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7. Wasichus en las Black Hills

Durante el verano siguiente, contando yo once años (1874), tuvimos noticia de que se avecinaban nuevos problemas. Nuestra partida había estado acampada junto al Split-Toe Creek, en las Black Hills, y desde allí nos trasladamos hacia el Spring Creek y después al Rapid Creek donde se desborda en la pradera. Aquella tarde, justo antes de la puesta del sol, se alzó en el oeste un nubarrón tormentoso, y poco antes de que el viento embistiese, enjambres de golondrinas [^123] de cola hendida volaron sobre nosotros. Parecían formar parte de mi visión y suscitaron en mí una sensación extraña. Los chiquillos intentaron apedrear a las golondrinas y me apenó que lo hicieran, pero no pude decírselo. Cogí una piedra y fingí que iba a arrojarla, pero no lo hice. Las golondrinas me parecían sagradas. Nadie acertó sobre ninguna y cuando reflexioné comprendí que era imposible que lo lograsen.

Al día siguiente algunas personas construyeron un tipi sudatorio para un chamán llamado Astillas, [^124] que iba a ejecutar una ceremonia y tenía que purificarse antes. Se cuenta que fue el primer hombre que hizo un ornamento sagrado para nuestro gran jefe Caballo Loco. Mientras calentaban las piedras para el tipi sudatorio, algunos muchachos me invitaron a acompañarlos en una cacería de ardillas. Salimos del poblado y estaba a punto de disparar contra uno de aquellos animalillos, cuando me sobrecogió un gran malestar repentinamente. Tuve que sentarme, con una sensación muy rara y me quedé allí reflexionando. En ello estaba cuando oí una voz que me gritaba: «¡Vuelve enseguida! ¡Vuelve a casa!». Les dije a los muchachos que debíamos regresar inmediatamente y volvimos corriendo. Llegamos en el momento en que, en medio de un gran nerviosismo, se levantaba el campamento, se recogían los caballos y se cargaban las narrias. Me enteré de que una voz había ordenado a Astillas, en el tipi sudatorio, que la partida huyera sin pérdida de tiempo, porque algo iba a ocurrir allí.

Al emprender la marcha, casi estaba anocheciendo y avanzamos sin cesar durante la noche hacia el Spring Creek y después nos desviamos hacia el brazo meridional del río Good. Fui gran parte del viaje en la narria, pues el sueño me impedía cabalgar. Nos detuvimos en el Good por la mañana, pero solo para comer. Continuamos huyendo río arriba durante todo el día, hasta que llegamos a la boca del Horse Creek. [^125] Nos disponíamos a quedarnos en aquel paraje, cuando los exploradores nos avisaron de que habían aparecido muchos soldados en las Black Hills, lo que coincidía con la visión de Astillas en el tipi sudatorio. [^126] Así que marchamos durante toda la noche hacia el río Smoky Earth (el White). Me desperté en él siendo de día. Acampamos un rato para comer y recorrimos a lo largo del Smoky Earth la distancia de dos etapas, hasta Robinson, temerosos de los soldados que pudiera haber por allí.

Supe posteriormente que Pahuska [^127] había llevado aquel verano a sus guerreros a las Black Hills para ver qué encontraba. No tenía derecho a hacerlo, porque toda aquella región nos pertenecía. Los wasichus habían pactado con Nube Roja (1868) que sería nuestra mientras la hierba creciera y el agua corriese. Más tarde supe que Pahuska había encontrado en los montes gran cantidad del oro amarillo que enloquece a los wasichus. [^128] Tal fue la causa de las desventuras, lo mismo que antes, cuando perecieron los cien.

Nosotros sabíamos de la existencia en las Black Hills de trocitos de aquel metal amarillo: nos era indiferente, porque no tenía utilidad alguna.

