6. Los amores de Caballo Alto
Antiguamente, ya sabes, no resultaba fácil encontrar una mujer si querías casarte. Antes, los jóvenes, para lograrlo, teníamos que soportar muchas cosas. Imagínate que el joven soy yo y que he visto una muchacha tan hermosa que me pongo enfermo solo de pensar en ella. No puedo abordarla y contárselo y casarnos así sin más en caso de que ella me aceptara. He de ser muy astuto si quiero siquiera hablarle, y una vez le he hablado, no es más que el principio. [^121]
Probablemente he sufrido durante mucho tiempo por una chica porque la quiero mucho y ella ni siquiera me mira, y, encima, sus padres la vigilan estrechamente. Me siento cada vez peor; por lo tanto, me acerco a escondidas de noche hasta su tipi, y espero a que salga. Quizás haya de esperar la noche entera, sin dormir, hasta que salga; o tal vez ella ni aparece. Entonces me pongo todavía más enfermo.
Acaso me da por ocultarme entre la maleza, junto al manantial al que ella va a buscar agua. Y cuando llega, si no hay nadie en los alrededores, salgo de mi escondite, la cojo de las manos y la obligo a escucharme. Puedo saber si le gusto por cómo se comporta, porque se mostrará tímida y tal vez no pronuncie una sola palabra o ni siquiera se atreva a mirarme. Así pues, la suelto y sigo merodeándola hasta que vea a su padre solo y pueda decirle cuántos caballos puedo darle a cambio de su hermosa hija. En ese momento sufro ya tanto que le daría todos los caballos del mundo si los tuviera.
Pues bien, el joven de que hablo se llamaba Caballo Alto. Ha bía una joven en la aldea que le parecía tan preciosa que se ponía cada vez más enfermo a fuerza de pensar en ella y empeoraba a medida que pasaban los días. La muchacha era muy tímida; sus padres la adoraban porque habían perdido la juventud y no tenían otro descendiente. Por ello, la vigilaban todo el día y procuraban por encima de todas las cosas que estuviera segura incluso de noche, cuando ellos dormían. Tanto era su amor por ella, que le hicieron un lecho de cuero para que descansase, y, cuando se enteraron de que Caballo Alto la rondaba, la ataron con correas a la cama por las noches para evitar que la raptaran mientras ellos dormían, pues no estaban muy seguros de que la hija no quisiera que la secuestraran.
Después de mucho merodear, esconderse, esperar y perder la poca salud que le quedaba, Caballo Alto logró sorprenderla y consiguió hablar con ella. Así supo que acaso a ella él también le gustaba un poco. Desde luego, aquello no le hizo sentir mejor, sino que se puso aún más enfermo, pero se sentía más valiente que un bisonte macho, y abordó al padre y le dijo que amaba tanto a su hija que le daría dos caballos por su mano: uno joven y otro no demasiado viejo.
El anciano hizo un ademán indicando a Caballo Alto que dejase de decir tonterías y que se fuese.
Caballo Alto se sintió todavía peor. Otro joven se brindó a prestarle dos caballos. Cuando tuviera más caballos, le dijo, se los devolvería por los que le había prestado.
Cuando volvió a ver al anciano, Caballo Alto le anunció que le entregaría cuatro corceles por la chica, dos de ellos jóvenes y otros dos no demasiado viejos. Pero el anciano hizo un gesto con la mano para que se apartara y no dijo palabra alguna.
Así que Caballo Alto siguió merodeando a la chica hasta que logró hablar con ella y le pidió que huyera con él. Le dijo también que si no accedía, se desplomaría allí mismo sin vida. Pero ella se negó; quería que la compraran como a cualquier mujer decente. [^122] Como se ve, ella también se tenía a sí misma en gran estima.
Caballo Alto se puso tan enfermo que apenas podía siquiera comer y andaba de un lado para otro con la cabeza gacha, como si estuviera a punto de caer muerto.
Venado Rojo era íntimo amigo de Caballo Alto, siempre iban juntos de aquí para allá. Cuando vio cómo estaba su amigo le preguntó:
—¿Qué te sucede, primo? ¿Te duele la barriga? Tienes aspecto de estar agonizando.
