Capítulos

3. La gran visión

Lo que pasó después hasta el verano en que cumplí nueve años no merece ser narrado. Inviernos y veranos se sucedían, y fueron buenos porque los wasichus habían trazado su camino de hierro [^61] a lo largo del río Platte e iban por él. Habían cortado en dos la manada de bisontes, pero en nuestras tierras quedaron muchísimos, más de los que pudiéramos contar. Además, podíamos recorrer sin estorbos nuestras tierras.

De vez en cuando, estando a solas, resurgían las voces como si alguien me llamase, pero no sabía qué es lo que querían de mí. Pasaba mucho tiempo sin oírlas, así que acababa por olvidarme, pues iba creciendo, cada vez más alto, y montaba a caballo y disparaba con mi arco a los grandes gallos de las praderas y a los conejos. Los muchachos del poblado empezábamos a imitar a muy tierna edad los actos de los mayores, sin que nadie nos adiestrase: aprendíamos haciendo lo que veíamos, y éramos ya guerreros en una época en que los chicos de hoy en día son como niñas.

Fue en verano, yo tenía nueve años y nuestra gente avanzaba poco a poco hacia las Montañas Rocosas. Acampamos una noche en un valle, junto a un arroyuelo, cerca del sitio en que se unía con el Greasy Grass. [^62] Un individuo llamado Cadera Hombre, que me tenía mucha estima, me invitó a comer en su tipi.

Entonces, mientras comía, una voz me dijo:

—Ha llegado el momento. Ahora te llaman.

Sonó tan recia y clara que no pude más que prestarle atención, y me dispuse a ir a donde ella me dijera. Me levanté y eché a andar. En cuanto fui a salir del tipi, los muslos comenzaron a dolerme, y de pronto fue como si me despertara de un sueño, y no se oía ya más la voz. Volví al tipi, pero había perdido el apetito. Cadera Hombre me miró de modo extraño y me preguntó qué me pasaba. Le respondí que me dolían las piernas.

El campamento se levantó al día siguiente. Iba yo cabalgando en compañía de varios muchachos. Nos detuvimos a beber en un arroyo y cuando desmonté, se me doblaron las piernas bajo el peso de mi cuerpo, me caí y no podía dar ni un paso. Los chicos me ayudaron a levantarme y me sentaron en el caballo; aquella tarde, cuando acampamos, caí enfermo. Al día siguiente nos encaminamos al lugar en que las diferentes partidas de nuestro pueblo se reunirían. Me transportaban en una narria, de lo enfermo que estaba. Tenía hinchados los brazos y las piernas, y la cara medio deformada de la hinchazón.

Cuando acampamos de nuevo, me quedé acostado en nuestro tipi, y mi madre y mi padre se sentaron a mi lado. Podía ver a través de la abertura. Y por ahí veía a los dos hombres descendiendo de las nubes cabeza abajo como flechas que caen, y supe que eran los mismos que había visto con anterioridad. [^63] Llevaban entonces sendas lanzas largas, y en las moharras relucía un rayo mellado. Bajaron hasta el suelo esta vez y se quedaron algo apartados; me observaron y dijeron:

—¡Date prisa! ¡Ven! ¡Te llaman tus Antepasados! [^64]

Se dieron la vuelta y alzaron el vuelo como flechas que parten del arco hacia lo alto. Cuando me levanté para seguirlos las piernas ya no me dolían y me sentía ágil, ligero. Salí del tipi y a lo lejos, hacia donde los hombres de lanzas ardientes iban, una nubecilla avanzaba muy deprisa. Llegó y se inclinó ante mí, subí sobre ella y retrocedió hacia el lugar de donde procedía, velocísima. Y cuando miré hacia abajo, vi a mi madre y a mi padre en la distancia, y sentí pena de dejarlos allí.

Después no hubo más que el aire y la velocidad de la nubecilla que me transportaba, y los dos hombres que nos precedían hasta las alturas, hacia donde las nubes blancas se acumulaban como montes en una amplia llanura azul, y en ellas los seres del trueno viven, en ebullición, resplandecientes.

No hubo de pronto más que un mundo lleno de nubes, y los tres nos hallamos en una amplia llanura blanca, con colinas nevadas y montañas que nos contemplaban; y reinaba una gran quietud, pero se oían susurros.

Entonces los dos hombres hablaron a la vez y dijeron:

—¡Míralo, he aquí el ser de cuatro patas!

Miré y había un caballo bayo, que rompió a hablar.

—¡Aquí me tienes!—exclamó—. Ahora verás mi historia.

Se encaró hacia donde el sol se pone y dijo:

—¡Míralos! Ahora tú sabrás su historia.

