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4. La caza del bisonte

Regresé junto a mi padre y mi madre, y me senté en nuestro tipi, con la cara aún hinchada y los brazos y piernas muy abultados; pero me sentía bien y tenía ganas de levantarme y empezar a correr. Mis padres no lo consintieron. Me explicaron que había estado enfermo doce días, quieto como un muerto, y que Cazador de Torbellinos, tío de Oso Erecto y chamán, me había devuelto a la vida. [^96] Sabía yo que me habían curado los Antepasados del tipi del arco iris en llamas, pero no me atreví a decirlo. Mi padre entregó a Cazador de Torbellinos su mejor caballo por haberme recuperado, y mucha gente me visitó, y toda la gente hablaba del gran poder de Cazador de Torbellinos, que me había curado cuando casi se podía contarme entre los muertos.

Todo el mundo se alegró de que yo hubiera sobrevivido; pero, mientras permanecía tumbado, pensando en el lugar maravilloso en que había estado y en todo cuanto había visto, la tristeza me embargaba; porque a mí me parecía que todos debían saberlo, pero no osaba contarlo, ya que nadie me creería dada mi edad: entonces solo tenía nueve años. Asimismo, repasando mis visiones, las contemplaba de nuevo y percibía el significado, con una parte de mi ser, como un extraño poder que refulgía en mi cuerpo; pero cuando la parte de mí mismo que habla quería expresar con palabras su significado, se convertía en una especie de niebla que se alejaba de mí.

Ahora sé con certeza que era demasiado niño para entenderlo y que únicamente lo sentía. [^97] Recordaba las imágenes y las palabras que las acompañaban, porque nada que hayan visto mis ojos ha sido tan claro, tan lúcido, como lo que la visión me mostró; y ninguna de las palabras que escuchó mi oído se ha parecido a las que entonces escuché. No he tenido que recordar estas cosas; ellas se han recordado a sí mismas durante todos estos años. A medida que cumplía años los significados resultaban cada vez más y más claros gracias a aquellas imágenes y aquellas palabras. E incluso a día de hoy sé que se me mostró más de lo que soy capaz de explicar.

La tarde del día de mi regreso, Cazador de Torbellinos, que obtuvo gran fama y un buen caballo por mi curación, me visitó en nuestro tipi. Se sentó y me estuvo observando mucho tiempo de una manera muy extraña. Después le dijo a mi padre:

—Tu hijo tiene una apostura sagrada. No sé lo que es, pero tiene encomendada una misión especial, porque, al entrar, vi un poder como una luz a través de todo su cuerpo.

Mientras me miraba con atención, me entraron ganas de huir. Me espantaba la idea de que, al contemplar mi interior, descubriera mi visión y la contara de modo erróneo, pues tal vez eso provocaría que todo el mundo pensara que yo estaba loco. Mucho tiempo después de aquel día, siempre que notaba la presencia de Cazador de Torbellinos, me apresuraba a esconderme por miedo de que viese algo dentro de mí y lo contara.

A la mañana siguiente había desaparecido la hinchazón de mi cara, piernas y brazos, y me sentía bien, como de costumbre; pero todo cuanto me rodeaba me era extraño, como si se hallara muy lejos. Recuerdo que durante doce días mi única voluntad era la de estar solo y también que me parecía no pertenecer a mi pueblo. Era casi como un desconocido. Me pasaba el día lejos del poblado y de los demás muchachos, y miraba a las cuatro regiones con el pensamiento puesto en la visión y con el deseo de volver a aquel mundo. Regresaba para comer, pero apenas tenía apetito. Mi padre y mi madre creían que aún no me había repuesto, pero no era así. Únicamente sentía nostalgia del lugar en el que había estado.

No me atrevía a contar lo que había visto y oído ni siquiera al padre de mi madre, Renuncia a Ir, [^98] a pesar de que antes solía pensar que podía contarle cualquier cosa, porque le gustaba todo lo que agradaba a los muchachos, y sabía relatar sin fin toda clase de cosas maravillosas. Me había hecho el primer arco que tuve, y siempre tenía reserva de flechas para reemplazar las que yo perdía. Yo amaba a mi padre; no obstante, Renuncia a Ir era distinto, y yo acostumbraba a pasar mucho tiempo con él. Aquello fue lo primero que me era imposible narrarle.

