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14. La danza del caballo

Había un hombre llamado Oso Canta, y era muy viejo y sabio. Por ello, Camino Negro le pidió ayuda y él accedió.

Primeramente, enviaron un pregonero por la mañana, que le pidió a la gente que acampara en círculo en determinado lugar, curso arriba del Tongue, algo apartados de los soldados. El pueblo así lo hizo, y en el centro del anillo Oso Canta y Camino Negro erigieron un tipi sagrado de piel de bisonte, en el que pintaron imágenes de mi visión: en el lado del oeste, un arco y una copa de agua; en el del norte, gansos blancos y la hierba; en el del este, el lucero del alba y la pipa; en el del sur, el bastón floreciente y el aro de la nación. Representaron también caballos, alces y bisontes. Luego, sobre la puerta del tipi sagrado trazaron el arco iris de llamas. Les costó todo un día decorarlo así, y era muy hermoso.

Me dijeron que no comiera nada hasta que la danza del caballo hubiera terminado, y tuve que purificarme en un recinto sudatorio alfombrado de salvia, y después hube de secarme con la misma planta. [^263]

Aquella noche Camino Negro y Oso Canta me dijeron que fuese al tipi pintado. Estuvimos los tres en él y nadie se atrevió a acercarse para escuchar lo que decíamos. Me preguntaron si había oído algún tipo de canto en mi visión; si los había oído, debía enseñárselos. Así que interpreté todas las canciones que había oído entonces, y pasamos casi toda la noche dedicados a ello, hasta que las aprendieron. Mientras cantábamos, percibíamos un trueno sordo en el exterior, sobre la aldea, y supimos que los seres del trueno estaban contentos y que habían acudido en nuestra ayuda.

Mi padre y mi madre colaboraron asimismo cazando cuanto necesitábamos para la danza. A la mañana siguiente lo tenían todo preparado. Había cuatro caballos negros en representación del oeste; cuatro caballos blancos, símbolos del norte; cuatro alazanes que denotaban el este; y cuatro rucios, emblema del sur. Habían sido elegidos para ellos jinetes en edad juvenil. Había asimismo un bayo destinado a mí, como en la visión. Cuatro de las doncellas más hermosas de la aldea estaban dispuestas para intervenir en la ceremonia, y seis ancianos personificarían a los Antepasados.

Llegó el momento de pintarse y acicalarse para la danza. Las cuatro doncellas y los dieciséis caballos fueron colocados mirando hacia el tipi sagrado. Camino Negro y Oso Canta interpretaron un himno, y los demás los acompañaron, de la manera siguiente:

Padre, pinta la tierra en mí.

Padre, pinta la tierra en mí.

Padre, pinta la tierra en mí.

Una nación yo haré de nuevo. Una nación bípeda santificaré. [^264] Padre, pinta la tierra en mí.

Después del himno, se llevó a cabo la pintura.

Los jinetes de los cuatro caballos negros se pintaron de negro con fajas azules en zigzag en los brazos y las piernas, como relámpagos, y manchas blancas de granizo en en las caderas. Y manchas azules de relámpago en las patas de los corceles.

Los jinetes de los caballos blancos se pintaron de blanco con fajas rojas de rayo en los brazos y piernas, y en las patas de los corceles líneas rojas de rayo. Y todos los jinetes blancos llevaban penachos de crin blanca para asemejarse a gansos.

Los jinetes de los alazanes del este se pintaron de rojo con líneas negras y rectas de rayo en las extremidades y a través del pecho; y las líneas se repetían en las patas y el pecho de los caballos.

Los jinetes de los rucios del sur se pintaron de amarillo y rayas negras de relámpago. Los corceles eran negros desde las rodillas hasta el casco, y fajas relampagueantes del mismo color cubrían la región alta de sus patas y su pecho.

