5. En la Ciudad de los Soldados
Cuando la carne estuvo seca, las seis partidas [^111] de nuestra nación, que se habían congregado en el momento de mi gran visión, levantaron el campamento en la desembocadura del Willow Creek y se dispersaron en todas las direcciones. Una fracción de nuestra partida, los oglalas, se dirigió hacia el sur, a la Ciudad de los Soldados [^112] , junto al río Smoky Earth (el White), donde vivían parientes nuestros. Queríamos verlos para celebrar un banquete en el que hubiese aguiapi y paezhuta sapa con chahumpi ska. [^113] El resto de los oglalas permaneció por aquellas tierras con Caballo Loco, que se negaba a tener trato con los wasichus. Aquello ocurrió cuando ya estaba entrada la Luna en que las Cerezas Están Maduras (julio), [^114] los pequeños nos divertíamos mucho jugando. No éramos muchos, pero jugábamos todos juntos. Yo apenas pensaba ya en mi visión. Aquella sensación extraña había dejado de inquietarme y ya no pasaba tantas vergüenzas; aun así, cuando se acercaba en el horizonte alguna tormenta, yo enseguida me alegraba, pues sentía como si alguien viniera a visitarme.
Acampamos primeramente a orillas del río Powder, y después en la cabecera del brazo septentrional del río Good (el Cheyenne), donde se alza un gran butte, llamado por nosotros Siéntase Con Un Joven, porque hay otro de menor altura a su lado. [^115] Fuimos a acampar al lado del Driftwood Creek y después en el Llano de los Pinos, y luego en la ribera del Plum Creek. Cuando llegamos a este las ciruelas estaban ya cogiendo color, pero aún no estaban maduras. Mi abuelo cogió algunas muy grandes; tenían buen sabor. Cuando llegamos a War Bonnet Creek, que no está muy lejos de la Ciudad de los Soldados, nos estaban esperando allí mi tía y otros parientes con pan y café, y celebramos un gran festín. Estuve enfermo toda aquella noche, y al día siguiente mis padres me acomodaron en una narria, pues temían que aquella vez no me librase de la muerte. Pero creo que se debió al mucho pan y al mucho café, y quizá a las ciruelas. Acampamos de nuevo en Hips Hill; nos acompañaban ya en aquel momento la mayoría de los nuestros que vivían en la Ciudad de los Soldados. Al día siguiente prosiguieron la marcha unos veinte tipis y el resto los aguardó en aquel lugar. Nos quedamos con nuestros parientes en White Butte, [^116] cerca de la Ciudad de los Soldados, y allí pasamos todo el invierno, pasándolo en grande deslizándonos por las laderas en trineos hechos de quijadas y costillas de bisonte atadas con correas de cuero crudo*.*
Aquel invierno cumplí diez años. Fue la primera ocasión en que vi a un wasichu. Al principio pensaba que estaban todos enfermos. Me asustaba también la idea de que pudieran comenzar a luchar contra nosotros de un momento a otro, pero poco a poco me fui acostumbrando a ellos.
En aquel invierno, uno de nuestros muchachos trepó por el asta de la bandera y la cortó cerca del extremo. Aquello nos puso en un aprieto tremendo, pues los soldados nos rodearon apuntándonos con sus fusiles. No obstante, Nube Roja, que vivía allí, se encaró, desarmado, con ellos y habló con los wasichus y con nosotros. Dijo que el muchacho no debía ser castigado y les dijo a los wasichus que era una tontería que hombres hechos y derechos quisieran matar a personas adultas por culpa de las travesuras de sus niños; y les preguntó si jamás habían hecho alguna tontería, como si fuera un juego, cuando eran chiquillos. Así que no pasó nada. [^117]
Nube Roja era un gran jefe y pertenecía al grupo de los oglalas. En aquella época estaba ya cansado de luchar. Después del tratado que firmó con los wasichus cinco años antes (1868), no volvió a guerrear. Vivía con su partida, los Bad Faces —malas caras—, en la Ciudad de los Soldados. Caballo Loco también era de los oglalas. Creo que fue el mejor jefe que jamás haya existido. [^118]
En la Luna de la Aparición de la Hierba Roja (abril), unas treinta familias de los nuestros levantaron el campamento y se dirigieron hacia las Black Hills para cortar pértigas para tipis. [^119] Recorrimos el Horse-Head-Cutting Creek hasta su desembocadura. Estábamos acampados allí cuando, un día en que me hallaba, a solas, lejos del poblado, oí el silbido de un águila moteada. Levanté los ojos y allí estaba, cerniéndose sobre mí. Aquella extraña sensación se apode ró nuevamente de mí, con mayor fuerza, y por un instante me pareció que estaba nuevamente en el mundo de mi visión.
