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8. La lucha con Tres Estrellas

Estuvimos en la Ciudad de los Soldados hasta que la hierba creció en la Luna en que los Caballos Mudan (mayo). Mi padre me explicó entonces que íbamos a unirnos de nuevo con Caballo Loco y que desde aquel momento tendríamos que combatir, porque no había otra manera de conservar nuestro país. Dijo que Nube Roja era un estafador y que pretendía venderles las Black Hills a los wasichus; que Cola Moteada [^158] y otros jefes eran asimismo unos cobardes, y que Los Que No Se Mueven del Fuerte no merecían mejor calificativo y que lucharían a favor de los wasichus. Mi tía, que habitaba en la Ciudad de los Soldados, debió de pensar lo mismo, porque, cuando levantábamos el campamento, me dio una seis tiros como la de los soldados y me dijo que ya era un hombre. [^159] No tenía yo más que trece años y no estaba muy desarrollado para mi edad, pero supe que tendría que ser hombre a pesar de todo. Los muchachos nos habíamos ejercitado en el sufrimiento y éramos buenos jinetes. Yo había aprendido a servirme bien de las armas, y disparaba certeramente tanto el arco como el fusil.

Nuestra banda se componía de pocos hombres. Iniciamos el camino de noche y viajamos con rapidez. Antes de que llegásemos al War Bonnet Creek, algunos shyelas (cheyennes) se nos unieron, porque les dolía el corazón como a nosotros e iban al mismo sitio. Supe después que muchas partidas pequeñas hacían lo mismo y se juntaban desde todas partes y con idéntico propósito.

Habíamos acampado junto al War Bonnet, cuando nuestros exploradores avistaron una fila de carretas de los wasichus avanzando por el antiguo camino que ya había sembrado desdichas con anterioridad*.* [^160] Había bueyes tirando de los carros. Eran parte de las oleadas de wasichus que se dirigían hacia las Black Hills. Dispararon contra nuestros exploradores y nosotros decidimos contraatacar. Cuando los guerreros se estaban preparando, pensé que, a pesar de mi exiguo tamaño, me arriesgaría a morir en aquella ocasión y que, si perecía, quizá alcanzase alguna suerte de fama. Le dije a Caballo Saltador, que era un muchacho de mi edad, que me disponía a morir y me respondió que él también estaba preparado. Así pues, fuimos, lo mismo que Manzana Silvestre y varios chicos más.

Los wasichus, al vernos llegar, colocaron las carretas en círculo y se colocaron en su interior junto a sus bueyes. Cabalgamos alrededor trazando un círculo en torno a ellos y acercándonos cada vez más. Es el mejor modo de combatir, pues no resulta fácil herir a los caballos dando círculos en veloz movimiento. A veces los aros eran dos, uno dentro de otro, galopando en direcciones opuestas, lo que acrecentaba las dificultades de que nos atinasen. La caballería de los wasichus no sabía cómo luchar. Se mantenía compacta, y cuando acometía, era casi imposible no dar en el blanco. Nosotros dábamos vueltas distanciados unos de otros. Mientras cabalgábamos en torno a las galeras, íbamos muy bajos en el lado exterior de nuestros caballos y disparábamos desde debajo de sus cuellos. No es un movimiento sencillo, aun teniendo las piernas largas, y las mías no lo eran. Pero me afiancé bien e hice fuego con la seis tiros que me había regalado mi tía. Antes de comenzar el ataque, sentí un poco de miedo, pero Hombre Grande [^161] nos dijo que éramos muchachos valientes y pronto dominé mi terror. Los wasichus disparaban con rapidez parapetados detrás de las carretas, y yo podía oír el silbido de las balas, pero no nos hirieron. Pensaba constantemente en mi visión, y tal vez eso nos ayudó. Ignoro si matamos algún wasichu. Galopamos en círculo varias veces y nos acercamos en una de ellas, pero nuestro reducido número nos impedía asaltar a los wasichus detrás de los carros, así que nos retiramos. Aquel fue mi primer combate. Durante el regreso a nuestro campamento, algunos guerreros shyelas nos dijeron que éramos muy valientes y que tendríamos que luchar durante mucho tiempo.