Permanecimos todo el invierno en la Ciudad de los Soldados y las desdichas se iban acumulando: pues en otoño nos enteramos de que algunos wasichus, llegados del río Misuri, estaban excavando en las Black Hills en busca del metal amarillo, porque Pahuska había esparcido un rumor que llegó a todas partes. Acabaría muriendo por ello. [^129]

La gente estuvo hablando sobre aquello durante todo el invierno. Caballo Loco estaba en la comarca del río Powder y Toro Sentado [^130] en algún lugar al norte de las Black Hills. Los nuestros, en la Ciudad de los Soldados, pensaban que debían congregarse con el fin de hacer algo. Los de Nube Roja contaron que los soldados habían ido a expulsar a los buscadores, pero nosotros, que éramos visitantes, no lo creíamos. Llamábamos a la partida de Nube Roja «Los Que No Se Mueven del Fuerte» [^131] y los acusábamos de apoyar a los wasichus, y sabíamos que perderíamos las Black Hills si no hacíamos algo al respecto.

En la primavera, contando yo doce años (1875), aparecieron más soldados con sus caravanas en la Ciudad de los Soldados, junto a la desembocadura del río Laramie, [^132] y se dirigieron hacia las Black Hills.

Mucho se habló aquel verano, y en la Luna de Engordar (junio), [^133] hubo una danza del sol en la Ciudad de los Soldados [^134] para dar fuerza al pueblo; pero no participó mucha gente, tal vez por el nerviosismo generado por tantos rumores. Me acuerdo de dos hombres que bailaron juntos. Uno había perdido una pierna en la batalla de los Cien Muertos, y el otro un ojo en el Ataque a los Carros, de manera que no tenían más que tres ojos y tres piernas entre los dos para danzar. Los chicos bajamos al río durante la ceremonia, cogimos hojas del olmo, las masticamos y las tiramos a los que bailaban, que llevaban sus mejores atuendos para impresionar a los demás. Incluso lo repetimos en personas ancianas y nadie se enfadó, pues había que mostrar paciencia y resistencia ante todo trance. Así que tuvieron que soportar nuestras bromas también. [^135] Más tarde hablaré de la danza solar, cuando sea oportuno.

En la Luna en que los Terneros Crían Pelo (septiembre) [^136] hubo una gran asamblea con los wasichus en el río Smoky Earth, en la confluencia con el White Clay Creek. [^137] Lo recuerdo bien, aunque apenas entendí casi nada. Estuvieron presentes muchos lakotas, y también los shyelas y los nubes azules; [^138] Caballo Loco y Toro Sentado no asistieron a ella. En el centro del círculo había un toldo de tela. Bajo él se sentaron y hablaron los representantes, rodeados de una muchedumbre a pie y a caballo. Hablaron y hablaron durante días, y al final fue como el soplo del viento. Pregunté a mi padre de qué discutían, y me explicó que el Gran Padre de Washington [^139] quería alquilar las Black Hills a los wasichus para que extrajeran metal amarillo y que el jefe de los soldados había afirmado que si no accedíamos los montes serían como nieve que se deshace en nuestras manos, porque los wasichus nos los arrebatarían de cualquier modo.

Aquello me puso muy triste. Era un paraje muy bueno para jugar y la gente siempre se sentía feliz en él. Pensé asimismo en mi visión y cómo los espíritus me habían conducido por allí hacia el centro del mundo.

Después de la asamblea nos enteramos de que ríos y ríos de wasichus penetraban en las Black Hills, anegándolas, y que ya edificaban ciudades en ellas. Aquello presagiaba lo peor. Nuestra partida se fue para unirse a Caballo Loco en el río Powder. Acampamos en Horse-Head Creek, y después en el War Bonnet, tras cruzar el antiguo camino wasichu, [^140] el mismo que motivó otrora la muerte de los cien. La hierba crecía en él. Acampamos posteriormente en el Sage Creek, luego en el Beaver y en Driftwood Creek, y volvimos de nuevo al Llano de los Pinos, al borde de las Black Hills.

Las noches eran frías y los días claros y tranquilos. Durante nuestra estancia en aquel lugar, subí solo a los montes y me quedé sentado largo tiempo debajo de un árbol. Pensaba que tal vez la visión se repitiera y pudiera contarme cómo podía salvar aquellas tierras para mi pueblo; mas no vi nada con seguridad.

