9. La derrota de Pelo Largo
Alce Negro prosigue:🔗
Caballo Loco venció a Tres Estrellas junto al Rosebud aquel día, y yo creo que podía haber matado a todos los soldados aquel día. Le hubiera bastado pedir más guerreros a las aldeas y atacar con ellos al enemigo al amanecer, porque ellos acamparon en el mismo sitio cuando cayó la noche tras el combate.
Derrotó a la caballería de Tres Estrellas cuando ellos asaltaron su poblado junto al Powder aquella mañana fría de la Luna del Cegado por la Nieve (marzo). Se trasladó después más al oeste, hacia el Rosebud, y cuando aparecieron los soldados para matarnos, les dio una buena paliza y les obligó a retroceder. Luego siguió yendo hacia el oeste, al valle del Greasy Grass. Estábamos en nuestras tierras y lo único que queríamos es que nos dejaran en paz. Pero llegaron los soldados para matarnos y muchos de ellos fueron los que acabaron muertos. Era nuestra tierra y no queríamos problemas de ningún tipo. [^179]
Acampamos en el valle, a lo largo de la orilla meridional del Greasy Grass antes de que el sol estuviera en perpendicular sobre nosotros. Fue, según creo, dos días antes de la batalla. La aldea era enorme y era difícil saber cuántos tipis había. En el punto más alejado río arriba, hacia el sur, estaban los hunkpapas; los seguían por este orden los oglalas, minneconjous, sans arcs, pies negros y shyelas; y por último, en el extremo más septentrional, los santees y los yanktonais. [^180] Hacia el este se hallaba el Greasy Grass, con árboles en la ribera, crecido a causa del deshielo en los montes Bighorn. Desde lo alto de una colina veíanse las montañas al sur y al oeste. Más allá, en la otra orilla del río había riscos y colinas. Algunas barrancas descendían por sus laderas. Hacia poniente, según nuestra posición, se extendían altozanos, y en ellos apacentábamos nuestros caballos bajo guardia. Eran tantos que no podían contarse.
Un hombre llamado Halcón Zumbador había recibido un tiro en la cadera durante el combate del Rosebud y la gente pensaba que no podría recuperarse. Pero un curandero, llamado Barbilla Peluda, logró que sanara.
La víspera de la batalla, me había ensuciado y me iba a nadar con algunos muchachos, cuando Barbilla Peluda me llamó para que fuera al tipi de Halcón Zumbador y le ayudase. Había otros cinco chicos. Nos necesitaba para que hiciéramos de osos en la ceremonia de la curación, ya que debía su facultad a haber soñado con el oso. [^181] Me pintó el cuerpo y la cara de amarillo, y trazó una franja negra a los dos lados de la nariz a partir de los ojos. Me ató el pelo de manera que parecía que tuviera orejas de oso, y me colocó unas plumas de águila [^182] en la cabeza.
Mientras me estaba preparando, recordé mi visión. De repente se me antojó que me levantaba del suelo, y estando así, supe más cosas de las que me sería posible explicar, y tuve la seguridad de que no tardaría en suceder algo terrible. Me quedé aterrorizado.
Los demás muchachos, pintados de rojo de pies a cabeza, portaban en la cabeza orejas de oso auténticas.
Barbilla Peluda se había puesto también una piel de oso, con el cráneo incluido. Empezó a entonar una canción que decía:
En la entrada las hierbas sacras se regocijan.
Y durante el canto, dos muchachas se colocaron a ambos lados del herido; una llevaba una copa de agua y la otra, algún tipo de hierba. Quise comprobar si la copa contenía el firmamento entero, como en mi visión, pero no pude verlo. Entregaron el recipiente y la hierba a Halcón Zumbador, mientras Barbilla Peluda cantaba. A continuación le dieron un bastón rojo e inmediatamente se levantó apoyándose en él. Luego las chicas salieron del tipi y el herido las siguió apoyándose en el bastón rojo sagrado; nosotros, los oseznos, teníamos que salir, dando saltos, rodeándolo, emitiendo gruñidos. Y mientras lo hacíamos, se veía brotar de nuestras bocas algo semejante a plumas de todos los colores. Entonces Barbilla Peluda salió del tipi a gatas; parecía un oso de verdad. Halcón Zumbador comenzó a andar con mayor soltura. No pudo luchar al día siguiente, pero se puso bien en muy poco tiempo.
Acabada la ceremonia, fuimos a nadar para quitarnos la pintura. Cuando regresamos todo el pueblo bailaba y se comentaban las proezas acaecidas durante la batalla con Tres Estrellas en el Rosebud.