Viajamos deprisa porque estábamos en peligro y queríamos reunirnos de nuevo con Caballo Loco. Se había trasladado al río Rosebud, y allí se estaban congregando los pueblos. Durante nuestro avance, encontramos otras pequeñas partidas que se dirigían al mismo sitio que la nuestra, hasta que fuimos muchísimos y nos mezclamos unos con otros antes de llegar allí. Nos acompañaba el hijo de Nube Roja, [^162] pero el padre seguía en la Ciudad de los Soldados.

Desde lo alto de la sierra a esta parte del río Rosebud, vimos el valle lleno de tipis y de innumerables caballos. Mucha mucha gente había allí: oglalas, hunkpapas, minneconjous, sans arcs, pies negros, brules, santees y yanktonais. Numerosos shyelas y nubes azules habían acudido también a luchar a nuestro lado. El poblado era largo y no se podían distinguir todos los campamentos de un primer vistazo. Los exploradores salieron a recibirnos y a darnos la bienvenida, y todos se alegraron de que hubiéramos acudido. Había grandes hombres: Caballo Loco y Camino Grande de los oglalas; Toro Sentado y Agalla y Luna Negra y Rey Cuervo de los hunkpapas; Águila Manchada de los sans arcs; el Joroba menor y Toro Veloz de los minneconjous; Cuchillo Romo y Oso de Hielo de los shyelas; Inkpaduta con los santees y yanktonais. Grandes hombres había allí con tantas gentes y tantos caballos. ¡Hetchetu aloh! [^163]

Hacia mediados de la Luna de Engordar (junio) toda la aldea subió un trecho a lo largo del río en busca de un buen paraje para la danza del sol. Encontramos uno en que el valle se ensanchaba formando una gran planicie, y acampamos en un vasto óvalo cruzado por el río, y en el centro erigieron la enramada en círculo para los bailarines, con la abertura hacia el este, de donde viene la luz. Se enviaron exploradores en todas las direcciones para custodiar el lugar sagrado. Toro Sentado, que era entonces el curandero más grande de la nación, se hizo cargo de la danza para purificar a las personas y darles fuerza y resistencia. Se celebró en la Luna de Engordar, porque es la época en que el sol está más alto y el creciente poder del mundo resulta más intenso. Os explicaré cómo se llevó a cabo. [^164]

Antes que nada, se envió a solas a un hombre santo en busca del waga chun, [^165] el árbol sagrado que debía ocupar el centro del círculo de bailarines. Nadie osó seguirle para ver lo que hacía o escuchar las palabras sacramentales que pronunciaría. Y cuando halló el árbol conveniente, lo anunció a todos y la gente acudió allí, cantando y cubierta de flores. Una vez se congregaron alrededor del árbol sagrado, algunas mujeres embarazadas danzaron en torno de él, por cuanto el Espíritu del Sol ama cuanto es fructífero. Después, un guerrero, que había realizado una proeza el último verano, hirió el árbol con el golpe de honor; y hecho esto, distribuyó regalos a quienes poseían poco, y cuanto más valiente era, más generosos eran sus regalos.

A continuación, apareció un tropel de doncellas, cantando, con afiladas hachas en las manos; y debían ser tan buenas que nadie pudiera decir nada en contra de ellas, o que ningún hombre las hubiera conocido; y cualquiera tenía la obligación de decir lo malo que supiera contra ellas ante todo el pueblo y probarlo. Pero si alguien mentía, era algo muy malo para él.