[^141]

Aquello me apenó; no obstante, días después, ocurrió algo que me devolvió la alegría. Habíamos ido al Taking-the-Crow-Horses Creek, donde encontramos muchos bisontes, hicimos acopio de carne y curtimos muchas pieles para el invierno. Había en nuestra partida un hombre llamado Gordo, que se jactaba siempre de la rapidez de su montura. Un día, acampando en dicho lugar, le dije a Gordo que mi caballo corría más que el suyo, y se rio de mí y me contestó que únicamente los cuervos y los coyotes podrían creer en las bondades de mi caballo. [^142] Le pregunté qué me daría si mi caballo le ganaba al suyo y me contestó que un poco de medicina negra (café). Así que galopamos a la carrera y me gané la medicina negra. Mientras corríamos pensé sin tregua en el ala blanca del viento que el Segundo Antepasado me había entregado en la visión. Tal vez parte de su poder fue transmitida a las patas de mi caballo.

En el Kills-Himself Creek logramos más carne y pieles y ya estábamos preparados para unirnos al campamento de Caballo Loco en el Powder. Nos acompañaban algunos de Los Que No Se Mueven del Fuerte, que al ver que nos reuníamos con nuestro jefe, nos abandonaron y se regresaron a la Ciudad de los Soldados. Temían que hubiera alguna escaramuza y sabían que Caballo Loco acabaría por guerrear y ellos preferían estar en buenos términos con los wasichus. No simpatizábamos mucho con ellos. [^143]

No teníamos consejeros, ya que nuestra partida era reducida, y los muchachos íbamos a donde se nos antojaba durante la marcha. Un día, camino del río Powder, iba en la vanguardia con Roba Caballos, un chico de mi edad, y descubrimos huellas. Las seguimos y en una loma, junto a un riachuelo, vimos a un lakota tendido en el suelo. Descabalgamos y lo examinamos: estaba muerto. Se llamaba Raíz En la Cola e intentaba reunirse con sus parientes en el río Tongue cuando falleció. Era ya anciano y estaba preparado para morir, por lo que se tumbó en la tierra y murió allí, sin más, antes siquiera de despedirse de sus parientes.

Más adelante, entramos en la aldea del río Powder y acampamos en un extremo de la misma, aguas abajo. Yo estaba ansioso de ver nuevamente a mi primo Caballo Loco, porque entonces, cuando el peligro parecía acercarse, todos hablaban de él más que nunca y parecía más importante que nunca antes. Además, yo también me había hecho mayor.

Le había visto de tanto en tanto, o eso recordaba, ciertamente, y había oído relatar sus proezas. Me acuerdo de una hazaña en la que él y su hermano cabalgaban solos y un nutrido grupo de crows los atacaron, y tuvieron que huir. Y mientras galopaban, con todos aquellos crows detrás de ellos, Caballo Loco oyó gritar a su hermano; y cuando se volvió, la montura de su hermano había caído y los perseguidores se le echaban encima. Y contaban cómo Caballo Loco se precipitó en medio de los crows y los repelió únicamente con un arco y flechas, sentó a su hermano detrás de él y escapó. [^144] Su poder sagrado era lo que espantaba a los crows cuando se abalanzaba sobre ellos. Y la gente contaba historias sobre su infancia, cuando siempre acompañaba a Joroba, que era mayor. [^145] Joroba ya no era joven, y era un gran guerrero, quizá el más grande que hubo hasta entonces. A todos les extrañaba que el muchacho y el anciano estuvieran siempre juntos; pero yo creo que Joroba sabía que Caballo Loco sería un héroe y deseaba enseñarle cuanto sabía.

El padre de Caballo Loco era primo de mi padre. No hubo jefes en nuestra familia antes de mi primo segundo, pero sí santos; y se convirtió en jefe a causa del poder que le confirió una visión en su infancia. Mi padre, cuando fui hombre, me contó parte de esa visión. Me dijo que Caballo Loco se trasladó en sueños al mundo en el que no hay sino el espíritu de todas las cosas, el mundo real que oculta el presente. Todo lo que vemos en este no es más que una sombra de aquel. Iba a caballo por aquel mundo, y tanto su montura y él mismo como los árboles y las hierbas y las piedras y lo demás eran espíritu, y nada parecía sólido y todo parecía flotar. Su corcel estaba quieto, pero se movía y danzaba como si estuviera hecho de sombra. Así obtuvo su nombre, lo que no significa que su caballo estuviera loco o fuese indómito, sino que en la visión danzaba de un modo muy particular. [^146]