Cuando se puso el sol, los muchachos teníamos que meter a los caballos en el cercado; y cuando los metimos, era ya de noche, pero la gente seguía bailando en torno a las hogueras. Nosotros recorrimos los diferentes bailes hasta que tuvimos tanto sueño que no nos manteníamos en pie.
Mi padre me despertó al amanecer y me ordenó que le ayudara a sacar los caballos a los pastos. Cuando estuvimos en ellos, me dijo:
—Hay que atarle una cuerda larga a uno de ellos, para que sea fácil cogerlo; con él podremos recoger a los otros. Si ocurre algo, trae los animales tan aprisa como puedas, y no apartes los ojos del campamento.
Varios muchachos estuvimos vigilando los caballos hasta que el sol estuvo sobre nosotros y el calor se hizo insoportable. Se nos ocurrió ir a nadar, y mi primo se comprometió a custodiar las bestias hasta que volviéramos. Me estaba engrasando cuando sentí un extraño malestar, como si fuera a ocurrir algo terrible. Pero me fui de todos modos con mis amigos. Había mucha gente bañándose y muchas mujeres se habían ido al oeste de la aldea para recoger nabos. Llevábamos ya un buen rato en el agua, cuando mi primo bajó para abrevar los caballos. El calor era sofocante.
Oímos entonces al pregonero del campamento hunkpapa, que no se hallaba muy lejos.
—¡Los corceles llegan! ¡Atacan! ¡Los corceles llegan!
El pregonero de los oglalas gritó igualmente. Y oímos repetir el aviso de campamento en campamento hacia el norte, hasta los santees y yanktonais.
Todo el mundo corrió en busca de los caballos. Tuvimos la suerte de encontrar los nuestros muy a mano. Mi hermano mayor poseía un alazán, y en él galopaba veloz hacia los hunkpapas. El mío era un rucio. Mi padre apareció corriendo a toda prisa.
—Tu hermano se ha unido a los hunkpapas sin su fusil —me dijo—. Ve en su busca y dáselo. Luego vuelve conmigo.
Me dio también mi seis tiros, la que me había regalado mi tía. [^183] Salté al caballo con las armas y encontré a mi hermano. Vi mucho polvo más allá del campamento hunkpapa, cuyos hombres corrían y gritaban. Muchos de ellos estaban aún mojados del baño en el río. Del polvo surgieron soldados en grandes corceles. Parecían enormes, altos, corpulentos e iban abriendo fuego. [^184] Mi hermano me arrebató el fusil y me gritó que me volviera. Había un soto espeso al otro lado del campamento hunkpapa y los guerreros se estaban reuniendo allí. Él se dirigió a aquel sitio y yo le seguí. Las mujeres y los niños iban corriendo en tropel aguas abajo. Miré hacia atrás y vi cómo iban corriendo, dispersándose por la ladera de un monte.
Cuando nos adentramos en el soto había ya muchos hunkpapas y los soldados disparaban desde más arriba. Las hojas se desprendían de los árboles azotados por las balas. Me era imposible distinguir lo que pasaba en la aldea. Todo era polvo y chillidos y estruendo, ya que las mujeres y los niños huían, y los guerreros acudían a lomos de sus caballos.
Entre nosotros, en la espesura, y en el campamento hunkpapa se alzó la misma voz:
—¡Sed valientes! ¡No seáis mujeres! ¡Los desvalidos están sin aliento!
Creo que fue entonces cuando Agalla [^185] detuvo a los hunkpapas, que huían despavoridos, y los hizo volver.
Recordé, cuando ya llevaba un rato allí en el bosque, mi visión. Me dio fuerza. Imaginé que mi pueblo estaba formado por seres del trueno y tuve la impresión de que íbamos a exterminar a los soldados. Desde la polvareda se alzó un nuevo grito.
—¡Ya viene Caballo Loco! ¡Ya viene!