Las doncellas talaron el árbol y podaron sus ramas. Luego los jefes, hijos de jefes, transportaron el tronco sagrado a la aldea. Se detuvieron, no obstante, cuatro veces, una por estación, dando gracias por cada una de ellas.

Estando ya el árbol sagrado en el poblado, aunque no plantado en el centro del espacio del baile, se reunieron guerreros montados alrededor del círculo de la aldea y, a una señal, cargaron hacia donde el tronco se alzaría, tratando todos de ser el primero en tocar el lugar sagrado; quien lo fuera no moriría en la guerra aquel año. Cuando se precipitaron juntos hacia el centro, fue como una batalla: los caballos se encabritaban y relinchaban formando una gran polvareda, y los hombres chillaban y luchaban intentando desmontarse unos a otros.

Se celebró después un espléndido banquete y hubo comida de sobra para todos, y un baile magnífico, como si hubiéramos obtenido la victoria.

Al día siguiente, hombres santos, que cantaban himnos sagrados y hacían votos sagrados al Espíritu, plantaron el árbol en el centro. Y a la mañana siguiente las madres que criaban llevaron a sus niños purísimos al pie mismo del árbol, para que los niños se convirtiesen en hombres valerosos y las niñas en madres de hombres valerosos. Los hombres santos perforaron sus orejitas, y los padres entregaron por cada perforación un caballo a quien más lo necesitara. [^166]

La danza empezó al tercer día. Todos los que iban a participar en ella estaban preparados; habían ayunado y se habían purificado en los tipis sudatorios, y también habían rezado. Primeramente, los hombres santos se pintaron el cuerpo. Después, uno tras otro, se tumbaron debajo del árbol como si estuvieran muertos, y los hombres santos hicieron una incisión en determinados puntos de su espalda o de su pecho, de modo que una correa de cuero crudo, ligada en lo alto del árbol, pudiera enhebrarse a través de la carne y ser enlazada. [^167] Después, individualmente, cada bailarín se levantaba y danzaba al son de los tambores, tirando de la correa hasta lo máximo que aguantara de dolor o hasta que la carne se desgarrara.

Nosotros, los más pequeños, nos divertimos mucho en esos dos días de la danza, porque se nos permitían todas las travesuras imaginables y la gente las había de soportar. Recogíamos briznas duras de hierba en los prados, y cuando veíamos un hombre sin camisa, le pinchábamos con la intención de que gritase, ya que se suponía que todo el mundo era capaz de soportar cualquier cosa. Fabricábamos cerbatanas con ramas tiernas de fresno y disparábamos contra los mayores para intentar sobresaltarlos; todos se reían si conseguíamos hacerlos brincar. Las madres llevaban agua en vejigas para sus sagrados pequeños; [^168] construíamos arcos y flechas minúsculos, que podían ocultarse bajo las vestiduras. Nos acercábamos disimuladamente a las mujeres y atravesábamos las vejigas. Y se suponía que tenían que aguantarse, sin regañarnos, cuando el agua brotaba a chorros. Lo pasamos muy bien. [^169]

Justo después de que acabara la danza del sol, algunos de nuestros exploradores vinieron desde el sur y el pregonero recorrió el círculo voceando:

—Los exploradores han regresado. Informan de que los soldados acampan río arriba. No desfallezcáis, jóvenes guerreros, y preparaos para salir a su encuentro.

Mientras todos se preparaban, yo hice lo mismo, pues Caballo Loco iba a dirigir a los bravos [^170] y yo ansiaba ir con él; pero mi tío, que se desvivía por mí, me dijo:

—Joven sobrino, [^171] no vayas. Fíjate en los desvalidos. Quédate aquí, que tal vez no te faltará pelea.

Las bandas de guerreros partieron sin mí. Tal vez mi tío pensaba que yo era demasiado pequeño para ser útil y temía que me dieran muerte.

