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15. La visión del perro

Estuvimos en las inmediaciones de la desembocadura del Tongue hasta finales de la Luna de Engordar (junio). El jefe de los soldados [^275] nos comunicó que no podíamos quedarnos en aquella tierra, porque la habíamos vendido y ya no nos pertenecía. [^276] Aquello no era verdad, pero los soldados nos requisaron los caballos [^277] y las armas de fuego que nos quedaban, y nos transportaron en una barca de fuego por el Yellowstone y el Misuri hasta el fuerte Yates. [^278] Allí nos desembarcaron en una de las nuevas reservas que habían preparado para los lakotas. Gran parte de la gente de Toro Sentado y Agalla estaba ya en ella, pero los dos jefes seguían en la Tierra de la Gran Madre. Los soldados le habían arrebatado los caballos a nuestro pueblo, y nos habían dicho que el Gran Padre de Washington nos los pagaría; pero si lo hizo, jamás tuve noticia de ello.

Supe que los míos, los oglalas, habían sido trasladados al país en el que estamos actualmente, y decidí que debía ir hasta allí y cumplir mi deber. Así pues, en la Luna en que las Ciruelas son Escarlatas (septiembre), [^279] partí con otras tres personas. Tuvimos que ir a pie y las únicas armas de que disponíamos eran arcos y flechas.

Durante mi estancia en la Tierra de la Gran Madre, los brules habían sido trasladados al lugar en el que ahora estaban, junto al Rosebud. Pusimos rumbo hacía allí, y acampamos siete veces por el camino.

Una tarde cruzamos el río Smoky Earth (el White), y acampamos en su ribera meridional, junto a unos ciruelos cuyos frutos estaban maduros. No teníamos nada más para comer. Había cerca de allí una loma. Subí por ella y me senté a contemplar el sol que se ponía. Era una tarde diáfana, sin viento, y parecía que todas las cosas escuchasen intensamente para percibir algo. Mientras miraba el horizonte, sentí que alguien deseaba hablarme. Así que me levanté e interpreté el primer canto de mi visión, el mismo que los dos espíritus me habían hecho oír:

Presta atención, ¡una voz sagrada te llama!

Por todo el firmamento una voz sagrada te está llamando.

Durante mi cántico, los dos hombres de mi visión surgieron de pronto del ocaso, con las cabezas hacia abajo como flechas que caen. Me apuntaban con sus arcos. Se detuvieron y alzaron sus armas por encima de la cabeza, mientras me observaban. Guardaron silencio, pero intuí lo que deseaban: que cumpliese mi deber con los oglalas e hiciese valer el poder que me había concedido la visión. Continué durante un rato cantando en su honor, hasta que se dieron la vuelta y se perdieron en la puesta de sol, de cabeza, como flechas bien disparadas.

Al regresar a nuestro pequeño campamento junto a los ciruelos, los otros, conocedores de mi poder, y que, además, me habían oído cantar en la loma, me preguntaron qué había visto. Les contesté que simplemente había estado cantando a algunos seres del más allá. [^280]

Me quedé muy poco tiempo con los brules del Rosebud antes de seguir yo solo hacia el White Clay Creek, donde los wasichus habían construido la reserva de Pine Ridge para los oglalas. Nuestro pueblo la llamaba la Sede de Nube Roja o Lugar En Que Todo Se Discute. [^281] Me quedé con ellos, y aquel invierno, durante la Luna de los Árboles Crujientes, cumplí dieciocho años. [^282]

Fue un invierno muy duro, como una larga noche en vela esperando y esperando a que amaneciese. Por entonces los seres del trueno eran como de la familia; habían desaparecido con la aparición de la escarcha y no volverían hasta que los brotes de hierba volviesen a asomar. Sin ellos me sentía como perdido y solo entre mi propia gente. Muy pocos habían presenciado la danza del caballo o sabían de mi visión y del poder que me habían conferido. Me parecían pesados, pesados y oscuros; pero eran incapaces de saber que lo eran. Los notaba sobre mí, como una enorme carga; pero al recordar de nuevo todo lo que aconteció durante mi visión, la carga despertaba en mí un sentimiento de amor y de piedad por mi gente.