Hacia el oeste y el norte también se oía: «¡Hoka hey!» como si fuera un vendaval que gritaba, y que emitía alaridos en trémolo, y también se oía el estridente sonido de los silbatos de hueso de águila. [^186]
El valle se oscureció con el polvo y el humo y no había más que sombras y el estrépito de gritos y redoble de cascos y estampidas. A la izquierda de donde me hallaba oía el golpeteo de las herraduras de los caballos de los soldados que entraban en la espesura y el tiroteo por doquier. Luego los caballos herrados salían del bosque, y yo me alejaba del mismo entre los jinetes que avanzaban y retrocedían y todo el mundo que chillaba: «¡Aprisa, aprisa!». Los soldados remontaban la corriente y apenas nos distinguíamos unos de otros entre la penumbra y el ruido atronador. No veía mucho; pero sí, en una ocasión, vi a un lakota atacando a un soldado, que se había rezagado y peleaba con gran bravura. [^187] El lakota se apoderó de la brida de su montura y el soldado lo mató con una seis tiros. Yo era aún pequeño y me era imposible acercarme a donde estaba el enemigo, y no podía matar a nadie. Había muchos delante de mí, y todo era oscuridad y gente confundida.
Los soldados no tardaron en acabar amontonados en el río, lo mismo que muchos lakotas, y yo permanecí un rato en el agua, en la que todos combatían, y parecía que estuviera granizando sobre el río. Luego abandonamos el cauce, y la gente desnudaba a los soldados muertos y se ponía sus ropas. Uno de los soldados se agitaba aún en el suelo. Un lakota se me acercó y me dijo:
—Muchacho, desmonta y arráncale la cabellera.
Obedecí. El herido llevaba el pelo corto y mi cuchillo no estaba afilado. Él apretaba los dientes. Le disparé un tiro en la frente y le arranqué la cabellera.
Muchos guerreros nuestros perseguían a los soldados por la ladera del monte que había al otro lado del río. Los demás corrían aguas abajo y más allá, en una colina distante que dominaba el campamento santee, se cernía la polvareda, y nuestros bravos guerreros la cercaban, entraban y salían de ella como golondrinas, y las armas de fuego resonaban por todas partes. [^188]
Pensé en enseñarle la cabellera a mi madre, así que cabalgué hacia la altura en la que había una multitud de mujeres y niños. De camino hacia ellos, vi a una hermosísima doncella entre los guerreros que se disponían a intervenir en la batalla monte arriba, la cual cantaba:
¡Hermanos, [^189] vuestros amigos han llegado!
¡Sed valientes! ¡Sed valientes!
¿Acaso deseáis que me hagan prisionera?
Mientras atravesaba el campamento oglala, vi a Halcón Zumbador sentado en su tipi, fusil en mano.
Estaba completamente solo y cantaba una canción llena de remordimiento:
Hermanos, ¿qué es eso que hacéis que yo no puedo? [^190]
Cuando llegué a la altura donde estaban todas las mujeres, estas cantaban y gritaban en trémolo para animar a quienes luchaban al otro lado del río, entre la polvareda de la colina. Mi madre gritó con trémolo agudísimo cuando vio mi primera cabellera.
Me quedé con ella observando la enorme polvareda que se levantaba en espiral desde la colina, al otro lado del río. Los caballos escapaban de ella con las monturas vacías.
Oso Erecto habla:🔗
Soy minneconjou, y nuestro campamento se hallaba en tercer lugar viniendo desde el sur. Nos levantamos tarde el día del combate. Las mujeres fueron a recoger nabos y dos tíos míos salieron de caza. Mi abuela, muy anciana y débil, otro tío mío y yo nos quedamos en el tipi. Cuando el sol estaba ya alto, bajé a nadar al río y cuando volví solo llevaba puesta una camisa. Mi abuela guisó algo de carne en el rescoldo y comimos.
—Cuando hayas terminado, ve junto a los caballos sin demorarte —me dijo mi tío durante la comida—. Puede pasar cualquier cosa.
Uno de mis hermanos mayores y otro hombre conducían los caballos en dos tropillas por el Muskrat Creek corriente abajo, hacia el campamento santee.
Hubo un tumulto antes de que acabara de comer. Más tarde, oí gritar a nuestro pregonero que la caballería wasichu se acercaba.
—Ya te dije antes que podía pasar cualquier cosa. Date prisa y ayuda a recoger los caballos.
Vadeé el Greasy Grass con el agua hasta el pecho y subí a mirar desde la cima del Black Butte. Al otro lado de los hunkpapas, hacia el sur, distinguí soldados a caballo que se desplegaban a medida que descendían por la ladera hasta el río. Lo cruzaron y avanzaron al trote. [^191] Bajé del monte, pero, como iba descalzo y había muchos cactus, tuve que andar con cuidado, eligiendo el camino. Una nube de polvo se alzaba ya en lontananza. Más tarde observé que los hunkpapas corrían, y al avistar hacia las colinas del sur y del este, vi a más soldados montados. [^192] No fui en busca de los caballos. Recorrí el macizo de cactus con la mayor presteza posible y llegué al poblado. Se oían voces por todas partes, pues todo el mundo gritaba y se abalanzaba en distintos sentidos. Llegó al fin mi hermano mayor con los caballos.