El pregonero nos ordenó levantar el campamento y nos trasladamos hacia el oeste, hacia el Greasy Grass, [^172] y acampamos en el nacimiento del Spring Creek, ya sin los combatientes. Supimos posteriormente que fue Tres Estrellas [^173] quien luchó entonces con los nuestros junto al Rosebud. [^174] Tenía muchos soldados de a pie y un grupo de caballería, y le acompañaban numerosos crows y shoshones. Pretendían atacarnos durante la danza del sol, pero Caballo Loco los derrotó y los hizo retroceder hasta el Goose Creek, donde habían dejado sus carros. [^175] Mi amigo, Halcón de Hierro, estuvo presente aquel día y te puede contar lo que ocurrió.

Halcón de Hierro habla:🔗

Yo soy hunkpapa. Aquel verano tenía catorce años y estaba muy desarrollado. Salieron dos partidas de guerra, una muy nutrida por el extremo del sur del campamento, y otra pequeña por el extremo norte del mismo. Yo formaba parte de esta y apenas seríamos unos cuarenta. La partida grande llegó a primeras horas de la mañana y cuando llegamos nosotros, hacía tiempo ya que combatían. Hay allí un valle ancho, en la curva del río, con riscos escarpados y montes alrededor, y parecía que se luchaba por todas partes. Había crows con los soldados, y trabamos pelea con algunos de ellos. Parecía que podríamos con ellos, pero luego los soldados empezaron a avanzar por el lado opuesto y tuvimos que retroceder. Nos dirigíamos hacia la partida grande, pero los soldados nos acosaban y los crows se envalentonaron con su presencia, luchando con mayor violencia. En la curva del río habían ya penetrado en nuestras filas y la pelea era confusa. Ignoro si maté a alguien o no, aunque imagino que sí, pues estaba asustado y me defendía con energía, y en aquel desorden resultaba inevitable matar para no morir, y aún estoy vivo. Me acompañaba un lakota llamado Sin Tipi, y un crow robusto lo derribó de su caballo y desapareció. Desde luego, yo... me di a la fuga, pues no podíamos hacer frente a tantos crows, y además a los soldados, y estaba aterrado. Pero no estaba solo en mi huida. Corríamos todos con los crows pegados a nuestros talones. Entonces, de repente, vimos ante nosotros un escuadrón de caballería, de unos treinta jinetes. No sé cómo aparecieron allí. Tal vez volvían de explorar el terreno. La cosa se ponía fea. Entonces oí gritar en nuestra lengua: «¡No os rindáis! ¡Este es buen día para morir! ¡Pensad en los niños y en los desvalidos de la aldea!». Gritamos todos: «¡Hoka hey!», y acometimos contra la caballería y les derribamos a tiros de los caballos mientras se alejaban al galope. Iban a reunirse con el grueso de los suyos y pude ver que en aquel lugar peleaba mucha gente, pero andaba mezclada y resultaba imposible saber lo que sucedía. Fue una batalla despiadada, que parecía no tener fin. Duró todo el día. Más tarde los crows nos atacaron por la retaguardia; nos dimos la vuelta y repelimos el ataque. Pero los apoyaban muchos soldados. Tuvimos que correr, chillando: «¡Yi-ji!», [^176] puesto que no éramos muchos. En aquel momento estaba ya tan asustado que solo pensaba en huir. Llegué a un paraje rocoso, y mi caballo metió el casco entre dos piedras y casi se lo arrancó.

Había un shyela muy intrépido llamado Águila Posada. Era amigo mío y estuvo guerreando junto a mí. Descabalgué para examinar el casco de mi montura y un crow se precipitó hacia mí. Vi que mi amigo, el shyela, le salía al encuentro. Lucharon a brazo partido y logró abatir al crow. Ojalá me hubiera quedado yo junto a Águila Posada, pues habría sido el primero en apuntarme el golpe de honor al crow. Pero otro hombre se me adelantó.