Un día, durante aquella época, iba paseando con el arco y las flechas que me regaló mi abuelo, pensando en la visión. De pronto me sentí alterado. Creí por un instante que el arco y las flechas eran los que me había dado el Primer Antepasado en el tipi del arco iris en llamas. Pero se transformaron en los que Renuncia a Ir había hecho, y me sentí avergonzado y traté de convencerme de que no era más que un sueño. Así que me olvidé y pensé en cazar algo. Un pajarillo se había posado sobre un arbusto. En el momento de dispararle tuve de nuevo esa extraña sensación y recordé que yo tenía que ser como un pariente de las aves. Por eso no disparé. Bajé a un arroyo, sintiéndome un poco estúpido por haber dejado escapar el pajarillo, y maté una rana verde en cuanto le puse el ojo encima. Pero, al levantarla por las patas, pensé: «La he matado», y me entraron ganas de llorar.

Oso Erecto habla🔗

Me acuerdo de cuando mi amigo estaba enfermo. Tenía yo cuatro años más que él. Soy minneconjou, pero nuestras madres eran primas y solíamos jugar juntos cuando nuestras gentes acampaban en el mismo lugar. Fue en la cabecera del Greasy Grass (Little Bighorn). Todos en la aldea estaban bien, y Alce Negro también. Poco después oí que se estaba muriendo, que casi ni respiraba. Toda la tribu estaba muy conmovida, y pidieron medicinas a las otras partidas, aunque nadie comprendía su enfermedad. Me acuerdo de que fui a verlo. Parecía muerto, todos hablaban de él. De repente se puso bueno y la gente se quedó muy sorprendida y todos hablaban sobre ello.

Me acuerdo asimismo de lo que sucedió después de que se recuperara. Poco tiempo después nos trasladamos a la desembocadura del Willow Creek, unos días más de camino hacia el sur, y mientras la aldea marchaba, cabalgué a la parte de la retaguardia en la que iban los niños, porque quería ver a mi pequeño amigo.

—¡Hola, hermanito! Te has puesto bien a pesar de todo —le dije.

—Hola, ¿qué tal? Sí, ya no estoy enfermo —me contestó.

Cabalgamos y hablamos, pero ya no era un niño: más bien, parecía un anciano. Recuerdo que su padre charló con el mío una noche en que comíamos en nuestro tipi. Comentó, más o menos, lo siguiente:

—Mi hijo no es el mismo desde que estuvo enfermo. Se porta de manera muy extraña y no le gusta quedarse en casa. ¡El pobrecillo me da lástima!

Luego hubo una gran cacería y la gente ya no habló sobre ello nunca más.

Alce Negro prosigue🔗

Sí, hubo una gran cacería después de habernos quedado bastante tiempo en el Willow Creek, y aquello me sirvió para apartar de mi pensamiento la visión, que me perseguía como una obsesión.

Una mañana el pregonero [^99] recorrió el círculo de la aldea gritando que íbamos a levantar el campamento. Los consejeros estaban en el tipi de la asamblea. Les avisó:

—Consejeros, id al centro y llevad vuestro fuego.

Tenían la obligación de conservar el fuego para el pueblo, ya que en aquella época no teníamos cerillas.

—¡Desmontadlos ahora! ¡Desmontadlos! —vociferó el pregonero.

Y todos empezaron a recoger sus tipis y a colocarlos en las narrias.

—¡Muchos bisontes he oído! —gritaba el pregonero—. ¡Muchos bisontes he oído! ¡Vuestros hijos, debéis cuidar de ellos!

Aquello significaba que habían de mantener vigilados a los chiquillos durante el trayecto para que no espantasen a los bisontes.

Una vez levantado el campamento, iniciamos la marcha en formación. Los cuatro consejeros iban delante, un pregonero detrás de ellos, después los jefes y a continuación la larga línea de narrias, seguida de la yeguada. Yo cabalgaba cerca de la retaguardia con algunos de los niños más pequeños. Cuando la gente empezó a remontar una larga colina, sentí de nuevo algo raro, pues me acordé de la nación que en mi visión avanzaba por el camino rojo de manera sagrada. Pero esto era diferente y enseguida se me olvidó, ya que estaba a punto de ocurrir algo emocionante e incluso los caballos parecían saberlo.

Al cabo de un rato, llegamos a un sitio en que crecían muchos nabos. [^100]

—Descargad, y que los caballos descansen —gritó el pregonero—. Empuñad los bastones y excavad para recoger algunos nabos.

Y mientras el pueblo cumplía la orden, los consejeros se sentaron a fumar en un altozano cercano. Por fin, el pregonero chilló: «¡Cargad!», y la aldea reanudó la marcha.