—¡Apresúrate! —dijo mi tío—. ¡Vamos a su encuentro!
Cogí mi caballo gris y mi seis tiros, y me pasé el arco y las flechas por el hombro. Había matado un pájaro rojo [^193] unos días antes y lo llevaba sujeto al pelo. Había hecho el voto de brindar una ofrenda si el animal me protegía en el combate siguiente. Y así fue.
Fuimos río abajo hasta la desembocadura del Muskrat Creek, pasado el campamento santee. Estábamos preparados para enfrentarnos a la segunda partida de soldados. [^194] Cuando llegamos allí, hacía tiempo que ya guerreaban en la colina, porque, al trotar hacia el este, desde la desembocadura del Muskrat Creek, encontramos a un lakota, de cuya boca brotaba sangre que cubría los cuartos delanteros de su montura. Se llamaba Alce Largo. Había guerreros delante de nosotros, o sea los «fronteros», que son los más valientes y están más curtidos en la guerra. Yo tenía dieciséis años y marchaba en la retaguardia con los menos expertos. Habíamos estado esperando a nuestros caballos bastante tiempo.
Algo más arriba nos encontramos con otro lakota. Iba a pie, sangrando y estaba mareado. Se levantaba y se volvía a caer. Más hacia lo alto vi a los soldados. Habían desmontado y sujetaban sus corceles por la brida. Nos estaban esperando, y nos dispararon. Nuestra gente rodeaba ya por completo la colina. Algunos de los nuestros gritaban: «¡Se han ido!». Y vi que muchos caballos de los soldados se habían soltado y huían al galope. Nuestros guerreros chillaban al unísono, por todas partes: «¡Hoka hey! ¡Aprisa, aprisa!». Entonces subimos todos de golpe y se puso todo oscuro de tanto polvo y tanto humo. Nuestros guerreros pasaban por mi lado como sombras, y el ruido de los cascos y las armas de fuego y los gritos era tan intenso que el silencio parecía reinar y las voces parecía que salieran de lo alto de la nube. Era como en una pesadilla. Descubrí un soldado a mi lado, y me incliné para abatirle con la culata de mi seis tiros. Creo que ya la había descargado, pero no recuerdo en qué momento. El soldado cayó bajo los cascos. Éramos tantos que creo que no necesitábamos armas. Los cascos de nuestros caballos bastaban.
Luego, bajamos en formación por la ladera hacia la aldea, y había hombres y caballos muertos esparcidos por todas partes. Los habíamos aniquilado.
Estábamos locos, y te contaré algo para probarte hasta qué punto habíamos enloquecido. El cadáver de un indio yacía de bruces. Alguien dijo:
—¡Arrancadle la cabellera a ese ree! [^195]
Un hombre se apeó y le arrancó la cabellera; y cuando le dieron la vuelta, nos dimos cuenta de que era un shyela, un amigo nuestro. Estábamos locos.
Podíamos ver cómo llegaba un enjambre de mujeres lanzando el alarido trémulo. Esperamos allí, hasta que vimos soldados en un monte del sudeste. [^196] Todos gritamos: «¡Aprisa!». Y nos lanzamos hacia los soldados, que retrocedieron hacia el lugar de donde procedían. Murió uno y una turba descabalgó para cobrarse el golpe. Luego perseguimos a los restantes hasta la colina que habían ocupado antes.
Habían colocado las mulas de carga y los caballos en el interior, y puesto delante sillas y otras cosas para que los protegieran de las balas, pero los rodeamos. Nuestra posición era más elevada, así que podíamos distinguirlos con claridad. Dejamos nuestros caballos al pie de las colinas para que estuvieran a salvo. Disparamos sin cesar contra los soldados y sus animales. Hacía mucho calor, y algunos enemigos quisieron bajar al río con jarras en busca de agua. No fueron muy lejos, y los que se salvaron volvieron precipitadamente hacia lo alto. Más tarde me contaron que algunos sí consiguieron su propósito, pero yo no los vi. En el otro lado, un lakota cargó él solo contra los soldados para mostrarnos lo valiente que era, pero lo mataron y no pudimos recobrar su cadáver. [^197]
Se acercaba ya la puesta de sol. Yo no había tenido hambre hasta entonces porque olía a sangre por todas partes, pero entonces empecé a tener. Los más valientes de entre los valientes se reunieron y discutieron de lo que haríamos aquella noche. Decidieron enviar a algunos al poblado, para que comieran y regresaran con alimentos para quienes se quedasen a vigilar a los soldados. No podíamos llegar hasta ellos; por lo tanto, trataríamos de matarlos de hambre y sed.