Miré. Y había doce caballos negros alineados de frente con collares de pezuñas de bisonte, y eran bellos; pero yo tenía miedo, porque sus crines relampagueaban y el trueno anidaba en sus ollares. El caballo bayo se dio la vuelta hacia donde vive el gran gigante blanco (el norte) y dijo:

—¡Mira!

Y había doce caballos blancos alineados de frente. Sus crines se agitaban como la ventisca, y sus ollares despedían un rugido, y por encima de ellos se cernían y volteaban gansos blancos.

El caballo bayo dio vuelta hacia donde el sol luce siempre (el este), y me impelió a mirar. Y doce alazanes, con collares de dientes de alce, estaban alineados de frente, y sus ojos destellaban como el lucero del alba y sus crines resplandecían como la aurora.

Entonces el caballo bayo se dio la vuelta hasta estar encarado hacia el lugar al que siempre se mira (el sur). Y había doce caballos rucios alineados de frente, con astas en la cabeza y crines que crecían como árboles y hierbas. Y cuando los hube visto, el corcel dijo:

—Tus Antepasados celebran consejo. Te acogerán, sé valiente. [^65]

Y los caballos, de cuatro en fondo —negros, blancos, alazanes y rucios [^66] —, se colocaron detrás del bayo, que viró hacia el oeste y relinchó. Y allí mismo, inesperadamente, en el firmamento se formó una tempestad de corceles de todos los pelajes que se precipitaban, cayendo de los cielos, una tempestad que hacía temblar el mundo con sus truenos y que relinchaba, respondiendo.

El corcel bayo se encaró entonces hacia el norte, mientras exhalaba un quejido, y allí el firmamento rugía en un vendaval poderoso de caballos de todos los pelajes, que relinchaban en respuesta.

Y cuando el bayo relinchó hacia el este, el firmamento se llenó de nubes relucientes de crines y colas de caballos de todos los pelajes que respondían, en un canto, relinchando. Llamó luego al sur, y se pobló el sur de corceles de muchos colores, alegres, que relinchaban entrecortadamente.

El bayo me volvió a hablar, diciéndome:

—¡Mira cómo vienen danzando tus caballos!

Miré, y había corceles, corceles en todas partes, un firmamento de corceles danzando a mi alrededor.

—¡Apresúrate! —me ordenó el caballo bayo.

Y anduvimos uno junto a otro, seguidos de los negros, los blancos, los alazanes y los rucios, de cuatro en fondo.

Miré de nuevo, y de pronto los innumerables caballos danzantes se convirtieron en animales de toda especie y en aves de todas las clases existentes, y huyeron hacia las cuatro regiones del mundo de donde procedían los caballos, y desaparecieron.

Y luego íbamos andando cuando el cúmulo nuboso que nos precedía se transformó en un tipi, cuya entrada, que estaba abierta, era un arco iris; [^67] y a través de ella pude entrever a seis ancianos sentados en fila.

Los dos hombres de las lanzas me escoltaron a uno y otro lado, y los caballos ocuparon puestos en sus regiones mirando al interior, de cuatro en fondo. Y el Antepasado más viejo me habló con dulzura.

—Ven, acércate, no temas.

Y mientras hablaba, todos los caballos relinchaban desde sus regiones para animarme. Así que entré y me quedé parado ante los seis ancianos. Y parecían mucho más viejos de lo que jamás el hombre alcanzará a ser, tan antiguos como las montañas, como las estrellas. [^68] El más anciano habló nuevamente:

—Tus Antepasados de todo el orbe celebran consejo, y te han convocado para enseñarte.

Su voz era muy grave, pero el miedo me hacía temblar de pies a cabeza, pues sabía que no eran unos simples ancianos, sino los Poderes del Mundo: el primero, el Poder del Oeste; el segundo, el del Norte; el tercero, el del Este; el cuarto, el del Sur; el quinto, el del Cielo; y el sexto, el de la Tierra. Lo sabía y tenía miedo y entonces el Primer Antepasado volvió a hablar:

—¡Mira a los seres del trueno allá donde el sol desciende! Míralos bien y recibirás de ellos mi poder; y ellos te llevarán hasta el alto y solitario centro de la tierra para que veas; incluso te llevarán hasta donde el sol brilla continuamente para que entiendas.

Y cuando mencionó el entendimiento, alcé la mirada y vi que el arco iris se estremecía sobre mí con llamas de mil colores.

El Antepasado tomó una copa de madera, y estaba llena de agua, y en el agua estaba contenido el firmamento.

