por el sur, rodeamos de izquierda a derecha, y nos detuvimos en el oeste tras haber descrito una circunferencia.
Querrás saber por qué procedemos siempre de esta manera, de izquierda a derecha. Puedo explicártelo en parte, pero no del todo. Piensa en esto: ¿no es el sur la fuente de la vida y no procede de él la vara floreciente? ¿Y no avanza el hombre desde allí hacia el sol poniente de su vida? ¿No se acerca después al frío norte de los cabellos blancos? ¿Y no llega entonces, si vive, a la fuente de la luz y el entendimiento, que es el este? ¿No regresa después al sitio en el que empezó, a su segunda niñez, para ofrecer en ella su vida a todo lo que vive, y su carne a la tierra de la que surgió? Cuanto más pienses en ello, más sentido le encontrarás.
Entramos, como digo, en el tipi de izquierda a derecha, y nos sentamos en el lado occidental. El niño enfermo estaba en el nordeste. No tenía más que piel y huesos. Yo llevaba la pipa, el bastón y la hierba de cuatro rayos, y pedí una copa de madera llena de agua, y un silbato de hueso de águila, por el águila moteada de mi gran visión. Colocaron la copa de agua delante de mí. Me quedé un rato pensando, puesto que era la primera vez que hacía aquello y las dudas me asaltaban.
Mi entendimiento había aumentado, así que entregué el silbato de hueso de águila a Un Lado y le indiqué cómo debía usarlo para ayudarme. Cargué la pipa con corteza de sauce rojo, se la di a la hermosa hija de Corta En Trozos y le dije que la sostuviese, de la misma forma que lo había hecho la virgen del este en mi gran visión.
Todo estaba a punto. Hice sonar el tambor, manteniendo el ritmo al tiempo que lanzaba una voz. Grité cuatro veces, haciendo un redoble mientras llamaba al Espíritu del Mundo, y mientras lo hacía notaba el poder subiéndome por las piernas, y supe que sería capaz de ayudar al niño enfermo.
Seguí dando voces y arrancando un ruido sordo al tambor. Y dije:
—Antepasado mío, Gran Espíritu, eres único y nadie aparte de ti puede enviar las voces. Dicen que todo lo hiciste, y que todo lo hiciste hermoso y bueno. Creaste las cuatro regiones y los dos caminos que se cruzan. Y estableciste el poder en el lugar en que el sol desaparece. Los bípedos de la tierra están desesperados. [^307] Por ellos te suplico, Antepasado mío. Me dijiste que el débil andará. Me llevaste en la visión al centro del mundo y allí me enseñaste el poder de renovar las cosas. Por el poder de la copa de agua que me entregaste vivirá el moribundo. La hierba que me mostraste hará con su poder que el débil camine erguido. Por el sitio al que siempre se mira (el sur) aparecerá una virgen, miradla, por el buen camino rojo, ofreciendo la pipa mientras avanza, suyo es también el poder del árbol floreciente. Del lugar en el que vive el Gigante (el norte) me has concedido un viento sagrado, purificador, y por donde pase ese viento el débil se fortalecerá. Así me lo dijiste. A ti y a todos tus poderes y a la Madre Tierra acudo en busca de auxilio.
Piensa que nunca antes había hecho aquello. Ahora sé que con un solo poder habría bastado. Pero tantas ganas tenía de ayudar al niño enfermo que recurrí a todos los poderes que existen.
Mientras rezaba estaba mirando, naturalmente, hacia el oeste. Anduve entonces al norte y al este y al sur, y me detuve donde reside la fuente de toda vida y donde empieza el buen camino rojo. Y quieto en él, canté:
De forma sagrada los hice andar.
Una nación sagrada está agazapada.
De forma sagrada los hice andar.
Un bípedo sagrado está agazapado.
De forma sagrada andará. [^308]
Mientras cantaba, sentí algo extraño que me recorría todo el cuerpo, algo que me incitaba a llorar por todas las cosas desventuradas, y había lágrimas en mi rostro.
Luego fui a la región del oeste, y en ella encendí la pipa, la ofrecí a los poderes, y, después de haber fumado una bocanada, la pasé a los demás.
Mientras le observaba de nuevo, el niño enfermo me sonrió y sentí que el poder cobraba más y más fuerza.
Bebí un sorbo del agua de la copa y me acerqué al enfermo. Frente a él, golpeé la tierra con las plantas de los pies cuatro veces. Luego, pegando la boca a su estómago, envié a través de él el viento purificador del norte. Masqué después un poco de hierba y la eché en el agua, y a continuación arrojé de un soplo parte de ella sobre el niño y las cuatro regiones. Le entregué la copa con el agua que quedaba a la virgen, quien se la dio a beber al enfermo, y le dije que le ayudase a levantarse y a andar en círculo, empezando en el sur, fuente de vida. Se encontraba muy flojo y débil, pero lo logró con el auxilio de la muchacha.
Entonces me fui.
Al día siguiente, Corta En Trozos me visitó para decirme que el niño se encontraba mejor, que había sido capaz de sentarse y de comer algo. No tardaría más de cuatro días en poder andar. Se recuperó y vivió hasta la madurez.
Corta En Trozos me regaló un buen caballo como agradecimiento; yo, naturalmente, lo habría hecho sin esperar nada a cambio.
Cuando la gente se enteró de la curación del pequeño, muchos vinieron en busca de ayuda y tuve mucho trabajo.
Aquello sucedió en el verano en que yo tenía diecinueve años (1882), durante la Luna de Engordar.