Yo fui al poblado con mis compañeros, ya era casi de noche. Al principio pensamos que ya habían levantado el campamento, pero no era así. Habían agrupado todos los campamentos en un único poblado de grandes dimensiones.
Yo no volví a la colina con los otros aquella noche. Encendimos hogueras por todo el campamento, todo el mundo andaba muy nervioso. Yo no pude dormir, pues en cuanto cerraba los ojos se me presentaban de nuevo las terribles visiones que había vivido. Creo que nadie pudo pegar ojo.
A la mañana siguiente, temprano, el pregonero recorrió la aldea gritando:
—¡El resto de los soldados morirá hoy!
Así que una vez hubimos comido, nos fuimos preparando. Esta vez sí que iba vestido, con mocasines y polainas; la víspera no había llevado más que una camisa. También pude ensillar mi caballo. Estaba listo para luchar.
Fuimos juntos hacia allí, y quienes habían estado vigilando toda la noche, volvieron a la aldea. Estábamos diseminados en torno a los soldados, con los caballos al pie de la colina; pero era difícil acertar al enemigo, porque había estado excavando para parapetarse durante la noche. Hacía un calor intenso, y algunos soldados intentaban de vez en cuando llegar hasta el río arrastrándose para beber. Matábamos a varios y los demás retrocedían. Tal vez alguno consiguiera agua. No lo sé. [^198] Nos tiroteábamos, sin pausa. En una ocasión oí chillar: «¡Eh, eh!». Me arrastré a donde había sonado el grito. Un lakota había recibido una bala en el entrecejo y estaba muerto. [^199]
Al cabo de mucho tiempo nos informaron de que llegaban más soldados. [^200] Todos regresamos a la aldea y algunos decían:
—Vámonos, dejémoslo estar.
Levantamos el campamento y nos encaminamos a los montes Bighorn.
Si no les hubieran llegado refuerzos, los habríamos aniquilado en la colina.
Halcón de Hierro habla:🔗
Soy hunkpapa y, como te dije antes, tenía entonces catorce años. El sol lucía ya en lo alto, y más, pero estaba yo con la primera comida del día porque había estado durmiendo hasta entonces. Oí en ese momento la voz del pregonero: «¡Que llegan los atacantes!». Me levanté de un salto y corrí hacia nuestros caballos. Pastaban cerca del campamento. Enlacé a uno con una cuerda, pero los otros escaparon a la estampida. Mi hermano mayor ya había capturado al suyo y contuvo a los restantes. Cuando salté sobre mi montura, con el lazo alrededor de su morro, los soldados ya estaban disparando y la gente corría, y hombres y niños intentaban cazar sus caballos, aterrados por las detonaciones y el vocerío. Vi cómo los niños salían del río en que habían estado nadando y que todas las mujeres y sus hijos pequeños se precipitaban valle abajo.
Nuestros caballos se espantaron en dirección al campamento minneconjou, pero los rodeamos y pudimos recogerlos de vuelta. Los guerreros ya corrían hacia los soldados, montados en sus caballos, y muchos hunkpapas se reunían entre la maleza y en el bosque próximo al lugar en que los soldados habían echado pie a tierra. Galopé junto a un hombre muy anciano, que gritaba:
—¡No desfallezcáis, muchachos! ¿Vais a dejar que me arrebaten estos niños como si fuesen perros?
En mi tipi me vestí para la guerra lo más deprisa que pude; pero las balas zumbaban en el exterior y yo temblaba tanto que me costó mucho tiempo sujetar una pluma de águila en mi cabellera. Asimismo, no había soltado la soga con que retenía a mi caballo, y el animal tiraba de ella intentando escapar. Mientras estaba preparándome, tropeles de guerreros montados atronaban aguas arriba gritando: «¡Hoka hey!». Así que me pinté toda la cara de rojo, cogí mi arco y las flechas y me subí al caballo. No tenía armas de fuego; solo un arco y flechas.
El combate en la parte alta del río parecía haber acabado cuando llegué allí sobre mi caballo, pues todos iban río abajo gritando: «¡Es un buen día para morir!». Los soldados se acercaban al otro extremo del campamento y nadie sabía cuántos eran.