—Acéptala. Es el poder de dar la vida, y es tuyo —dijo; luego, cogiendo un arco, agregó—: Acéptalo. Es el poder de destruir, y es tuyo. —Y entonces se señaló a sí mismo—. Mira bien a quien ahora es tu espíritu, porque tú eres su cuerpo, y su nombre es Ala de Águila Se Despliega.

Y dicho esto, se incorporó, y era altísimo, y corrió hacia donde se pone el sol; y súbitamente se convirtió en un caballo negro que se detuvo, se dio la vuelta y me miró, y era un corcel flaco y enfermizo; su costillar sobresalía.

El Segundo Antepasado, el del Norte, se levantó con una hierba con poderes en la mano y dijo:

—Coge esto y apresúrate.

Cogí la hierba y se la ofrecí al caballo negro: engordó y se puso contento y regresó haciendo cabriolas a su sitio anterior, y de nuevo el Primer Antepasado estuvo sentado en él.

El Segundo Antepasado, el del Norte, habló una vez más:

—Ánimo, joven hermano —dijo—. Harás vivir una nación en la tierra, pues tendrás el poder del ala del gigante blanco, el viento purificador.

Y dicho esto, se incorporó, y era altísimo, y corrió hacia el norte; y cuando se volvió en mi dirección, era un ganso blanco revoloteando. Miré a mi alrededor, y los corceles del oeste eran truenos, y los corceles del norte, gansos. Y el Segundo Antepasado cantó dos canciones parecidas a estas: [^69]

Van a aparecer, ¡ojalá los veas!

Van a aparecer, ¡ojalá los veas!

¡Atención, aparece la nación del trueno!

Van a aparecer, ¡ojalá los veas!

Van a aparecer, ¡ojalá los veas!

¡Atención, aparece la nación de los gansos blancos!

Y quien habló entonces fue el Tercer Antepasado, aquel que procede de donde el sol brilla continuamente.

Dijo así:

—Ánimo, joven hermano —dijo—, puesto que te llevarán a través de la tierra.

Señaló entonces hacia donde el lucero del alba titilaba, y debajo de este dos hombres iban volando.

—De ellos recibirás poderes —afirmó—, de ellos, que han despertado a todos los seres de la tierra dotados de raíces y patas y alas.

Mientras tales cosas decía, tenía en la mano una pipa de la paz, en la boquilla de la cual se desplegaba un águila moteada; y el águila parecía viva, porque estaba posada allí y aleteaba, y sus ojos se fijaban en mí.

—Con esta pipa recorrerás la tierra —dijo el Antepasado—, y sanarás todo lo que enferme en ella.

Señaló luego a un hombre que era rojo brillante, color de lo bueno y de la abundancia, y mientras lo señalaba, el hombre rojo se tumbó y se revolcó y se transformó en un bisonte que, levantándose, galopó hacia los alazanes del este, los cuales se volvieron asimismo bisontes, rollizos, numerosos.

Y el Cuarto Antepasado, el del lugar al que siempre se mira (el sur), [^70] de donde surge la potencia del crecimiento, habló:

—Joven hermano, con los poderes de las cuatro regiones irás, como parte de la familia. He aquí que voy a entregarte el centro vivo de una nación, y con él salvarás muchas vidas.

Y vi que tenía en la mano una vara roja [^71] que vivía, y mientras la contemplaba comenzó a germinar en la punta y produjo ramas, y de las ramas brotaron muchas hojas, que susurraban, y en las hojas los pájaros empezaron a cantar. Y por un instante se me antojó ver debajo de la vara, a su amparo, las aldeas circulares con sus gentes y todas las cosas vivas con raíces o patas o alas, y eran dichosas sin excepción.

—Deberá estar en el centro del aro de la nación —dijo el Antepasado—, y será bastón con el que andar y será el corazón del pueblo; y con tus poderes lograrás que florezca.

Y habiendo callado un rato para escuchar el canto de los pájaros, agregó:

—¡Mirad la tierra!

Y así lo hice. Y vi a lo lejos como un aro de pueblos, y en el centro floreció la vara sagrada que era árbol, y donde se erguía se cruzaban dos caminos, uno rojo y otro negro. [^72]

—Desde el lugar en que el gigante vive (el norte) hasta el lugar hacia el que siempre se mira (el sur), se extiende el camino rojo, camino del bien —explicó el Antepasado—, por el que debe avanzar tu nación. El negro va desde el lugar donde viven los seres del trueno (el oeste) hasta el lugar donde el sol brilla de continuo (el este), un camino espantoso, camino de turbulencias y de guerras. Por él irás también, y de él recibirás el poder de destruir a los enemigos del pueblo. Durante cuatro ascensos recorrerás la tierra con todo el poder.