Caballo Alto le contó lo que le ocurría y le dijo que no podría vivir mucho más tiempo si aquella chica no se casaba con él inmediatamente. Venado Rojo se quedó pensativo durante un rato y luego dijo:
—Primo, tengo un plan —anunció—. Si eres lo bastante hombre para hacer lo que te digo, todo se arreglará. No quiere huir contigo, su padre no acepta cuatro caballos, y cuatro caballos son todo lo que tienes. Debes raptarla y huir con ella. Regresa al cabo de cierto tiempo y el viejo se cruzará de brazos porque será tu mujer. Probablemente eso es lo que ella quiere de todos modos.
Así que planearon lo que Caballo Alto tenía que hacer y este aseguró que amaba tanto a la joven que haría todo lo que Venado Rojo, o cualquiera otra persona, le recomendase.
Y he aquí lo que llevaron a cabo.
Bien entrada la noche llegaron en silencio al tipi de la muchacha y aguardaron hasta que en el interior los sonidos revelaron que el viejo, la vieja y la moza estaban profundamente dormidos. Entonces Caballo Alto se arrastró por debajo del faldón del tipi con un cuchillo. Antes que nada, tuvo que cortar las correas de cuero crudo. Venado Rojo, que tenía que arrancar las estacas de sujeción de aquella parte del tipi, le ayudaría también a sacar a rastras a la muchacha y a amordazarla. Después, Caballo Alto la echaría sobre el caballo, delante de él, y escaparía al galope y sería dichoso con ella eternamente.
Cuando Caballo Alto reptó al interior de la vivienda, estaba tan nervioso que podía oír el retumbar de su corazón y le extrañaba que aquel ruido no despertase a los viejos. Pero no fue así y al cabo de un rato, empezó a cortar las correas. Cada vez que cortaba una, sonaba un sordo estallido que le daba un susto de muerte. De todos modos, progresaba y se iba desembarazando de las correas hasta llegar hasta los muslos de la doncella; su nerviosismo, sin embargo, aumentó de repente, así que se le escapó el cuchillo y se lo clavó a la muchacha. Ella gritó, fieramente. Caballo Alto salió disparado y corría con Venado Rojo como si fueran antílopes. El anciano y otras personas los persiguieron, pero los mozos se perdieron en la oscuridad y nadie pudo reconocerlos.
Ahora bien, si habéis amado a alguna vez a una hermosa joven, comprenderéis cómo se sentía Caballo Alto. Se puso muy enfermo y parecía que se iba a morir de hambre incluso antes de caerse muerto de puro malestar.
Venado Rojo reflexionó y se acercó a su amigo pocos días después.
—¡Anímate, primo! —dijo—. Tengo otro plan. Estoy convencido de que, si eres bastante hombre, esta vez la raptaremos.
—Soy lo bastante hombre para hacer lo que se le ocurra a cualquiera, con tal de conseguir a esa chica.
Y he aquí lo que hicieron.
Se fueron de la aldea y Venado Rojo le ordenó a Caballo Alto que se desnudara. Le pintó de blanco de pies a cabeza, y después trazó franjas negras sobre lo blanco y anillos negros alrededor de los ojos. Caballo Alto daba miedo. Daba tanto miedo que, cuando acabó su tarea y retrocedió para observar su obra, el propio Venado Rojo confesó que se dio un buen susto:
—Si ahora vuelven a sorprenderte —dijo—, se quedarán espantados pensando que eres un espíritu malo y no se atreverán a perseguirte.
Así que estando muy avanzada la noche, mientras todas las gentes del poblado dormían profundamente, se acercaron arrastrándose hasta el tipi de la muchacha. Caballo Alto, otra vez, se metió en él con su cuchillo, y Venado Rojo esperó fuera, dispuesto a sacar a la moza y a amordazarla cuando su amigo hubiese cortado todas las correas.
Caballo Alto llegó junto al lecho de la muchacha y empezó a partir las tiras de cuero. Pero no podía parar de pensar: «Si me ven, dispararán contra mí porque soy un espantajo». La muchacha estaba dormida, pero se agitaba, inquieta; y cada correa restallaba al ser cortada. Por ello, Caballo Alto se movía despacio y con cuidado.