Mi bayo mostraba líneas rojas de rayo en las patas, y en su lomo, donde yo me sentaba, había un águila moteada con las alas desplegadas. Yo iba pintado de rojo, con trazos relampagueantes de color negro en brazos y piernas. [^265] Llevaba una máscara negra, y me cruzaba la frente una sola pluma de águila.

Cuando acabaron de pintar a los caballos y a los hombres, resultaban hermosos. Y a la vez terribles.

Los hombres, salvo por un taparrabos, iban desnudos; las cuatro doncellas vestían ropas de ante teñido de escarlata, color que se repetía en sus rostros. Se habían trenzado el pelo, y les rodeaba la cabeza una guirnalda de salvia dulce y purificadora, la salvia sacra, y en la parte delantera de la guirnalda pendía una sola pluma de águila. Estaban preciosas. [^266]

Mientras tanto, yo estaba en el tipi sagrado con los Seis Antepasados y las cuatro vírgenes santas. Nadie debía verme hasta que se iniciara la danza.

En el centro exacto del tipi, los Antepasados trazaron un círculo en el suelo, con una pequeña zanja, y a través de esta pintaron dos caminos: el rojo iba de norte a sur, y el negro, de este a oeste. En el lado occidental pusieron una copa de agua con un pequeño arco, y una flecha que la cruzaba; y en el oriental, pintaron el lucero del alba. Entonces entregaron a la doncella que representaría el norte la hierba curativa y un ala de ganso blanco, el viento depurador; a la del este, la pipa sagrada; a la del sur, el bastón floreciente; y a la del oeste, el aro de la nación. Así las cuatro doncellas, buenas y hermosas, tenían en sus manos la vida de la nación.

Yo no portaba más que una vara encarnada, símbolo de la flecha sagrada, el poder de los seres del trueno del oeste.

Estábamos ya preparados para comenzar la danza. Los Seis Antepasados empezaron a cantar, anunciando a los jinetes de las distintas regiones. Primero se cantaron sobre los jinetes en corceles negros de esta manera:

Aparecerán: ¡ojalá los veáis!

Aparecerán: ¡ojalá los veáis!

Una nación equina aparecerá.

Una nación de seres del trueno aparecerá.

Aparecerán: ¡mirad! Aparecerán: ¡mirad!

Los jinetes negros montaron sus caballos y se alinearon enfrentándose hacia donde el sol se pone en el horizonte.

A continuación los Seis Antepasados cantaron:

Aparecerán: ¡ojalá los veáis!

Una nación equina aparecerá: ¡mirad!

Una nación de gansos aparecerá: ¡ojalá veáis!

Los cuatro jinetes blancos montaron y se alinearon mirando hacia donde vive el Gigante Blanco. A continuación los Seis Antepasados cantaron:

Donde el sol brilla continuamente, ¡aparecerán!

Como una nación de bisontes aparecerán: ¡mirad!

Como una nación equina aparecerán: ¡ojalá los veáis!

Los jinetes encarnados montaron y se alinearon de cara hacia el este. A continuación los Seis Antepasados cantaron:

Hacia donde siempre miráis una nación de alces aparecerá.

¡Ojalá lo veáis!

Una nación equina aparecerá. ¡Mirad!

Los cuatro jinetes amarillos montaron sus rucios y se alinearon enfrentándose hacia el sur.

Me llegó el turno de salir del tipi sagrado, pero antes canté lo que sigue al ritmo de los tambores de los Antepasados:

Aparecerá: ¡ojalá lo veáis!

Un águila para la nación de águilas aparecerá. ¡Ojalá veáis!

Mientras cantaba en el interior del tipi sagrado, oía mi caballo que resoplaba y piafaba en el exterior. Las vírgenes abandonaron en fila el recinto y yo las escolté, montado en mi corcel, y me detuve detrás de ellas encarándome hacia el oeste.

Salieron después los Seis Antepasados y se alinearon detrás de mi bayo, y rompieron a cantar, con son rápido, vivo, lo que sigue:

Están danzando.

Acuden a contemplarte.