Desde allí nos trasladamos a Buffalo Gap, a los pies de las Black Hills. Mi padre y yo fuimos en busca de venados. Subimos por entre los troncos de los árboles hasta la cumbre de un monte. A mi padre le costaba gran esfuerzo el ascenso, porque se había quedado cojo por una herida en la batalla de los Cien Muertos. Una vez en la cima, miró hacia abajo y dijo:
—Un poco más allá hay algunos. Quédate aquí, que yo iré a colocarme detrás de ellos.
Aquella extraña sensación volvió a surgir en mi interior.
—No, padre, no te muevas —exclamé sin saber por qué—. Los están empujando hacia aquí.
Mi padre me miró fijamente.
— ¿Quiénes los están empujando? —preguntó.
No pude responder; y, después de examinarme otra vez fijamente, mi padre accedió.
—Está bien, hijo.
Nos tumbamos en la hierba y esperamos. Los venados llegaron hasta nosotros y mi padre se cobró dos piezas.
Mientras los descuartizábamos, y yo comía de sus hígados, me sentí mal por la muerte de aquellos animales y pensé que debíamos hacer algo en señal de agradecimiento.
—Padre, ¿por qué no ofrecemos uno a las alimañas? —dije.
Me observó atentamente durante bastante tiempo. Colocó después un venado con la cabeza hacia el este y, mirando al oeste, levantó la mano y gritó: «¡Eh, eh!» cuatro veces, y a modo de rezo, dijo:
—¡Antepasado, Gran Espíritu, contémplame! A todas las alimañas que comen carne ofrezco esta, para que mi gente viva y los niños crezcan en la abundancia.
Fue otro verano dichoso, pues todavía no había grandes problemas. Cortamos muchas pértigas de tipi a lo largo de los arroyos que bajaban por el lado oriental de las Black Hills. Comíamos todo lo que queríamos, porque aquellos montes eran una especie de enorme reserva de alimentos para nuestro pueblo. Toro de Hierro, un chiquillo de mi edad, y yo nos divertíamos muchísimo pescando. Siempre ofrecíamos el cebo a los peces con estas palabras: «Tú, que estás bajo el agua con alas rojas, te ofrezco esto; ven a nosotros». Después, una vez pescado el primero, lo colocábamos en una rama ahorquillada y lo besábamos. Estábamos seguros de que, si no hacíamos eso, los demás lo sabrían y nos esquivarían. Si capturábamos un pececillo, le dábamos un beso y lo devolvíamos al agua, para que no asustase a los más grandes. Ignoro la eficacia del procedimiento, pero siempre pescábamos mucho y nuestros padres estaban orgullosos de nosotros. Por la misma razón, intentábamos que nuestra pesca fuese copiosa para que los demás también nos admirasen.
Había un hombre llamado Watanye, [^120] notable por su destreza en la pesca con lanza, el cual tenía los labios tan cuarteados que nunca osaba siquiera sonreír. Los tenía completamente agrietados. La gente procuraba arrancarle una carcajada, pero él los evitaba.
—Hermanito, te enseñaré a alancear peces —me dijo un día.
Fuimos un día al riachuelo. En un remanso había un pez así de largo (un codo).
—Aprieta la lanza y apunta a lo hondo, porque siempre están más hondos de lo que parece —me aconsejó Watanye.
Clavé la lanza con toda mi fuerza, pero el agua cristalina era mucho más profunda de lo que parecía. Fallé el golpe y me precipité de cabeza en el frío remanso. Cuando conseguí, a duras penas, salir de él, Watanye estaba doblado en dos, apretándose la barriga y riéndose: «¡Ja, ja, ja!». La sangre se le deslizaba por la barbilla. Luego echó a correr a toda velocidad. Durante mucho tiempo después, en cuanto me veía, se daba la vuelta y salía disparado para no tener que reírse otra vez. Una vez me escondí en la maleza y salté en cuanto apareció solo para verle huir a la carrera.
Watanye debía de quererme mucho, porque solía llevarme con él a pescar o a cazar, y siempre me estaba enseñando cosas nuevas. Le gustaba también explicarme historias, sobre todo si eran graciosas y tenía los labios un poco mejor. Me acuerdo de lo que me contó sobre un mozo lakota llamado Caballo Alto y su odisea para conseguir la muchacha que amaba. Watanye aseguraba que el relato era auténtico, tal como él lo contaba, y tal vez así lo fuera. Si no lo era, merecía serlo, o quizás no. Ahora contaré esa historia.