Y ahora, cuando veo a mi pueblo, desesperado, me entran ganas de llorar, y me pregunto y no dejo de preguntarme por qué mi visión no habrá recaído en un hombre más digno de ella, por qué me correspondió a mí, un viejo lastimoso e incapaz. He curado a hombres y mujeres y niños con el poder que se me otorgó, pero no he podido socorrer a mi nación. Si muere un hombre o una mujer o un niño, no importa mucho, porque la nación perdura. Era la nación la que estaba muriendo, y la visión tenía que ver con ella; pero no he conseguido hacer nada al respecto. [^283]

Cuando era joven, notaba la vibración del poder en mí, y me sentía capaz de cualquier cosa con la ayuda del otro mundo.

Mis primeros pasos para cumplir mi deber ante los Antepasados habían sido los correctos, pero aún me quedaba mucho por hacer; y así el invierno fue como una noche interminable en espera de la aurora.

Cuando la hierba asomó de nuevo su tierna faz, me sentí feliz porque pude oír la llegada de los seres del trueno a la tierra, los oía decir: «Ha llegado el momento de cumplir el trabajo de tus Antepasados».

Tras la larga espera invernal, mi primera obligación era salir a lamentarme. Así que, una vez hubo caído el primer aguacero, empecé los preparativos.

Para lamentarse [^284] es necesario elegir un brujo sabio y anciano, sereno y generoso, que sirva de ayuda. Debe cargar la pipa y ofrecérsela a los Seis Poderes y a los cuadrúpedos y a las alas del aire, y debe acompañarnos para vigilar. Había uno bueno y prudente, llamado Pocas Colas, dispuesto a ayudarme. Me dijo que primero debía ayunar durante cuatro días, que solo podía tomar agua. Después, una vez él hubiese hecho la ofrenda de la pipa, yo debía purificarme en una cabaña sudatoria que preparamos con ramas de sauce clavadas en la tierra y dobladas de manera que la techumbre fuese redonda. Sobre ella atamos una piel de bisonte. En el centro colocamos unas piedras calientes, y, estando yo en ella, Pocas Colas vertió agua sobre las piedras. Canté a los espíritus mientras me purificaba. A continuación el anciano me frotó con salvia sagrada. Luego me trenzó el cabello. [^285] Estaba desnudo, lo único que tenía para cubrirme era una piel de bisonte, y me lamentaba en la noche, hacía frío a pesar del calor diurno. Tan solo llevaba la pipa sagrada.

Durante la lamentación es preciso alejarse a gran distancia, así que Pocas Colas y yo fuimos desde Pine Ridge hasta el sitio en que nos encontramos ahora. [^286]

Llegamos a una alta colina cercana al Grass Creek, que está un poco más al oeste. No había nadie aparte del viejo y yo y el firmamento y la tierra. Pero el lugar estaba abarrotado, pues los espíritus lo llenaban.

El sol estaba a punto de ponerse cuando llegamos al alto, y el anciano me ayudó a preparar el sitio donde iba a quedarme. Subimos a la cima y santificamos el terreno esparciendo salvia. Pocas Colas puso una vara floreciente en su centro, y en el oeste, norte, este y sur colocó ofrendas de corteza de sauce rojo atadas en pequeños manojos con tela de color escarlata.

Me informó a continuación de lo que debía hacer para que los espíritus me oyesen y aclarasen cuál sería mi siguiente tarea. Tenía que permanecer en el centro, llorando e implorando que se me concediera entendimiento; luego me trasladaría a la parte más al oeste y me lamentaría un rato en ella. A continuación, tras regresar al centro, me acercaría al extremo más al norte para gemir y orar, y así sucesivamente hasta haber completado el círculo. Ello me ocuparía la noche entera.