No obstante, debió de hacer algún ruido, pues la madre se despertó repentinamente y le dijo a su marido:
—¡Despierta, viejo! ¡Hay alguien en el tipi!
Pero el anciano tenía mucho sueño y no quería que le molestasen.
—Claro que hay alguien en el tipi. Duérmete y déjame en paz.
Y siguió roncando.
Caballo Alto estaba tan asustado que se mantenía inmóvil y tan pegado al suelo como podía. Pero, en fin, hay que entenderlo, hacía mucho tiempo que no dormía bien por las penas de amor. Y mientras aguardaba tumbado en el suelo a que la vieja volviera a roncar de nuevo, se olvidó de todo, incluso de la belleza de la muchacha. Venado Rojo, apostado en el exterior para cumplir su parte, no cesaba de preguntarse qué podía estar ocurriendo dentro; pero no se atrevía a llamar a su camarada.
Poco más tarde empezó a amanecer. Venado Rojo tuvo que irse con los dos caballos que había trabado allí para su amigo y su amada, para que nadie le viera.
Así que se marchó.
La moza se despertó cuando la luz comenzó a filtrarse en el tipi y lo primero que vio fue un animal espantoso, todo blanco con rayas negras, dormido en el suelo junto a su lecho. Gritó, y la vieja gritó, y el padre gritó también. Caballo Alto se levantó de un brinco, mortalmente aterrado, y casi derribó el tipi en la premura de su huida.
La gente acudió desde todos los rincones del poblado con escopetas y arcos y hachas. Todo el mundo chillaba.
Caballo Alto corría a tanta velocidad que apenas tocaba la tierra. Su terrible aspecto hacía que las personas se apartaran de él, facilitando su huida. Varios guerreros quisieron disparar contra él, pero los demás opinaron que podría ser algún ser sagrado, cuya muerte les podría ocasionar grandes desgracias.
Caballo Alto se dirigió hacia el río, que estaba cerca, y se escondió en un tronco hueco que había en la espesura. Los guerreros no tardaron en aparecer y les oyó decir que era un mal espíritu salido del agua y que había regresado a ella.
Aquella misma mañana la gente recibió la orden de levantar el campamento y alejarse de aquel lugar. Se marcharon, por tanto, mientras Caballo Alto seguía oculto en el tronco hueco.
Venado Rojo había observado los sucesos desde su tipi, procurando mostrarse tan sorprendido y asustado como el resto de los pobladores. Al emprender el campamento el camino de partida, retrocedió al sitio en que había visto desaparecer a su camarada. Cuando llegó a la espesura llamó a Caballo Alto y este le respondió al reconocer su voz. Lavaron la pintura del cuerpo de Caballo Alto y se sentaron en la orilla del río a sopesar sus penurias.
Caballo Alto prometió no volver a la aldea en el resto de su vida y afirmó que no le importaba lo que pudiera sucederle a partir de ese momento. Estaba dispuesto a recorrer el sendero de la guerra.
—No, primo, no recorrerás solo el sendero de la guerra, porque yo te acompañaré —dijo Venado Rojo.
Así que Venado Rojo arregló lo que era pertinente y emprendieron de noche el sendero de la guerra sin más compañía. Varios días más tarde llegaron al atardecer a un campamento crow. Cerrada la noche, se arrastraron hasta el lugar en que pastaban los caballos, mataron al guarda, que no estaba alerta pensando en enemigos, seguro de que los lakotas andaban muy lejos, y se llevaron un centenar de corceles.
Tenían mucha ventaja porque todos los caballos crows salieron en estampida y sería probablemente ya de mañana antes de que los guerreros adversarios pudieran hacerse con algunos para emprender la persecución. Venado Rojo y su camarada tardaron tres días y tres noches en llevar el hato hasta su aldea. Guiaron los animales por todo el poblado y luego los dirigieron hacia el tipi de la muchacha. El anciano estaba en él. Caballo Alto le preguntó con voz sonora si bastarían aquellos corceles para obtener a su hija. El viejo no le despidió entonces con un ademán. No le importaban los caballos. Deseaba un hijo que fuese hombre de veras, un hombre capaz de grandes cosas.
De esta manera Caballo Alto consiguió a su amada y yo creo que la merecía.