Aquella visión le concedió gran poder, porque, en los combates, le bastaba pensar en aquel mundo para hallarse en él, y podía afrontar cualquier cosa sin sufrir daño alguno. Hasta que los wasichus lo asesinaron en la Ciudad de los Soldados en el río White, únicamente fue herido dos veces, una accidentalmente, y ambas por gente de su bando, de los que no desconfiaba, y de los que, por lo tanto, no se lo esperaba; jamás fue alcanzado por el enemigo. Tenía quince años cuando fue herido por accidente; en la segunda ocasión se debió a que era un joven apuesto y otro hombre sentía celos de él porque le gustaba a su mujer. [^147]

Se contaba también que siempre portaba una piedra sagrada como una que había visto en sus visiones, y que si estaba en peligro, la piedra se hacía muy pesada y le protegía. Por ello, aseguraban, no le duraban mucho los caballos. No sé si esto era cierto; quizá la gente se lo inventaba. Pero sí que era cierto que nunca conservaba mucho tiempo la misma montura. Las derrengaba. Yo creo que solo el poder de su gran visión le confería dicha grandeza.

Con anterioridad a estos hechos, a veces se fijaba en mí y me contaba cosas; de tanto en tanto le decía al pregonero me invitase a comer con él en su tipi. Entonces me decía cosas para picarme, medio en broma, pero yo no replicaba porque creo que le tenía un poco de miedo. No era miedo a que me hiciera daño, sino miedo a secas. Todo el mundo sentía lo mismo ante él, porque era un hombre extraño, capaz de recorrer la aldea sin fijarse en los pobladores o sin decir una palabra. En su tipi siempre estaba de broma, y cuando iba por el sendero de la guerra con pocos hombres, también hacía todo tipo de bromas para que los guerreros se sintieran a gusto. Pero en el poblado apenas le hacía caso a nadie, excepto a los niños. Los lakotas son aficionados a danzar y cantar; él, sin embargo, nunca se unía a los bailes y dicen que nadie le oyó cantar nunca. Todo el mundo le tenía respeto, no obstante, y hacían lo que deseaba o iban a donde él decía. Era pequeño para ser lakota, y delgaducho, de rasgos marcados y ojos que atravesaban las cosas, y siempre parecía estar meditando. Jamás quiso poseer mucho; siendo jefe, tenía pocos caballos. Se decía que, cuando la caza escaseaba y el pueblo pasaba hambre, dejaba de comer. Era extraño, repito. Tal vez anduviera siempre entre este mundo y el mundo de su visión. Pero era un gran hombre, y pienso que si los wasichus no le hubieran asesinado, quizá las Black Hills serían aún nuestras y viviríamos felices. No pudieron matarle en el campo de batalla. Tuvieron que mentirle y darle muerte alevosa. Y no tenía más de treinta años cuando lo mataron. [^148]

Un día, después de haber acampado junto al río Powder, fui aguas arriba para verle, pero su tipi estaba vacío. Había ido a algún sitio, acaso con una partida de guerra contra los crows, porque estábamos cerca de ellos y habíamos de vigilarlos constantemente. Le encontré más tarde. Me pasó el brazo por el hombro, me entró en su tipi y nos sentamos. No me acuerdo de lo que dijo, pero apenas me dijo nada y tampoco intentó incordiarme. Tal vez pensase en las desventuras que ya intuía.

No permanecimos juntos mucho tiempo. Nos dispersamos para que tanto nosotros como los animales tuviéramos comida en abundancia. Caballo Loco mantuvo su aldea, unos cien tipis, en el río Powder, y nuestra partida acampó junto al Tongue. Construimos un corral de estacas para que los caballos pasaran allí las noches y los vigilábamos constantemente, porque los crows eran magníficos cuatreros. Debíamos tener mucho cuidado. Las mujeres talaban álamos de día y alimentaban a los caballos con su corteza de noche. A los caballos les encantaba, se ponían fuertes y se les abrillantaba el pelo.

El centinela tenía preparado un tipi en la entrada del corral y una noche se quedó allí Nariz de Cuervo con su mujer. El tipi poseía un agujero para vigilar. Después de un rato, Nariz de Cuervo, viendo que se quedaba dormido, despertó a su mujer y le encargó que estuviera alerta mientras él descansaba un rato.

Su esposa advirtió que algo oscuro se movía con cautela en la nieve y llamó a su marido.

—Hombre, será mejor que despierte —murmuró—. Me ha parecido ver algo.

