16. La ceremonia _«heyok»a_
Veinte días pasaron y llegó el momento de recrear la visión del perro con los heyokas. Pero antes de explicar cómo la llevamos a cabo, contaré algo sobre los heyokas y la ceremonia heyoka, en apariencia muy insensata, aun cuando no lo sea. [^295]
Solo aquellos que han visto a los seres del trueno del oeste pueden actuar como heyokas. Tienen poderes sagrados y los comparten con el pueblo mediante actos singulares. Las visiones de los seres del trueno del oeste son tan aterradoras como una tormenta, pero una vez han pasado, todo se vuelve más fértil y alegre, porque cada vez que la verdad visionaria llega al mundo, lo hace de una forma parecida a la lluvia. El mundo, como os digo, es más feliz después del terror de la tormenta.
Pero en la ceremonia heyoka todo ocurre al revés, todo se dispone para que la gente se sienta alegre y feliz al principio, y para que de esa forma puedan recibir más fácilmente el poder. Habrás notado que la verdad tiene en este mundo dos caras. [^296] Una se entristece y sufre, y la otra ríe, pero ya sea una u otra, las dos conforman un mismo rostro. Cuando la gente se desespera, quizá la faz risueña sea la que más les convenga; y cuando se confían o se sienten demasiado seguros, quizá sea preferible la faz llorosa. Y creo que la ceremonia heyoka funciona de la misma manera.
Un hombre llamado Wachpanne (Pobre) [^297] se encargó de la ceremonia en mi lugar, porque había participado en muchas y las conocía a la perfección. En un principio, ordenó que todo el pueblo se reuniese en círculo en el llano próximo a Pine Ridge, y en el centro, cerca del tipi sagrado allí erigido, colocó un caldero cuya agua hizo hervir arrojando piedras calientes sacadas de una hoguera. [^298] Primero de todo, debía hacer una ofrenda de hierba dulce al oeste. Se sentó junto a la hoguera, con un puñado de hierba dulce en las manos y dijo:
—Por el día del Gran Espíritu, para que crezca anciano y sabio, voy a hacer esta ofrenda. [^299] Soltó unas briznas de hierba en el fuego y cantó, mientras el humo aromático ascendía:
Al fuego lo arrojo como ofrenda.
¡Mirad!
Voy a hacer una alabanza sagrada.
Voy a hacer una alabanza sagrada.
¡Mírala amablemente, nación mía!
El día del sol [^300] ha sido mi fuerza.
La senda de la luna será mi túnica.
Voy a hacer una alabanza sagrada. Voy a hacer una alabanza sagrada.
Entonces había que matar el perro rápidamente, sin dejar herida, igual que mata el rayo, porque los heyokas ostentan el poder del rayo.
Sobre el humo de la hierba dulce se colocó una correa de cuero crudo para consagrarla. Dos heyokas hicieron un lazo corredizo en la correa y lo pusieron en torno al cuello del perro. Tiraron tres veces de él suavemente, cada uno desde un extremo, y a la cuarta lo hicieron con repentina fuerza, rompiendo el cuello del animal. Wachpanne quemó el perro, lo lavó bien y a continuación lo desmembró hasta que no quedó más que la cabeza, la espina dorsal y la cola. Alejándose seis pasos del caldero, uno por cada Poder, se volvió hacia el oeste ofreciendo la cabeza y la espina dorsal a los seres del trueno; después al norte, al este y al sur, y luego al Espíritu de lo Alto y a la Madre Tierra.
Hecho esto, sin moverse del sitio, a seis pasos de distancia, miró hacia el caldero.
—De manera sagrada, así hiervo a este perro.
Lo volteó tres veces, y a la cuarta lo lanzó de forma que cayó de cabeza en el agua hirviendo. A continuación cogió el corazón y repitió lo mismo que había hecho con la cabeza y la espina dorsal.