Un hombre llamado Oso Pequeño se aproximó a mí en un pinto. Llevaba por silla una manta hermosísima.
—¡No te amilanes, muchacho! —me dijo—. ¡La tierra es lo único que permanece!
Así que galopé con él y con los demás, y muchos de nosotros, los hunkpapas, nos congregamos en el lado oriental del río, en el arranque de un barranco que llevaba a la colina en que estaba el segundo grupo de soldados. [^201] Nos acompañaba un shyela muy intrépido.
—¡Ahí va! —dijo alguien.
Miré, y era el shyela. Llevaba un penacho de guerra moteado, y una túnica moteada hecha de piel de algún animal atada con un cinturón también moteado. [^202] Subía solo a la colina, y le seguimos durante un trecho. Había soldados en la cima, que habían desmontado y sujetaban sus caballos. El shyela cabalgó varias veces alrededor de ellos y todos dispararon contra él. Volvió al sitio en que nos habíamos detenido, en el arranque del barranco.
—¡Ah, ah! —dijo.
—Shyela amigo, ¿qué te pasa? —le preguntó alguien.
Se desató su cinturón moteado y cuando lo sacudió, cayeron balas. Era un hombre muy sagrado y los soldados no podían hacerle daño. Era además muy apuesto.
Nos quedamos allí a la espera de algo. Sonaban disparos por doquier.
—¡Ahora se van, ahora se van! —chilló una voz.
Levantamos los ojos y vimos que los corceles del enemigo se espantaban. Eran todos de color gris. [^203]
Vi al caballo de Oso Pequeño encabritándose y abalanzándose hacia los soldados. Cuando estuvo cerca de ellos, le dispararon desde abajo. El caballo se levantó cojeando porque una bala le había atravesado la pierna; y comenzó a volver hacia nosotros, renqueante, mientras el adversario le tiroteaba. Su hermanoamigo, Nación de Alces, fue a recogerle, lo sentó en los lomos de su caballo y lo trajo de vuelta, a salvo, a pesar de que las balas salpicaban el suelo alrededor de él. Tenía el deber de auxiliar a su hermano-amigo incluso a sabiendas de que podía perder la vida. [^204]
Un griterío atronador rodeaba a los soldados y los guerreros acudían desde todas partes y el polvo y el humo encapotaban el aire.
Vimos a los soldados que empezaban a correr colina abajo en nuestra dirección. Casi todos iban a pie. Parecía que estuvieran tan asustados que ni siquiera sabían bien lo que hacían. Movían los brazos como si avanzaran velozmente, pero solo andaban. Algunos disparaban al aire. Todos nos unimos al grito de «¡hoka hey!» y nos arrojamos sobre ellos y los cercamos al galope mientras el crepúsculo nos envolvía.
Encontré uno montado y le disparé. La flecha le atravesó de lado a lado por debajo de las costillas, y le sobresalía por ambos lados. Chillaba, asido del cuerno de la silla, y se quedó medio colgado, bamboleando, con la cabeza hacia abajo. Me mantuve a su altura y le golpeé en la nuca con mi pesado arco. Cayó finalmente de la silla y yo desmonté y lo maté a golpes. Le seguí golpeando después de que hubo muerto, y cada vez que le daba, decía: «¡Hná!». [^205] Estaba furioso, pues pensaba en las mujeres y los niños huyendo aterrados, sin aliento. Aquellos wasichus se lo buscaron, vinieron a por eso y les dimos su merecido. Poco más vi. Vi a Trae Mucho despachando a un soldado con una maza de guerra. Vi cómo cayó Búfalo de Cuerno Rojo. Había un lakota que guiaba su caballo por el borde del barranco y nos avisaba a gritos para que tuviésemos cuidado, porque había un soldado escondido. Vi cómo le atacaba y le daba muerte y lo destrozaba con el cuchillo.
Luego nos encaminamos hacia el río, y el polvo se disipaba, así que podíamos ver a las mujeres y a los niños que llegaban hasta nosotros desde el otro lado del agua. Allí los soldados habían sido eliminados y sus cadáveres se hallaban dispersos por todos lados.
Las mujeres se arremolinaban colina arriba y empezaron a desnudar a los soldados exánimes. Chillaban y se reían e iban cantando. Vi una cosa divertida. Dos viejas gordinflonas despojaban a un soldado herido, que se fingía muerto. Cuando le hubieron desnudado, se pusieron a cortar algo que tenía y él dio un salto y se puso a pelear con aquellas dos mujeres obesas. Sacudía a una mientras la otra intentaba clavarle el cuchillo. Enseguida apareció una tercera mujer y le pegó una cuchillada. Entonces sí que murió bien muerto. [^206] Fue gracioso ver aquel combate del wasichu desnudo con las dos mujeres gordas.