Nariz de Cuervo se incorporó y lo comprobó. En efecto, una persona recorría el corral a la luz de las estrellas en busca del mejor caballo. Le ordenó a su mujer que se quedara vigilando a través del agujero y que le avisara cuando el ladrón saliera con el animal; después se tendió en la abertura del tipi con el cañón de su fusil asomando por debajo del faldón de la entrada. Un poco después oyeron al fin que alguien levantaba la barra de la boca del corral. Cuando su mujer le avisó, Nariz de Cuervo sacó la cabeza y vio que el cuatrero se disponía a montar. Se recortaba como un bulto negro en el cielo; Nariz de Cuervo disparó y la detonación puso en pie a todo el campamento y llegaron corriendo muchos hombres con armas de fuego y garrotes. Camisa Amarilla fue el primero en tocar ceremonialmente al crow muerto [^149] y los demás le imitaron. Quien mata a un enemigo no debe tocarle, pues ya ha tenido el honor de darle muerte. Debe ceder el contar el golpe a otro. Un montón de garrotes descansaba junto al crow y las mujeres le habían cortado con las hachas y dispersado sus trozos por el terreno. Estaba destrozado; era horrible. La gente encendió una hoguera allí mismo junto al crow y bailamos la danza de la muerte. [^150] Hombres, mujeres y niños danzaron en plena noche y cantaron cómo Nariz de Cuervo le había matado y cómo Camisa Amarilla había contado el primer golpe.

Enseguida amaneció y el pregonero anunció que nos mudaríamos al lugar en que había fallecido Raíz En la Cola. Nariz de Cuervo se preparó para la guerra, se pintó la cara de negro y montó el caballo que el enemigo había intentado robar. Cuando los varones se pintan el rostro de negro, [^151] las mujeres se alborozan y emiten sus grititos de trémolo, pues significa que sus maridos van a matar enemigos.

Una vez hubimos acampado de nuevo, uno de los haraganes de Nube Roja, que había emprendido el regreso a la Ciudad de los Soldados porque temía que hubiese alguna escaramuza, volvió diciendo que los crows habían matado a todo su grupo mientras dormía, y que solo él se había salvado por haber estado explorando el terreno en aquel momento.

Durante el invierno recibimos mensajeros de los wasichus insistiendo en que fuéramos a la Ciudad de los Soldados o tendríamos problemas. Pero era una estupidez porque hacía mucho frío y muchos de los nuestros y de nuestros caballos habrían muerto en la nieve. Además, estábamos en nuestras tierras y no hacíamos daño a nadie. [^152]

Cuando estaba a punto de acabar la Luna de los Terneros Castaños (febrero) [^153] hubo una intensa helada y nuestra reducida partida se encaminó a la Ciudad de los Soldados, pero el frío se agravó antes de que llegáramos a ella. Caballo Loco continuó con su centenar de tipis junto al Powder, y mediada la Luna del Cegado por la Nieve (marzo) [^154] sucedió algo malo. Alboreaba. Soplaba una ventisca y reinaba una temperatura glacial. La gente dormía. De pronto hubo un tiroteo y unos caballos salieron al galope a través del poblado. Era la caballería de los wasichus, que gritaban, disparaban y embestían con sus monturas contra los tipis. Todo el mundo salió corriendo, aun medio dormidos, aterrados. Los soldados mataron a tantas mujeres y niños y hombres como pudieron mientras los fugitivos huían hacia un peñasco. Los soldados les prendieron fuego a algunos tipis y derribaron los restantes. Pero cuando la gente estuvo junto a aquel peñasco, Caballo Loco dijo algo, y todos los guerreros empezaron a gritar el canto de la muerte [^155] y cargaron contra los soldados; estos emprendieron la carrera, empujando delante de sí muchos corceles de nuestra nación. Caballo Loco los persiguió durante todo el día con una banda de guerreros, y aquella noche les arrebató los animales robados, y algunos pertenecientes a los agresores, y los devolvió a la aldea. [^156] Aquella gente estaba en su tierra y no perjudicaba a nadie. Solo querían que los dejaran en paz. No supimos lo ocurrido hasta más tarde; pero en la Ciudad de los Soldados nos enteramos de lo suficiente como para pintarnos las caras de negro. [^157]