El sol estaba alto cuando los consejeros encontraron un paraje en el que acampar, en el que había leña y agua. Mientras las mujeres cocinaban en todo el círculo, oí comentar que los exploradores regresaban y vi en lo alto de una colina la silueta de tres jinetes. Bajaron hasta el tipi de la asamblea, en medio del poblado, y todos fueron a escuchar. Yo me sumé y me acerqué tanto que me fue posible mirar por entre las piernas de los hombres. El pregonero salió del tipi de la asamblea y dijo a la gente, hablando por los exploradores:

—Os he protegido; a cambio de ello, me entregaréis muchos regalos.

Los exploradores se sentaron entonces a la puerta del tipi y uno de los consejeros cargó la pipa sagrada con chacun sha sha, la corteza del sauce rojo, [^101] y la puso sobre un hueso de bisonte, porque ese animal era sagrado y nos proporcionaba comida y cobijo. Encendió la pipa, la ofreció a las cuatro regiones, al Espíritu de lo Alto y a la Madre Tierra, y la cedió a los exploradores diciendo:

—La nación depende de vosotros. Cualquier cosa que hayáis visto, ¡ojalá lo hayáis visto por el bien del pueblo!

Los exploradores fumaron como prueba de que dirían la verdad.

—¿En qué sitio estuvisteis y qué visteis de bueno? —preguntó el pregonero—. Decídmelo, que yo me alegraré.

—Sabes de dónde partimos —contestó un explorador—. Seguimos adelante y llegamos a la cima de una colina, y descubrimos una pequeña manada de bisontes.

Señaló mientras hablaba.

—Tal vez visteis lo bueno al otro lado —dijo el consejero—. Informadnos.

—Al otro lado descubrimos otra manada más grande —respondió el explorador.

—Te lo agradeceré —aseguró el consejero—. Dime todo lo que viste más allá.

—Más allá no había otra cosa que bisontes por toda la tierra —informó el explorador.

¡Hetchetu aloh! [^102] —exclamó el consejero.

Entonces el pregonero gritó como si cantase:

—Vuestros cuchillos deben estar afilados, vuestras flechas deben estar afiladas. Daos prisa, apresuraos. ¡Preparad vuestras monturas! ¡Saldremos con nuestras flechas! ¡Mucha carne va a ser nuestra!

Todo el mundo empezó a afilar cuchillos y flechas, y aprestó los mejores corceles para lograr mucha carne.

Nos dirigimos a donde estaban los bisontes. La partida de combatientes [^103] iba a la cabeza, de veinte en fondo, y cualquiera que se atreviera a anticiparse a ellos sería derribado de su caballo. Mantenían el orden y todos debíamos obedecer. Detrás de ellos seguían los cazadores, de cinco en fondo. El pueblo andaba detrás. Entonces el jefe de los consejeros recorrió las filas eligiendo los cazadores más diestros, dueños de los caballos más veloces, y les dijo:

—Jóvenes y excelentes guerreros, parientes míos, sé que sois hábiles en vuestros actos. Siempre actuáis correctamente; por ello, hoy alimentaréis a los desvalidos. Tal vez haya ancianos débiles, sin hijos, o algunos con hijitos, pero sin varón. A ellos los socorreréis, y cuanto matéis será de ellos.

Era un gran honor para los jóvenes.

Nos aproximamos al sitio en que los bisontes estaban. Los cazadores los cercaron. Se alzó el grito, como en la batalla, de «¡hoka hey!», que señalaba la ofensiva. Se levantó una espesa polvareda y toda la gente gritaba y todos los cazadores se lanzaron a la carga, cada uno por cuenta propia. Iban casi desnudos, con las aljabas llenas de flechas colgadas en el flanco siniestro, y cabalgaban hasta el bisonte y le herían detrás del brazuelo izquierdo. Alguna saeta se clavaba hasta las plumas; en ocasiones, las que no daban en hueso atravesaban los cuerpos. Todos se sentían muy dichosos.