Luego vimos a nuestros guerreros hostigando a unos soldados que habían salido de la colina, aguas arriba, [^207] para ayudar al grupo que habíamos aniquilado. Huyeron y los seguimos de vuelta hacia su colina, donde tenían las mulas de carga. No les causamos mucho daño, porque habían cavado para esconderse y se parapetaban detrás de sillas de montar y demás utensilios. Yo estaba más abajo, junto al río, y sorprendí a unos que descendían con cubos. No llevaban armas, solo cubos. Varios muchachos surgieron de la maleza y los apedrearon con barro y guijarros y los empujaron a la corriente. Supongo que bebieron de sobra, porque todavía están bebiendo. Les dimos muerte en el agua.
Cuando ya faltaba poco para la puesta de sol, volví a mi tipi con muchos otros para comer, mientras algunos vigilaban a los soldados de la colina. Yo no había probado bocado en todo el día, porque la lucha se inició precisamente cuando iba a empezar mi primera comida.
Alce Negro prosigue:🔗
Después de enseñar a mi madre mi primera cabellera, me quedé con las mujeres un rato, que estaban cantando y proferían trémulos aullidos. La polvareda casi nos impedía presenciar la batalla; pero estábamos convencidos de que no quedaría con vida ni un solo soldado. Había allí muchos chavales de mi edad y aún más pequeños, con sus madres y hermanas, y me pidieron que los acompañase al combate. Subimos a los caballos y cuando cabalgábamos monte abajo, hacia el río, vimos caballos grises, con las sillas vacías, que huían en dirección a las aguas. Vadeamos el Greasy Grass hasta la boca de una quebrada, por la que se subía, a lo largo del risco escarpado, al lugar en que se libraba la batalla.
Ya habían derribado a todos los wasichus cuando llegamos. La mayoría estaban ya muertos, pero algunos vivían aún y se agitaban. Se habían reunido con nosotros muchos chiquillos e íbamos disparando a los wasichus. Uno se retorcía cubierto de flechas y me desmonté para quitarle la guerrera, pero un hombre me apartó y se apoderó de ella. Entonces vi que algo brillante colgaba del cinturón de aquel soldado y estiré. Era redondo y reluciente y amarillo y muy lindo, y me lo puse como collar. Al principio sonó un ruidillo en su interior, pero luego dejó de oírse. Lo llevé mucho tiempo colgado del cuello antes de descubrir lo que era y cómo se le hacía latir.
Entonces aparecieron las mujeres y fuimos hacia la cumbre de la colina. Había en ella cadáveres de corceles grises, y algunos habían caído sobre wasichus muertos y wasichus muertos descansaban sobre ellos. Apenas había muertos de los nuestros, porque casi todos ya habían sido recogidos; pero muchos de nuestros hombres habían sido heridos o habían perdido la vida allí. [^208] Se mataron unos a otros en el polvo. No vi a Pahuska, [^209] y creo que nadie sabía quién era él. Un soldado alzó los brazos y gimió. Le disparé una flecha en la frente y sus miembros se estremecieron. Vi también a unos lakotas que sostenían a otro lakota. Me acerqué y era el hermano de Caza En la Mañana, a quien llamaban Wasichu Negro. Le habían dado un tiro, que, atravesándole el hombro derecho, había seguido hacia abajo, hasta que la cadera izquierda detuvo la bala, porque estaba colgado en el lado de su caballo cuando le atinaron. Trataban de darle una medicina. Era primo mío, y su padre y mi padre estaban tan furiosos que descuartizaron a un wasichu y lo abrieron en canal. El wasichu estaba gordo y su carne resultaba apetitosa, pero no nos la comimos.
Un chiquillo menor que yo me pidió que le arrancara la cabellera a un soldado para él. Accedí y corrió a enseñar la cabellera a su madre. Mientras estábamos allí, la mayoría de los guerreros persiguieron a los otros soldados hasta la colina donde tenían las mulas de carga. Después de un rato, acabé por cansarme de ir escudriñando. No se olía más que la sangre y sentía náuseas. Así que regresé a la aldea con los demás. Era feliz, no sentía ninguna pena. Aquellos wasichus habían querido matar a nuestras madres y a nuestros padres y a nosotros mismos, y estábamos en nuestra tierra. Cuando me hallaba en la espesura con los hunkpapas y los primeros soldados hicieron fuego, supe cómo acabaría todo aquello. Sabía que mi pueblo estaba emparentado con los seres del trueno de mi visión y que los wasichus estaban haciendo una locura.