Mientras tanto, treinta heyokas, uno por cada día de la luna, [^301] gastaban bromas entre la gente para que estuvieran contentos. Iban vestidos y pintados de forma tan graciosa que quien los veía se echaba a reír. Un Lado [^302] y yo íbamos juntos. Llevábamos todo el cuerpo pintado de rojo, con líneas que parecían rayos negros. Nos habíamos afeitado la parte derecha de la cabeza y dejado la izquierda tal y como estaba. Resultaba gracioso, pero tenía un significado, porque cuando mirábamos hacia el lugar hacia donde uno siempre se encara (el sur), las partes rasuradas de nuestras cabezas se situaban hacia el oeste, y aquello era una muestra de humildad ante los seres del trueno que nos habían otorgado poder. Cada uno de nosotros llevábamos un arco larguísimo, tan largo que nadie podía utilizarlo, y además retorcido, lo mismo que las flechas, hasta tal punto que parecía una locura tratar de usarlos. Montábamos alazanes con rayos negros pintados, porque queríamos representar a los dos hombres de mi visión del perro. Wachpanne entró en el tipi sagrado y allí cantó lo siguiente sobre los heyokas :
Estos son sagrados, estos son sagrados, lo han dicho, lo han dicho, estos son sagrados, lo han dicho.
Repitió el cántico doce veces, una por cada luna. [^303]
Después, sin que el agua del caldero dejara de hervir, Un Lado y yo, sentados en nuestros alazanes pintados, nos posicionamos en dirección al oeste y cantamos:
De manera sagrada han enviado las voces.
La mitad del universo ha enviado las voces.
De manera sagrada te han enviado las voces.
Incluso durante nuestro cántico, los heyokas seguían haciendo tonterías y provocando risas entre los presentes. Por ejemplo, dos de ellos, pintados de forma extraña y provistos de arcos y flechas largas y retorcidas, se acercaron a un charco y simularon que era un río ancho y profundo que debían cruzar. Gesticulando, sin decir nada, hacían como si midieran su profundidad. Arrojaron sus flechas largas y retorcidas al charco, no en sentido vertical, sino horizontal, de forma que las mojaron por entero. Luego apoyaron las flechas en el suelo y se colocaron al lado dando a entender que el charco era más profundo que ellos y que tendrían que nadar. Uno se tiró de cabeza al charco, hundió la cara en el barro y braceó con desesperación, como si se estuviera ahogando. El otro se lanzó tras él para salvarle, y los dos continuaron haciendo gracias en el agua con el fin de hacer reír a los presentes.
Tras cantar en dirección al oeste, Un Lado y yo nos dirigimos hacia el caldero en el que habían hervido el corazón y la cabeza del perro. Montados a caballo, disparamos con flechas afiladas contra el recipiente. Yo debía atrapar la cabeza con mi arma y Un Lado el corazón, porque representábamos a los dos hombres que yo había visto en mi visión. Una vez lo hubimos conseguido, todos los heyokas nos persiguieron para intentar obtener un trozo de carne sagrada, [^304] y lo mismo hizo el pueblo, abalanzándose sobre el caldero. Cualquier porción, por pequeña que fuese, les haría bien, porque el poder del oeste residía entonces en ella. Era como darles una medicina capaz de hacerlos más felices y más fuertes.
Terminada la ceremonia, todo el mundo se sentía mucho mejor, pues había sido un día de puras diversiones. Ahora podían apreciar lo verde que era el universo, la inmensidad del día sagrado, los colores de la tierra, y fijar el pensamiento en todo aquello.
Los Seis Antepasados pusieron muchas cosas en este mundo, y todas ellas debieran ser dichosas. Cada cosa, por pequeña que sea, tiene un fin, y en ella debe residir la felicidad y la facultad de hacer feliz. Así como las hierbas se enseñan mutuamente sus dulces rostros, así debiéramos hacer nosotros, porque tal es la voluntad de los Antepasados del Mundo. [^305]