La nación equina del oeste [^267] danza. ¡Acuden a contemplarte!

Cantaron lo mismo sobre los caballos del norte y del este y del sur. Y mientras lo hacían, cada grupo aludido giraba y se situaba detrás de ellos: negros, blancos, alazanes y rucios; alineados y encarados hacia occidente. Llegaron piafando al animado ritmo del canto de los Antepasados y levantando las patas delanteras iban formando una hilera. Y, mientras tanto, mi bayo también se encabritaba y pateaba al son de la canción sagrada.

Cuando estuvimos todos en formación, levanté los ojos a una nube oscura que aparecía, y toda la gente guardó silencio y los corceles se aquietaron. Y cuando el silencio era casi total, turbado solo por un trueno lejano, lancé una voz a los espíritus de la nube, extendiendo mi brazo derecho, así, con la palma hacia afuera. Grité cuatro veces:

—¡Ohé! ¡Ohé! ¡Ohé! ¡Ohé!

Entonces los Antepasados cantaron detrás de mí otro himno sagrado de mi visión, uno que reza así:

En el centro de la tierra, contempla un ser de cuatro patas. [^268] ¡Así me lo dijeron!

Y sucedió algo singular durante su canto. Mi bayo engalló las orejas, enarcó la cola, pateó la tierra y lanzó un relincho, largo y agudo, hacia donde el sol se pone. Y los cuatro caballos negros relincharon, larga y agudamente, y los blancos y los alazanes y los rucios hicieron lo mismo; y todos los corceles de la aldea relincharon, e incluso los que pastaban en el valle y en las laderas de las colinas levantaron la cabeza y relincharon al unísono. Entonces, de repente, sentado allí mirando a la nube, se me apareció de nuevo mi visión, más allá: el tipi hecho de nube y cosido con rayos, la puerta del arco iris de llamas, los Seis Antepasados sentados y todos los tropeles de caballos en sus regiones. Y también yo, sobre mi bayo, estaba ante el tipi. Miré a mi alrededor y vi que lo que hacíamos era como una sombra proyectada en la tierra por la lejana visión celestial, llena de esplendor y claridad. Supe que lo real era lo distante y lo que aquí había era solo su sueño mortecino.

Y mientras miraba, los Seis Antepasados que se hallaban, más allá, en la nube, y todos los que montaban a caballo, y hasta yo mismo sobre el bayo, todos alargaron los brazos con las palmas de las manos tendidas hacia mí, y cuando tal hicieron, tuve que rezar, y por ello grité:

¡Antepasados, vosotros me contempláis!

¡Vosotros contempláis, Espíritus del Mundo!

¡Lo que me dijisteis, ahora lo llevo a cabo!

¡Atendedme y ayudadme! [^269]

La visión se extinguió entonces, y la nube tormentosa avanzaba con relámpagos en su faz y muchas voces en su interior, y las golondrinas de cola hendida se precipitaron en bandadas sobre nosotros. [^270]

Los habitantes de la aldea corrieron a asegurar sus tipis, mientras los jinetes de los caballos negros cantaban al son de los tambores que resonaban como el trueno. He aquí lo que cantaron:

Yo desperté su temor.

Yo, que llevo una reliquia de águila. [^271] Yo desperté su temor.

Yo, el poder del relámpago yo llevo.

Yo desperté su temor.

Hice que temiesen.

El poder del granizo yo llevo.

Yo desperté su temor.

¡Hice que temiesen! ¡Miradme!

Y durante su canto la lluvia y el granizo caían a cierta distancia de nosotros, y lo veíamos, y aunque la nube se detuvo y relampagueó y tronó, solo chispeó ligeramente sobre nosotros. Los seres del trueno estaban contentos y habían llegado en multitudes para presenciar la danza.

Llegó el momento en que las cuatro vírgenes elevaron las sagradas reliquias de las que eran portadoras: la hierba y el ala blanca, la pipa sagrada, el bastón floreciente y el arco de la nación; y las ofrecieron a los espíritus del oeste. Entonces gente que estaba enferma o triste se acercó a las doncellas, entregándoles dones de color escarlata, [^272] y después de hacerlo, todos mejoraron y algunos sanaron, y rompieron a bailar de alegría.

Los Antepasados hicieron sonar sus tambores nuevamente y se dio inicio a la danza. Los cuatro jinetes negros, que habían estado detrás de los Antepasados, precedieron a las doncellas hacia el lado occidental de la aldea circular, y los demás los siguieron en el orden descrito, mientras los caballos caracoleaban y se encabritaban.

Cuando llegaron a la parte del oeste, los caballeros negros se dieron la vuelta y se colocaron detrás de los rucios, y la partida blanca se adelantó y dirigió la comitiva hasta la parte septentrional del poblado. Allí retrocedió y se situó a continuación de los negros, y los alazanes fueron delante hasta que estuvieron en la oriental. Entonces se colocaron detrás de los blancos, y los rucios guiaron la comitiva hasta el sur. En aquel punto se colocaron en la retaguardia, y los negros avanzaron en primer término hacia su región propia, la del oeste. En cada ocasión que el grupo de caballos alcanzaba su cuadrante, los Seis Antepasados ensalzaban los poderes del mismo, y mi bayo se colocaba mirando hacia esa dirección, con las orejas erectas y relinchando con fuerza, hasta que los restantes corceles lo imitaban. Al encararme hacia el norte, levanté otra vez mi voz y dije:

—¡Mírame, Antepasado! He entregado lo que me diste al pueblo: el poder de la hierba sanadora y del viento purificador. Así mi nación se ha renovado. ¡Escúchame y ayúdame!

Y cuando enfilamos hacia el este, después que los Antepasados hubieron cantado, alcé mi voz.

—¡Mírame, Antepasado! Mi pueblo anda con dificultad. Dale sabiduría y guíale. ¡Escúchame y ayúdame! Entre cada región, a medida que avanzábamos y danzábamos, todos cantábamos a una:

Una nación equina por todo el universo.

¡Relinchando, ya llegan!

¡Cabrioleando, ya llegan! ¡Ojalá los veáis!

Una vez estuvimos en el sur, y los Antepasados hubieron loado en cánticos el poder del crecimiento, mi bayo se encaró hacia el más allá y relinchó de nuevo, y todos los caballos le acompañaron como anteriormente. Y entonces recé con la mano levantada.

—Antepasado, la vara floreciente que me diste y el aro sagrado de la nación he entregado al pueblo. ¡Escúchame, tú que tienes la potencia de hacer crecer! Guía al pueblo para que sea como un brote en tu árbol santo, y haz que florezca arraigado en lo hondo de la Madre Tierra, y llénalo de hojas y de pájaros que canten.

Entonces, los negros volvieron a tomar el mando, y mientras marchábamos y cantábamos y danzábamos hacia la región del oeste, la tenebrosa nube de granizo, que se había detenido a cierta distancia para observarnos, se llenó de voces que gritaban: «¡Eh, eh! ¡Eh, eh!». Vitoreaban y se regocijaban de que mi obra se cumpliese. Y el pueblo entero se sentía dichoso y lo celebraba, contestando: «¡Eh, eh! ¡Eh, eh!»; y todos los caballos relinchaban, compartiendo la alegría de los espíritus y de la gente. Cuatro veces recorrimos danzando el círculo de la aldea, al tiempo que cantábamos: la vanguardia se cambiaba en cada región, los Seis Antepasados glosando el poder de cada una, y yo en todas alcé mi voz. Y en cada cuarto, mientras estábamos detenidos, alguien que estaba enfermo o abatido se aproximaba con ofrendas para las vírgenes, bolsitas de color escarlata llenas de chacun sha sha, corteza del sauce rojo. Y aceptada la ofrenda, quien la había hecho mejoraba y se ponía a bailar alegremente.

Y en la segunda vuelta, muchos de quienes tenían caballos se sumaron a la danza con ellos, dando vueltas sin descanso en torno de los Seis Antepasados y las vírgenes durante nuestra procesión. Cada vez más y más gente saltaba sobre sus caballos, y daban vueltas alrededor de nosotros, hasta que al fin hubo un torbellino de corceles haciendo cabriolas, y los que iban a pie bailaban igualmente detrás de nosotros, y todos unían sus voces a nuestra canción.

Llegados a la región del oeste por cuarta vez, nos detuvimos en nueva formación, de modo que mirábamos hacia el tipi sagrado que había en el centro de la aldea. Delante estaban las vírgenes, yo las seguía en el bayo, después iban los Seis Antepasados con ocho jinetes a cada lado: los alazanes y rucios a la derecha, y los negros y blancos a la izquierda. Y así formados, el Antepasado más viejo, que representaba el Espíritu del Cielo, gritó:

—Que todo el pueblo se prepare. Él dará cuatro gritos, y a la última tendréis que lanzaros a tocar el tipi sagrado, y quien lo haga el primero tendrá nuevo poder. [^273]

Todos los jinetes estaban prestos para abalanzarse, e incluso los caballos parecían entenderlo, pues se encabritaban e intentaban escaparse. Así que levanté la mano y grité: «¡Eh, eh!» cuatro veces, y a la cuarta todos los jinetes chillaron: «¡Hoka hey!», y cargaron contra el tipi. Mi corcel galopó con los demás, pero muchos se me anticiparon y tocaron el tipi antes que yo.

Entonces frotaron a los caballos con salvia sagrada y fueron retirados, y nos dirigimos al tipi para ver qué había sucedido en él durante nuestra danza. Los Antepasados habían rociado el suelo del aro de la nación que habían trazado con el camino rojo y el negro a través de él, y alrededor del pequeño círculo del aro de la nación vimos las improntas de diminutos cascos equinos, como si los espíritus de los caballos hubieran bailado mientras nosotros lo hacíamos. [^274]

Camino Negro, que me había ayudado en la ejecución de la danza, tomó la pipa de la virgen del este. La llenó de chacun sha sha, la corteza del sauce rojo, la encendió y la ofreció a los Poderes del Mundo mientras decía:

—Antepasados: tú, el que está donde el sol se pone; tú, el del viento sagrado procedente de donde vive el Gigante Blanco; tú, donde el día aparece y el lucero del alba; y tú, en quien vive el poder de crecer... Vosotros los del cielo y vosotros los de la tierra, alas del aire y cuadrúpedos del orbe, ¡mirad! Yo mismo, con mi nación equina, he hecho lo que debía hacer en la tierra. ¡A todos vosotros ofrezco esta pipa para que mi pueblo viva!

Entonces fumó y entregó la pipa. La pipa fue pasando por toda la aldea, hasta que cada uno hubo aspirado al menos una bocanada.

Después de la danza del caballo, fue como si yo estuviera sobre el suelo y no lo tocase al andar. Me sentía lleno de dicha, pues veía que mi gente era más feliz. Muchos vinieron a mí y dijeron que ellos o sus parientes enfermos habían recobrado la salud, y me hicieron muchos dones. Incluso los caballos parecían más sanos y dichosos tras la danza.

Había desaparecido el miedo que me había dominado durante tanto tiempo, y cuando las nubes tormentosas aparecían me alegraba de verlas, porque era como si los parientes vinieran a visitarme. Todo se me antojaba bueno, hermoso y amable.

Antes de que nada de esto ocurriera, los chamanes apenas me hablaban, pero ahora se me acercaban porque les interesaba charlar conmigo de mi visión.

Desde entonces en adelante madrugué para ver cómo despuntaba el lucero del alba. La gente sabía que lo hacía, y muchos se levantaban para acompañarme, y cuando salía, exclamábamos: —¡He aquí la estrella del entendimiento!