Imagino que trataba de revelarme que yo vería cuatro generaciones, incluida la mía, y ahora estoy viendo la tercera.

Se puso en pie, imponente, y salió a la carrera hacia el sur, y era un alce; y mientras se confundía con los rucios, estos se convirtieron en alces también.

Entonces habló el Quinto Antepasado, el más anciano de ellos, el Espíritu del Cielo.

—Muchacho, he mandado que te buscaran y has venido. ¡Verás mi poder! —dijo y, abriendo los brazos, se convirtió en un águila moteada que planeaba—. Mira, todas las alas del aire irán a ti, y ellas y los vientos y las estrellas serán como tu familia. Cruzarás la tierra con mi poder.

El águila se remontó por encima de mi cabeza y allí se quedó aleteando; y de pronto el firmamento se llenó de alas amistosas que acudían hacia mí.

Sabía que el Sexto Antepasado se disponía a hablar, el que era el Espíritu de la Tierra, y vi que era muy viejo, mucho más viejo de lo que alcanzan a ser los hombres. Tenía el pelo largo y blanco, su rostro parecía un amasijo de arrugas y tenía los ojos hundidos, apagados. Lo miré con atención, pues creía conocerle, no sé por qué; y mientras lo examinaba, iba cambiando poco a poco, retrocediendo hacia la juventud, y cuando se convirtió en niño comprendí que era yo mismo con todos los años que se acumularían en mí. Cuando volvió a la edad anciana, dijo:

—Muchacho, sé valiente, porque mi poder será tuyo y lo necesitarás, puesto que tu pueblo terreno sufrirá calamidades. Ven conmigo.

Se levantó y pasó con cansino andar por debajo de la puerta del arco iris y, al seguirle, yo cabalgaba el bayo que me había hablado en primer término y me había conducido hasta allí.

El corcel bayo se paró y se encaró con los caballos negros del oeste, y una voz anunció:

—Te han concedido la copa de agua para que viva el día del reverdecer, y asimismo el arco y la flecha para destruir.

El bayo relinchó, y los doce caballos negros se colocaron detrás de mí y se alinearon de cuatro en fondo. El bayo se volvió hacia los alazanes del este, y vi que tenían luceros del alba en las frentes y que brillaban mucho. Y una voz dijo:

—Te han concedido la pipa sagrada y el poder que es paz, y el buen día encarnado.

El bayo relinchó, y los doce alazanes se pusieron detrás de mí de cuatro en fondo.

Mi caballo se colocó entonces enfrente de los rucios del sur, y una voz dijo:

—Te han concedido la vara sagrada y el aro de tu nación, y el día amarillo; y en el centro del aro deberás fijar la vara, y la harás crecer hasta transformarla en un árbol acogedor, y florecerá.

El bayo relinchó, y los doce rucios se colocaron detrás de mí de cuatro en fondo. Supe entonces que los corceles puestos detrás de mí llevaban jinetes, y una voz dijo:

—Recorrerás ahora el camino negro con estos; y mientras avances, te temerán cuantas naciones tengan raíces o patas o alas. [^73]

Así que me dirigí hacia el este por el espantoso camino, y detrás de mí iban los caballos de cuatro en fondo —negros, blancos, alazanes y rucios—, y en lontananza, sobre el espantoso camino, la estrella del amanecer apenas brillaba.

Miré hacia abajo y la tierra estaba en silencio envuelta en una luz mortecina y verdosa, y me percaté de que las colinas lo divisaban todo con miedo desde lo alto, lo mismo que las hierbas y todos los animales; y por doquier me rodeaban chillidos de pájaros aterrados y el golpeteo de alas que huían. Yo era el jefe de todo el firmamento mientras cabalgaba, y cuando volví la vista atrás, los doce caballos negros se encabritaron y se precipitaron, relinchando, y sus crines y colas eran torbellinos de granizo y sus ollares resoplaban rayos. Y cuando miré de nuevo hacia el suelo, advertí la caída sesgada del granizo y la lluvia larga, intensa, y por donde pasábamos, los árboles se postraban y las colinas resultaban casi indiscernibles.

Luego la tierra recobró su esplendor mientras cabalgábamos. Podía ver los montes y valles y arroyos y ríos debajo de nosotros. Llegamos a un punto en que tres corrientes de agua se sumaban en un enorme hontanar de aguas poderosas, [^74] y allí había algo terrible. De la corriente se alzaban llamas, y en las llamas vivía un hombre azul. [^75] El polvo flotaba alrededor de él en el aire, la hierba, pobre, se agostaba, los árboles se marchitaban, los seres bípedos y cuadrúpedos jadeaban, enflaquecidos, y las alas carecían de fuerza para volar.