Oso Erecto habla🔗

Recuerdo aquella caza, porque hasta ese momento yo solo había matado un ternero. Tenía trece años y se suponía que ya era un hombrecillo, por lo que me propuse cobrar un novillo. Se me puso uno a tiro y lo acosé sobre mi caballo. Mi primer disparo no le afectó aparentemente; pero mi caballo continuó persiguiéndole. La segunda flecha se clavó hasta media asta. Me parece que le acerté en el corazón, pues empezó a tambalearse mientras corría y la sangre le brotaba del morro. Los cazadores gritan una sola vez «¡yahu!» [^104] cuando consiguen una pieza; pero aquel era mi primer bisonte de gran tamaño y yo gritaba «¡yahu!» sin parar. La gente debió de creer, dada mi gritería, que mataba un rebaño entero. En cuanto se desplomó, salté de la montura y me puse a descuartizarlo, ahíto de felicidad. Vi que en todo el llano, hasta donde me alcanzaba la vista, los hombres se dedicaban a la misma tarea, y que las mujeres y ancianos incapaces de cazar acudían a ayudarnos. Y todas las mujeres emitieron el alegre ulular de trémolo [^105] por lo que los guerreros les habían dado. Esto ocurrió en la Luna de las Cerezas Rojas (julio). [^106] Fue una gran caza.

Alce Negro prosigue🔗

Estaba lo bastante fuerte para ir a caballo, pero aún no tenía edad como para mediar en la cacería. Los chiquillos merodeábamos y observábamos a los cazadores; y cuando un tropel de bisontes venía hacia nosotros, gritábamos «¡yahu!» como los demás, pero nadie nos hacía caso.

Terminado el descuartizamiento, pusieron la carne en los lomos de los caballos y la sujetaron con tiras de cuero crudo de bisonte. De vuelta al poblado, todas las monturas iban cargadas. Nosotros, que éramos los más pequeños, no podíamos aguantar hasta el gran festín y nos hartábamos de hígado crudo. Nadie se enfadaba cuando lo hacíamos.

Mientras tanto, las mujeres que se habían quedado en el campamento habían cortado largas pértigas y varas ahorquilladas para secar la carne. Cuando los cazadores llegaron, depositaron la carne en montones sobre hojas de árboles.

Entonces, todos los consejeros volvieron al tipi de la asamblea y de todas partes llegaba gente con regalos de carne para ellos y los consejeros chillaban: «¡Jaiaaa!», [^107] y después cantaron en honor de los donantes. Cuando hubieron comido hasta saciarse, el pregonero vociferó:

—¡Acudid todos! ¡Es más de lo que puedo comer!

Y la gente de todo el campamento se acercaba para obtener un poco de la carne que les había sobrado.

Las mujeres estaban enfrascadas cortando la carne en tiras y colgándola de las perchas para que se secara. Se veía carne roja colgando de todas partes. El pueblo siguió con el festín durante toda la noche, bailando y cantando. Aquellos fueron días felices.

Los chiquillos jugábamos a la guerra después de una gran cacería. Nos alejábamos un poco de la aldea, construíamos tipis de hierba y simulábamos que aquel era nuestro campamento y que éramos enemigos de nuestro pueblo. Teníamos un consejero. Y cuando oscurecía, nos ordenaba que fuésemos a robar una porción de la carne seca de los mayores. Nos tendía un palo del que teníamos que morder. Si lo que arrancábamos era mucho, teníamos que conseguir un buen pedazo de carne; si no, la porción que teníamos que robar era menor. Después nos dirigíamos reptando al lugar de los mayores. Cuando regresábamos sin que nos pillasen, celebrábamos un festín estupendo y bailábamos, y hablábamos de peleas y contábamos nuestras hazañas [^108] como los guerreros. En cierta ocasión recuerdo que, al no poder contar proeza alguna, me arrastré hasta un árbol inclinado, contiguo a un tipi, de las ramas del cual colgaba carne. Me atraía una lengua de bisonte que se reflejaba a la luz de la luna. Trepé hasta arriba, pero, cuando estaba a punto de cogerla, el dueño del tipi chilló: «¡Hiyá!». [^109] Se dirigía a su perro, que también le estaba robando un trozo de carne; pero yo pensaba que el grito era por mí y me asusté tanto que me caí del árbol y hui llorando.

A veces también hacíamos lo que llamábamos la danza del Pecho Agrietado. Nuestro consejero nos examinaba para ver quién tenía el tórax más curtido a consecuencia de ir desnudo; y el elegido dirigía el baile mientras cantábamos:

Tengo el pecho agrietado. Mi pecho está rojo.

Mi pecho está amarillo.

También nos ejercitábamos en resistencia. [^110] Nuestro consejero nos ponía simientes secas de girasol en las muñecas. Estaban encendidas en la parte superior, y teníamos que dejar que siguieran ardiendo hasta que nos quemaran la piel. Era doloroso y dejaba llagas, pero si las sacudíamos o si gritábamos: «¡Ay!», nos decían que éramos como mujeres.