Había llegado el momento de que empezase a lamentarme. Pocas Colas se alejó, dejándome a solas en la cima con los espíritus y la luz que iba menguando.

En el centro del lugar sagrado, vuelto hacia el ocaso, me eché a llorar, y mientras lo hacía, tenía que decir:

—¡Oh Gran Espíritu! ¡Acepta mis ofrendas! ¡Hazme entender!

Mientras lloraba y repetía estas palabras, un águila moteada apareció desde el oeste, lanzó un chillido agudo y se posó en un pino al este de donde yo estaba.

Anduve de espaldas hasta el centro, y desde allí avancé en dirección norte, llorando e implorando:

—¡Oh Gran Espíritu, acepta mis ofrendas y hazme entender!

Un polluelo de halcón vino planeando y se detuvo sobre un matorral situado más al sur.

Anduve nuevamente de espaldas hasta el centro, y desde allí avancé hacia el este, llorando y suplicando al Gran Espíritu que me concediera entendimiento, y apareció una golondrina negra, que sobrevolaba a mi alrededor, cantando, y se detuvo en un matojo próximo.

Andando de espaldas hasta el centro, me situé mirando hacia el sur. Hasta entonces me había esforzado por llorar, pero ahora lo hacía de verdad y las lágrimas me corrían por las mejillas, porque, mientras miraba al sitio de donde llega la vida de las cosas, el aro de la nación y la vara floreciente, pensaba en los días en que mis parientes, entonces muertos, vivían y eran jóvenes, y en Caballo Loco, que era nuestra fuerza y que jamás regresaría para socorrernos. [^287]

Lloré intensamente, y me dije que mejor sería que el llanto acabase con mi vida, porque así podría estar en el mundo exterior, allí donde nunca reina la desesperación. [^288]

Y mientras lloraba, algo apareció en el sur. Parecía una polvareda lejana, pero al acercarse descubrí que se trataba de una nube de bellas mariposas de todos los colores. Se arremolinaron en torno a mí en tal cantidad que no me dejaban ver nada.

Anduve de espaldas una vez más hasta donde estaba la vara floreciente, y el águila moteada del pino habló.

—¡Contémplalos! —dijo—. Son tu pueblo. Las dificultades los abruman y tienes que auxiliarlos.

Pude oír entonces al enjambre de mariposas que me rodeaba. Todas emitían un ruido lastimero, gimoteando, como si llorasen también.

Remontaron el vuelo y regresaron rumbo al sur.

El polluelo de halcón habló en el matorral.

—¡Mira! —dijo—. Tus Antepasados van a venir y tú los oirás.

Al oírlo, levanté los ojos. Una fuerte tormenta se aproximaba desde el oeste. Era la nación de los seres del trueno, y yo percibía el relincho de los caballos y el griterío.

Todo estaba oscuro y el oeste rugiente era surcado a gran velocidad por llamaradas terroríficas.

Y mientras contemplaba todo aquello, una visión desgajó la tiniebla ruidosa y ardiente. Vi a dos hombres, los mismos que habían iniciado mi gran visión. Llegaron con la cabeza hacia adelante como flechas que se precipitan al suelo tras un largo vuelo. Y cuando se aproximaron a la tierra, levantaron polvo y del polvo brotaron cabezas de perro que vigilaban. [^289] De pronto me percaté de que la polvareda era el enjambre de mariposas de miles de colores que revoloteaban ahora alrededor de los perros.

Los dos hombres, montados en alazanes que surcaban negros relámpagos, arremetieron con arcos y flechas contra los perros, mientras los seres del trueno los jaleaban dando alaridos.

Entonces, de repente, las mariposas se convirtieron en golondrinas perseguidas por la tormenta, que volteaban y se abalanzaban en espesa nube detrás de los jinetes que cargaban.