Los jinetes de los caballos negros gritaron: «¡Hoka hey!» y cargaron contra el hombre azul, pero fueron repelidos. Y el blanco tropel gritó, cargó y fue vencido; y también el tropel rojo y el amarillo.

Y cuando todos hubieron fracasado, gritaron al unísono:

—¡Rápido, Ala de Águila Se Despliega!

Y el mundo se llenó de todo género de voces que me vitoreaban, y entonces ataqué. Llevaba la copa de agua en una mano y, en la otra, el arco que se convirtió en lanza cuando el bayo y yo nos abalanzamos, y en la punta de la lanza destellaban con fuerza los rayos. Acerté al hombre azul en el corazón, y al herirlo oí el retumbar del trueno y muchas voces que gritaban: «¡Un-hi!», [^76] para indicar que yo lo había matado. Se apagaron las llamas. Los árboles y hierbas perdieron su agostamiento y murmuraron llenos de alegría, y todos los seres chillaron alborozados con todas sus fuerzas. Entonces los cuatro escuadrones de guerreros cargaron y embistieron con vigor contra el cadáver del hombre azul, como ataque de honor. Y de pronto se convirtió en una inofensiva tortuga.

Y, bien, había cabalgado en compañía de las nubes tormentosas, y me había precipitado hacia la tierra como si fuera lluvia, y lo que había matado, gracias al poder concedido por los Antepasados, era la sequía. Íbamos ahora por la tierra, a lo largo del río crecido desde el manantial, y enseguida divisé la aldea circular de una nación en el valle. Y una Voz dijo:

—He aquí un pueblo, tuyo es. ¡Apresúrate, Ala de Águila Se Despliega!

Entré en la aldea a caballo, con los cuatro escuadrones en pos de mí —negros, blancos, alazanes y rucios —, y los gemidos y el llanto por los muertos estremecían el lugar. El viento soplaba del sur como una fiebre, y cuando miré alrededor vi que en casi todos los tipis las mujeres y los niños y los hombres agonizaban junto a los cadáveres. Por tanto, cabalgué en torno del aro de la aldea, contemplando a enfermos y difuntos, y sentí ganas de llorar. Pero al mirar atrás, todas las mujeres y los niños y los varones se levantaron y salieron con una expresión risueña.

Y una Voz dijo:

—He aquí que te han otorgado el centro del aro de la nación para que lo hagas vivir.

Así que fui al centro de la aldea, con los jinetes, en sus regiones, alrededor de mí, y la gente se congregó. Y la Voz añadió:

—Entrégales ahora la vara floreciente a fin de que florezcan, y también la pipa sagrada para que conozcan el poder que es la paz, y el ala del gigante blanco a fin de que sean resistentes y hagan frente a los vientos con bravura.

Cogí la brillante vara roja, la clavé en el suelo en el centro del aro de la nación. Cuando tocó la tierra, saltó con sumo vigor en mi mano y fue un waga chun, un árbol susurrante, [^77] muy alto, pletórico, con unas ramas frondosas y pájaros cantando. Y debajo de él animales de toda especie se confundían con la gente como si fueran familia y chillaban alegremente. Las mujeres lanzaron su trémolo de celebración, y los hombres vociferaban a un tiempo:

—Criaremos aquí a nuestros hijos y seremos como polluelos bajo el ala de la gallina de las praderas. [^78]

Percibí que el viento blanco soplaba mansamente a través del Árbol y cantaba en él, y la pipa sagrada llegó volando del este con sus alas de águila y se detuvo delante de mí debajo del árbol, y esparció paz alrededor de él.

Se remontó el lucero del alba [^79] y una Voz dijo:

—Será como un pariente para ellos; y quien lo vea, será capaz de ver más allá, pues le será concedida la sabiduría; y quienes no lo vean estarán sumidos en la oscuridad.

Y todas las gentes se colocaron mirando hacia el este, y el lucero los bañó en su luz, y todos los perros ladraron con fuerza y los caballos relincharon.

Cuando se acalló el tumulto, la gran Voz dijo:

—Mira el círculo del aro de la nación, pues es sagrado, dada su infinitud, y así todos los poderes serán un solo poder en el pueblo para siempre. Ahora levantarán el campamento e irán por el camino rojo, y tus Antepasados marcharán con ellos.