Nadie durmió en el poblado aquella noche. A la mañana siguiente un grupo fue a la colina que ocupaban los soldados supervivientes y relevó al que los había vigilado durante toda la noche. Mi madre y yo los acompañamos. Ella montaba una yegua con un potrillo atado que trotaba detrás de su madre.
Vimos allí arriba caballos y mulas, pero los wasichus se habían parapetado. Al pie de la colina, en el lado occidental del Greasy Grass, había arbustos de bayas de los búfalos, y un muchacho ya mayor, Tonto Cabal, corría alrededor de ellos. Le preguntamos qué estaba haciendo.
—Hay un wasichu ahí metido —contestó.
Y ahí estaba. Se había escondido mientras sus compañeros escapaban hacia lo alto de la colina y había pasado toda la noche en la maleza. Empezamos a dispararle como si fuera un conejo. Se arrastraba de un lado a otro, y nosotros íbamos dándole vueltas a los arbustos mientras seguíamos disparándole. Una vez gritó: «¡Ay!». Después de un rato, le prendimos fuego a la hierba próxima a los arbustos y salió corriendo. Lo mataron unos guerreros.
Una vez coronamos la colina que ocupaban nuestros hombres, echamos un vistazo desde allí. No podíamos ver a los wasichus, tendidos en sus escondrijos, pero sí los caballos y las mulas, muchos de los cuales habían muerto. Cuando descendimos y cruzamos de nuevo el río, algunos soldados nos dispararon y las balas segaron el agua. Mi madre y yo volvimos galopando hasta la aldea. Se ponía el sol. Nuestros exploradores avisaron de que subían más soldados por el Greasy Grass, [^210] así que levantamos el campamento. Antes de que cayera la noche fuimos aguas arriba, hacia el Wood Louse Creek, en los montes Bighorn. Huimos durante toda la noche, siguiendo el curso del Greasy Grass. Mis dos hermanos menores y yo íbamos en una narria, y mi madre nos dio varios cachorros para que los cuidáramos. Todo el rato intentaban escaparse y me pasé la noche evitando que se fueran, así que apenas pegué ojo.
Al amanecer nos detuvimos en el cauce seco de un arroyo y nos dimos un homenaje. La carne tenía cúmulos de grasa. ¡Ojalá pudiera comer cosas así en este mismo instante!
Proseguimos la marcha a pleno día y llegamos al Wood Louse Creek, en la falda de los montes, y allí acampamos. Había un hombre malherido, al que llamaban Tres Osos, que empezó a delirar en aquellos parajes. Repetía: «Jeneny, jeneny». No sé lo que querría decir. Falleció. Desde entonces llamamos a aquel sitio el «Campamento en que Jeneny Murió».
Aquella tarde todo el mundo empezó a ponerse nervioso y rompimos a gritar:
—¡Que vienen los soldados!
Yo los pude ver, así era, se aproximaban a nosotros formando en escuadrones. Pero eran hombres nuestros disfrazados con las guerreras. Pasaron un buen rato tomándonos el pelo.
Los exploradores nos informaron de que los wasichus no venían en pos de nosotros y que estábamos a salvo. Se encendieron fogatas por todo el campamento y hubo danzas de muerte durante toda la noche.
Os cantaré algunas de las canciones de muerte que nuestro pueblo había inventado y que interpretaron aquella noche. Algunas rezaban así:
Pelo Largo jamás regresará.
Por eso su mujer llora, llora.
Mirando hacia aquí, llora.
...
Pelo Largo, fusiles no tengo.
Tú me trajiste muchos. ¡Gracias!
¡Me haces reír tanto!
....
Pelo Largo, no tengo caballos.
Tú me trajiste muchos. ¡Gracias!
¡Me haces reír tanto!
...
Nadie sabe dónde yace Pelo Largo.
Llorando le buscan.
Y es aquí que yace.
...
Soltad vuestros hierros sagrados (armas de fuego). [^211] No sois suficientemente hombres para hacerle daño a nadie. ¡Soltad vuestros hierros sagrados!
Después de un buen rato bailando estaba tan cansado que me dormí justo donde me había quedado. Mi primo Wasichu Negro murió aquella misma noche.