El primero de estos se lanzó contra una cabeza de perro y volvió a elevarse llevándola colgada en la punta de su flecha ensangrentada, y todo el oeste se llenó de vítores. El segundo hizo lo mismo; y desde el oscuro occidente llegaron más ovaciones acompañadas de un resplandor. Entonces, cuando se elevaron al unísono, vi que las cabezas de perro se habían transformado en cabezas de wasichus; [^290] y mientras veía todo esto, la visión se extinguió y la tormenta se cerró sobre mí, espantosa, atronadora.

Grité con más fuerza, pues estaba aterrado. La noche se había cerrado a mi alrededor, negra, temible, surcada por el fuego y repleta de aullidos y del crepitar del granizo. Y mientras lloraba, les rogué a los Antepasados que se apiadasen de mí y me salvasen, y les dije que ya sabía lo que querían que hiciese en la tierra, y que lo haría si me era posible.

Enseguida dejé de tener miedo y pensé que si me mataban estaría mejor en el otro mundo. Así que me tumbé en el centro del lugar sagrado y ofrecí nuevamente la pipa. Luego me eché por encima la piel de bisonte y esperé. Las voces me rodeaban, gruñendo y bramando, y el granizo sonaba como si muchos gigantes [^291] golpeasen tambores y cantaran: «¡Ohé, eh!».

El granizo no cayó en el círculo sagrado en el que yo estaba, ni tampoco la lluvia. Y cuando la tormenta pasó, levanté la piel de bisonte y me quedé escuchando; y en la quietud escuché a mi alrededor el canto de los regueros de lluvia en las oscuras ramblas, y a lo lejos, hacia el este, las apagadas voces repetían: «¡Ohé, eh!».

La noche estaba ya avanzada, y no tardé en dormirme. Y en el sueño contemplé a mi pueblo sentado, melancólico y turbado, alrededor del tipi sagrado, y había muchos enfermos entre ellos. Lloré al mirarlos, y una extraña luz brotó del suelo, una luz multicolor, chispeante, cuyos rayos tocaron el cielo. Luego desapareció, y en el lugar en que había brotado, creció una hierba y conté sus hojas. Procuraba mirarla para no olvidarme de ella, cuando me despertó una voz.

—¡Apresúrate! —dijo—. ¡Tu pueblo te necesita!

Vi que por el este empezaba a clarear. Me levanté y, mirando hacia la luz incipiente, volví a hacer lamentación y a orar. El lucero del alba ascendió despacio, hermosísimo y apacible; lo rodeaban nubes de cara de niño que me sonreían, las caras de los que no habían nacido aún. Alrededor tenían hermosas estrellas con bellos y diferentes colores, [^292] y por debajo se movían cabezas de hombres y mujeres, y los pájaros cantaban en la distancia y había caballos que relinchaban y resoplaban de felicidad, y también había ciervos que silbaban y bisontes que mugían. A los que no podía ver, los oía.

Me parece que volví a dormirme, pues una voz me sobresaltó de repente.

—Levántate, que vengo a buscarte —dijo.

Levanté la vista esperando que fuese un espíritu, pero era el buen anciano Pocas Colas, que estaba junto a mí. Y el sol ya estaba brillando.

Regresamos con la pipa sagrada a la aldea y entré en la cabaña sudatoria después de haberla ofrecido a los Seis Poderes. Una vez purificado, algunos viejos, buenos y sabios, me pidieron que les contase lo que había visto y oído. [^293] Tras ofrecer y fumar de nuevo la pipa sagrada, se lo conté todo, y me indicaron que yo debía cumplir la visión del perro en la tierra para ayudar a la gente; y como el pueblo estaba triste y desanimado, debía hacer todo aquello con heyokas, [^294] que son los locos sagrados que lo hacen todo al revés para que los demás se rían. Me aseguraron que, si bien lo ignoraba, yo sería un gran hombre, porque pocos individuos reciben el don de tales visiones. Esperaría veinte días, dijeron, y después cumpliría mi deber. Y esperé.