Así que la gente desmontó el campamento y tomó por el camino bueno con el ala blanca [^80] en sus rostros, y el orden de su marcha fue como sigue:

Primero, los jinetes en caballos negros con la copa de agua; y los jinetes de los caballos blancos con el ala blanca y la hierba sagrada; y los jinetes en alazanes con la pipa sagrada; y los jinetes en rucios con la vara florecida. A continuación iban en comitiva los niños y los mozos y las doncellas.

En segundo lugar, caminaban los cuatro jefes [^81] de la tribu, y su hueste estaba formada por completo de hombres y mujeres jóvenes.

En tercer lugar avanzaban los cuatro consejeros [^82] de la nación con hombres y mujeres ni jóvenes ni viejos.

En cuarto lugar, los ancianos, renqueantes, apoyados en sus bastones y mirando al suelo.

En quinto lugar, las ancianas, renqueantes, apoyadas en sus bastones y mirando al suelo.

En sexto lugar, iba yo solo en el bayo, con el arco y las flechas que el Primer Antepasado me había entregado. Pero no iba yo el último, pues, al volver la vista atrás, descubrí fantasmas de gente que eran como una niebla interminable hasta donde mis ojos alcanzaron: abuelos de abuelos y abuelas de abuelas, innumerables. Y sobre ellos una gran Voz, la Voz que era el sur, vivía, y yo la notaba, no obstante, en silencio.

Y, cuando avanzamos, la Voz que había detrás de mí dijo:

—¡He aquí una nación excelente caminando de manera sagrada por la tierra buena!

Vi que nos quedaban por delante cuatro ascensos, y que eran las generaciones que yo conocería. Estábamos en el primero, y toda la tierra era verde. Y mientras la larga fila encaraba el ascenso, todos los ancianos y ancianas levantaron las manos, con las palmas hacia adelante, hacia el firmamento lejano y entonaron entonces un dulce canto, y el firmamento se llenó de nubes con forma de caras de bebés.

Llegados al final del primer ascenso, acampamos como antes en el círculo sagrado, y en el centro se levantó el árbol santo, y la tierra era aún verde.

Luego, emprendimos el segundo ascenso, marchando como antes, y aún la tierra era verde, pero el terreno era cada vez más escarpado. Y mientras yo miraba al frente, vi que toda la gente se convertía en alces y en bisontes y en todo tipo de cuadrúpedos e incluso en aves, todos en marcha de un modo sagrado por la buena senda roja. Y yo era un águila pintada que se cernía sobre ellos. Poco antes de detenernos para acampar al final del ascenso, sin embargo, todos los animales empezaron a mostrarse intranquilos y temerosos de no ser lo que habían sido, y comenzaron a emitir gritos de apuro llamando a sus jefes. Y cuando hubieron acampado al final del ascenso, miré desde la altura y vi que las hojas caían del árbol sagrado.

Y la Voz dijo:

—He aquí tu nación, y recuerda lo que te dieron tus Seis Antepasados, porque en el futuro tu gente topará con dificultades.

La gente volvió a recoger el campamento, y vio el camino negro ante ella, hacia donde el sol se pone, y nubes oscuras se avecinaban, desde la lejanía; y no querían ir hacia allá, pero tampoco se podían quedar. Y cuando atacaron el tercer ascenso, todos los animales y aves que eran humanos corrían a su aire, porque cada cual parecía albergar su particular visión del momento y cada cual la obedecía según sus propias reglas; y por todo el universo yo podía oír los vientos que entrechocaban como animales salvajes que combaten. [^83]

Y llegados a la cima del tercer ascenso y acampados en ella, el aro de la nación se rompió como anillo de humo que se deforma y dispersa, y el árbol sagrado parecía moribundo y todos los pájaros habían huido. Y cuando miré hacia adelante advertí que el cuarto ascenso sería terrible.

Entonces, en el momento en que la gente se preparaba para abordarlo, la Voz, hablando en tono lastimero, dijo:

—Contempla a tu nación.

Y al bajar yo los ojos, el pueblo ya era humano otra vez, y estaban todos muy delgados, con las facciones muy marcadas porque tenían hambre. Sus caballos eran puro pellejo y huesos, y el árbol sagrado había desaparecido.

Mientras los observaba, llorando, vi, en el lado septentrional del campamento, a un hombre sagrado, pintado completamente de rojo. Empuñaba una lanza al avanzar hacia el centro del pueblo, donde se tumbó y se revolcó. Se puso luego de pie convertido en un bisonte rollizo, y donde el animal estaba brotó hierba sacra, exactamente en el mismo lugar que había ocupado el árbol en el centro del aro de la nación. La hierba creció y tuvo cuatro capullos en un solo tallo durante mi observación —uno azul, [^84] otro blanco, otro escarlata y otro amarillo— y los rayos que de él emanaban llegaban hasta los cielos.

Ahora sé lo que aquello significaba: que el bisonte era el don de un espíritu bondadoso y representaba también nuestra fortaleza, pero que lo perderíamos y encontraríamos nuevo vigor, gracias también a ese mismo espíritu favorable. Toda la gente mejoró cuando la hierba creció y floreció, y los caballos enarcaron las colas y relincharon y piafaron, y advertí que una leve brisa salida del norte cruzaba el pueblo como un fantasma; y de repente el árbol florido reapareció en el centro del aro de la nación, donde la hierba de cuatro rayos había echado flores.

Yo era aún un águila moteada sobrevolando por los aires, y pude comprobar que ya estaba en el cuarto ascenso y que la gente acampaba más allá, en la cumbre de la tercera larga pendiente. Había oscuridad y espanto a mi alrededor, pues todos los vientos del mundo combatían. Parecía un rápido crepitar de fusiles, un torbellino de humo, y las mujeres y los niños gemían, y los caballos chillaban por todo el mundo.

Podía ver que mi gente corría de un lado a otro, sujetando las estacas y asegurando los tipis ante el asalto del viento, ya que la nube tormentosa, muy negra, velocísima, se abalanzaba sobre ellos, y había innumerables golondrinas que huían espantadas ante aquella nube. [^85]

Entonces, una canción poderosa me dominó y la canté allí mismo, en medio de aquel terrible lugar en que me hallaba. Rezaba así:

A una nación haré vivir.

Así la nación de lo alto ha querido.

Me han dado el poder para cumplirlo. [^86]

Una vez hube terminado de entonar mi cántico, una Voz dijo:

—A las cuatro regiones recurrirá en busca de ayuda, y nada será fuerte ante ti. ¡Míralo!

Volvía a estar a lomos de mi bayo, porque el corcel es de la tierra, y en ella se ejercería mi poder. [^87] Y cuando, en obediencia de la Voz, miré, había en el oeste un penco, masa de pellejo y de huesos, de sucio color castaño.

—Coge eso y haz que se recupere —dijo una Voz.

Y yo tenía en la mano la hierba de cuatro rayos. Cabalgué en círculo hasta el penco, y mientras lo hacía, oía gritar a la gente distante solicitando los poderes espirituales: «¡Hey, hey! ¡Hey, hey!». [^88] El mísero caballo relinchó, se revolcó y se levantó, convertido en un garañón grande, lustroso, negro, con pintas por todo el cuerpo y la cola alrededor de él como una nube. Era el jefe de todos los corceles; al resoplar, desprendía el fulgor del relámpago y sus ojos semejaban el lucero de la tarde. Corrió cual exhalación hacia el oeste y relinchó, y el poniente se llenó de la polvareda de cascos, e incontables caballos, de color negro reluciente, salieron al galope del polvo. Se precipitó entonces hacia el norte y relinchó, y las nubes de polvo respondieron vomitando raudos caballos sin número, blancos, alazanes y rucios, gordos, lustrosos y orgullosos de su agilidad y robustez. Era una escena bellísima pero también espantosa.

Entonces se pararon de golpe, encabritándose, y formaron un amplio anillo en torno a su jefe negro, en el centro, y permanecieron inmóviles. Y estando ellos así, cuatro vírgenes, vestidas de escarlata, más hermosas que cualquier mujer de la tierra, atravesaron el círculo partiendo desde cada una de las cuatro regiones, y se colocaron en sus puestos alrededor del gran semental negro; y una tenía la copa de madera, y otra el ala blanca, y otra la pipa, y la última el aro de la nación. Todo el universo guardaba silencio, y escuchaba; y el enorme garañón negro levantó la voz y cantó. Su himno decía:

Mis caballos, haciendo cabriolas, llegan.

Mis caballos llegan relinchando.

Llegan, haciendo cabriolas.

Desde todas partes del universo llegan.

Danzan, ¡así los veáis! (Cuatro veces).

Una nación a caballo danzará. (Cuatro veces).

Su voz no era fuerte, pero cruzaba el universo entero y lo henchía. [^89] Nada dejaba de oírla, y era más bella que todo lo existente. Era tan bella que nada ni nadie podía evitar bailar, de manera irresistible. Danzaban las vírgenes y los corceles formados en círculo. Las hojas de los árboles, las hierbas de los montes y valles, las aguas de arroyos y ríos y lagos, los bípedos, y los cuadrúpedos y las alas del aire, todos danzaban al ritmo del canto del semental.

Y cuando miré desde arriba a mi gente, más allá, la nube pasó sobre ellos, los bendijo con amable lluvia y se detuvo en el este, enmarcada por el arco iris.

Después los corceles regresaron cantando a su lugar, allende la cima del cuarto ascenso, y todas las cosas acompañaron su canción en tanto que se retiraban.

—En el universo se ha cumplido un día de dicha —dijo una Voz.

Y desde lo alto observé que el amplio círculo de día era hermoso, y verde, y que todos los frutos medraban y que todas las cosas eran amables y felices.

—Contempla este día, pues tú has de realizarlo —dijo una Voz—. Ahora deberás situarte en el centro de la tierra para que mires desde allí, pues hacia allá te llevan.

Seguía yo a lomos del bayo, y una vez más sentí que los jinetes del oeste, el norte, el este y el sur se hallaban en formación detrás de mí, como antes, y que íbamos hacia el este. Miré hacia adelante y vi que en los montes había peñascos y bosques, y que de las alturas partía un sinfín de colores hacia el firmamento. De súbito estuve en la montaña más alta, y alrededor de mí, a mis pies, se dilataba el cerco total del mundo. [^90] Y mientras allí estaba, vi más de lo que podía mirar y entendí más de lo que vi; pues veía de modo sagrado, con el espíritu, las formas de las cosas, y la forma de todas las formas que deben vivir juntas como un solo ser. Y vi que el aro sagrado de mi pueblo era uno de los muchos aros que constituían un círculo, amplio como la luz del día y el resplandor de las estrellas, y en el centro crecía un árbol poderoso y florido que cobijaba a todos los hijos de una madre y de un padre. Y vi que era santo.

[^91]

Y, mientras estaba allí, dos hombres acudieron del este, cabeza abajo como flechas disparadas, y entre ellos se levantó el lucero del alba. Vinieron hasta mí y me dieron una hierba.

—Con esto en la tierra puedes llevar a cabo lo que se te antoje y todo te será posible —me dijeron.

Era la hierba del lucero del alba, la hierba del entendimiento, y me pidieron que la dejara caer al suelo. La vi bajar durante largo tiempo, y cuando chocó con la tierra arraigó y creció y floreció, cuatro corolas en un tallo, azul, blanca, escarlata y amarilla; y sus rayos saltaron al firmamento para que todas las criaturas los viesen y en parte alguna hubiera oscuridad.

—Tus Seis Antepasados, ahora volverás junto a ellos —dijo la Voz.

No había notado hasta entonces cómo iba yo vestido. Vi que estaba pintado por completo de rojo, salvo el negro que cubría mis articulaciones y las bandas blancas que había entre ellas. [^92] Mi bayo tenía rayas de relámpago por todo su ser, y su crin era una nube. Y cuando yo respiraba, mi aliento brotaba como el rayo.

Los dos hombres me guiaban, con la cabeza hacia adelante como saetas ascendentes: eran los mismos que me habían traído de la tierra. Y siguiéndolos en el bayo, se convirtieron en cuatro bandadas de gansos que volaban en círculo sobre cada región, emitiendo un chillido, que era sagrado, mientras volaban: ¡brrrp, brrrp, brrrp, brrrp!

Distinguí frente a mí el arco iris que flameaba sobre el tipi de los Seis Antepasados, edificado y techado con nubes, y cosido con correas del rayo; y debajo de él había todas las alas del aire, y debajo de ellas los animales y hombres. Todos se alborozaban y el trueno era como una risa dichosa.

Cuando crucé el portal del arco iris, hubo vítores procedentes de todos los rincones del universo, y los Seis Antepasados sentados en línea, con los brazos tendidos hacia mí, mostrándome la palma de las manos; y detrás de ellos, en la nube, pululaban los rostros innumerables de las gentes futuras.

—¡Ha triunfado! —gritaron los Seis, despertando a los truenos.

Y en el momento en que pasé por delante de ellos, cada uno me dio el regalo que me había entregado anteriormente: la copa de agua y el arco y las flechas, el don de dar la vida y de destruir; el ala blanca purificadora y la hierba de la curación; la pipa sagrada; y la vara floreciente. Y cada uno habló por turno desde el oeste al sur, explicándome como antes lo que me había sido concedido, y mientras lo hacían cada uno se confundía con la tierra y volvía a aparecer; y en tanto hablaban, me sentía más próximo a la tierra.

—Nieto, has visto el universo entero —dijo el más anciano—. Ahora volverás dotado de poder al lugar del que procedes, y acontecerá allí que algunos cientos serán sagrados, y otros cientos serán llamas. ¡Observa! [^93]

Miré y vi a mi pueblo, y todos estaban sanos y eran felices, a excepción de uno, que yacía como muerto: y ese uno era yo mismo. