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13. El miedo apremiante

Cuando la hierba asomó de nuevo su tierna faz, dos familias iniciamos el regreso a la tierra en la que solíamos ser felices. No teníamos más que cinco caballos entre las dos, pues los otros habían muerto por el frío, y viajábamos a pie. Llovía mucho. Llegamos al All-Gone-Tree Creek un atardecer y acampamos. Se me ocurrió trasladar los caballos a un sitio donde el pasto estaba crecido. Solo había andado unos cuantos pasos, cuando, de pronto, me acometió una vez más la extraña sensación y oí decir a una voz: «¡Ten cuidado! ¡Alerta! ¡Vas a ver algo!». Sonó con tanta claridad que me volví a mirar quién había hablado, y no había nadie. Trabé, pues, los caballos a corta distancia del campamento y me senté a reflexionar. Algo apartado del campamento, había un risco solitario, muy elevado, coronado por dos puntas. Ascendí y me encaramé a una de las cimas, en la que había esparcidas varias rocas grandes. Me tumbé entre estas y miré alrededor; pero no advertí nada y pensé que tal vez no estaba bien de la cabeza y que imaginaba lo de las voces.

Miré a continuación hacia la otra punta: dos hombres reptaban hacia el extremo más alto. Pensé que eran enemigos y los identifiqué enseguida como crows; más tarde supe, no obstante, que se trataba de pies negros. [^258] Me pegué a la tierra cuanto pude e intenté no perderlos de vista. Estaban tan próximos a mí que me hubiera sido posible apedrearlos. Si hubiera tenido un fusil, los habría podido matar. Se pararon cerca de la cumbre, y uno se arrastró un poco más y avistó donde estaban nuestros tipis, plantados en el valle, en el que las mujeres se esforzaban en encender el fuego con la leña mojada. El primero llamó con un ademán al segundo, y los dos se quedaron mirando. Los oía hablar y parecía que discutían la manera de atacarnos. Al cabo de un rato reptaron hacia atrás, antes de levantarse, correr ladera abajo y desaparecer. Entonces yo me arrastré hasta la pendiente opuesta y descendí. En cuanto estuve al pie de ella, me senté, pensé en mi visión y recé a los espíritus.

—Antepasados, quizá me suceda algo —dije—. Pero confiaré en el poder que me habéis concedido. ¡Atended a mi súplica y auxiliadme!

Me lancé corriendo hacia los tipis y le dije a la gente que debíamos huir, ya que había descubierto enemigos que planeaban atacarnos.

Éramos tan pocos que no nos atrevimos a perder el tiempo en desmontar los tipis. Nos pusimos en marcha inmediatamente y avanzamos a paso vivo. Había que cruzar el All-Gone-Tree Creek, que venía muy crecido casi rugiendo a causa de las lluvias. Así que dos de los muchachos lo atravesamos a nado con lazos de cuero y las ancianas se los pasaron por los sobacos y tiramos de ellas a través del agua honda. Casi se ahogaron antes de que pudiéramos sacarlas, tanta era la rapidez de la corriente. Nuestros caballos vadearon y reanudamos el camino con premura, con los viejos montados a caballo.

Mientras huíamos hacia el este, una nube tempestuosa llegó del oeste, detrás de nosotros, y supe que aparecía con el fin de protegernos. Podía oír a los seres del trueno que me iban gritando: «¡Eh, eh!». El nubarrón se detuvo sobre nosotros, y no descargó mucha lluvia, pero relampagueaba sin cesar y parecía hablar.

No habíamos avanzado demasiado, y ya oscurecía, en el momento en que sonaron disparos a nuestras espaldas, en la dirección de donde habíamos acampado, y pensamos que el enemigo hacía fuego contra los tipis creyendo que aún estábamos dentro.

Se hizo de noche cerrada, pues la nube tormentosa henchida de voces se cernía sobre nosotros, y seguimos nuestro camino a buen ritmo durante toda la noche. Más tarde, al disiparse el nubarrón, se hizo de día. Acampamos para comer y dormir.

Sabía ya casi con absoluta certeza que poseía un don, pues había pedido la ayuda de los Antepasados y me habían escuchado y habían enviado a los seres del trueno para que nos escondiesen y custodiasen durante la huida.

Después de comer y recobrar fuerzas, proseguimos el viaje y llegamos a un campamento de minneconjous. Luego, nos mudamos con nuestros parientes a la desembocadura del río Poplar y atravesamos el Misuri en una barca de fuego que había allí. Cazamos durante algún tiempo, fuimos a la Ciudad de los Soldados junto al Tongue y nos instalamos con otros de nuestro pueblo que habían abandonado las reservas creadas en nuestra antigua tierra. [^259]

Los soldados nos quitaron las armas de fuego y casi todos los caballos: solo nos dejaron dos por tipi.

Allí, en la Luna de Engordar (junio) celebramos una danza del sol, y después no pude pensar más que en mi visión. Tenía dieciséis años ya cumplidos, y todavía no había hecho nada de lo que los Antepasados querían, pero mientras tanto me habían custodiado y socorrido. No sabía bien cómo hacer lo que ellos deseaban que hiciera.

Comenzó así una época terrible para mí, y no podía contarlo a nadie, ni siquiera a mi padre y mi madre. Temía ver surgir una nube; y cuando tal cosa ocurría, oía a los seres del trueno llamándome: «¡Contempla a tus Antepasados! ¡Date prisa!». Entendía a los pájaros cuando cantaban, y siempre anunciaban: «¡Ha llegado la hora! ¡Ha llegado la hora!». Los cuervos de día y los coyotes de noche me llamaban constantemente, me llamaban y decían: «¡Ha llegado la hora! ¡Ha llegado la hora! ¡Ha llegado la hora!».

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¿La hora de qué o para qué? No lo sabía. Siempre que me despertaba antes de la aurora, y salía del tipi porque me aterraba la quietud que envolvía a los dormidos, muchas voces bajas parloteaban en el oriente, y la estrella del alba cantaba lo siguiente en el silencio de la mañana:

¡De manera sagrada andarás!

¡Tu nación te contemplará! [^261]

Me molestaba la presencia de la gente, y me alejaba, montado a caballo, del campamento para comparar todas las cosas de la tierra y del cielo con mi visión. Los cuervos se me quedaban mirando y se chillaban unos a otros como si se estuviesen burlando de mí: «¡Contempladle, contempladle!».

Cuando empezaron las heladas, me puse contento, porque no habría tormentas durante muchas lunas, y cada vez me daban más miedo, pues había siempre en ellas voces que gritaban: «¡Eh, eh, hale! [^262] ¡Ha llegado la hora! ¡Ha llegado la hora!».

El temor no era tan insoportable en invierno, pero me atormentaba también en alguna que otra ocasión. A veces el llanto de los coyotes en el frío me espantaba tanto que corría de un tipi a otro sin descanso, hasta que la fatiga me hundía en el sueño. Me preguntaba si tal vez, simplemente, me estaba volviendo loco; y mi padre y mi madre estaban muy preocupados por mí.

—Es la misma enfermedad esa extraña que tuvo cuando le regalamos el caballo a Cazador de Torbellinos por curarle. Y no se ha curado —decían.

Yo no podía contarles lo que realmente me pasaba, porque hubieran pensado que había perdido el juicio definitivamente.

En aquel invierno cumplí los diecisiete años de edad.

Cuando la hierba asomó de nuevo su tierna faz, mis padres le pidieron a un curandero, llamado Camino Negro, que viniera a verme para ver qué podía hacer por mí. Camino Negro se quedó a solas conmigo en un tipi y me pidió que le contase si yo había visto algo que me alterara. Por entonces yo tenía tanto miedo, a fuerza de tener miedo de todo, que le conté mi visión. Cuando hube concluido me miró largamente.

—¡Ah! —murmuró, muy sorprendido; y me dijo—: Sobrino, ahora sé cuál es tu problema. Debes hacer lo que quería el bayo de tu visión. Has de cumplir tu deber y llevar a cabo esa visión para los tuyos en la tierra. Pero antes se celebrará la danza del caballo para que la gente comprenda. Así te librarás del miedo. Si no lo haces, algo horrible te ocurrirá.

Por lo tanto, empezamos a prepararnos para la danza del caballo.