Iba corriendo yo a pie, tirando de mi caballo, que saltaba sobre tres patas. Vi brotar humo de una hondonada por la que pasaba un arroyo. Me acerqué, atravesando el humo y vi que tres lakotas habían matado un bisonte y se lo estaban zampando mientras la batalla resonaba en lo alto de la colina. Me invitaron, así que me senté con ellos y comí, no en balde tenía catorce años y siempre andaba con hambre. Teníamos que vigilar mientras comíamos. Uno de los hombres puso parte de la sangre coagulada del bisonte en un pedazo de piel y la ató a la pata de mi caballo para que yo pudiera cabalgar.

Después de pasar un buen rato allí comiendo, apareció un lakota a caballo. El polvo y la sangre le ensuciaban la cara, y estaba furioso.

—¿Qué hacéis aquí? —dijo—. ¡Ahora combatimos! ¡Y en lo único que pensáis es en comer! ¡Acordaos de los desvalidos de vuestro pueblo! ¡Venga, apresuraos! ¡Tenemos que defender el terreno!

Salté avergonzado a mi caballo y picamos los talones. Mi animal se movía mejor con el casco envuelto. Llegamos a una altura y contemplé todo el valle del Rosebud en el que se luchaba. Era imposible decir quién llevaba la peor parte, reinaba la confusión. Unos crows se abalanzaron sobre nosotros y no logré unirme a la partida grande, que soportaba lo más duro de la batalla, pero nosotros no salimos mejor librados, salvo cuando estuvimos comiendo. Debí de comer mucho, porque ya atardecía. Evidentemente, cuando nos sumamos al combate, hacía muchas horas que ellos estaban luchando.

Nos retiramos cuando ya oscurecía con el fin de proteger a las mujeres y niños, y el enemigo no nos siguió. Yo pensaba que los wasichus nos habían vencido; después me enteré de que no había sido así. No fue una batalla decisiva, porque la noche la interrumpió; pero los wasichus quedaron escarmentados y no atacaron nuestra aldea. Volvieron a sus carros, que se hallaban junto al Goose Creek, y no se movieron de allí.

Oso Erecto habla:🔗

Yo no combatí entonces. Fueron muchos los que no lo hicieron. Los guerreros regresaron en la oscuridad y estábamos todos tan nerviosos que no pudimos dormir aquella noche.

A la mañana siguiente un grupo de unos veinte muchachos fuimos a examinar el sitio del combate. Vimos en primer lugar un caballo muerto y desherrado, luego otro muerto pero herrado, y cerca de este un soldado erizado de flechas. Nos encaminamos hacia el lugar en que los wasichus habían acampado después de la batalla, y encontramos un punto en el cual habían removido la tierra y encendido una enorme fogata. Empezamos a excavar para ver qué habían escondido. Nos pusimos a gatas y apartamos la tierra blanda. Descubrimos al poco una manta que envolvía el cadáver de un soldado, y la tenía atada a las piernas, a la cintura y al cuello. Lo sacamos.

—Esta manta es mía —dijo uno—. La he estado buscando. Me la quedo.

Se la cedimos.

Debajo había otro soldado muerto, cubierto con una manta, y debajo de él otro y otro más. El cuarto era un wasichu moreno (negro). [^177] Decíamos por turno: «Esta manta es mía», y nos la quedábamos. Yo conseguí la quinta, que envolvía a un hombre joven: tenía un anillo con una piedra blanca que brillaba mucho. Le corté el dedo y conservé el anillo mucho tiempo. Uno de los nuestros le arrancó la cabellera a un soldado y volvió al poblado llevándola en el extremo de un palo. [^178] Desde la cima avistamos a los hombres de Tres Estrellas, que se retiraban hacia el Goose Creek. Levantaban a su paso una espesa polvareda. Luego nos fuimos al poblado.

El poblado no se movió del nacimiento del Spring Creek durante varios días. Levantamos finalmente el campamento y nos mudamos al Greasy Grass.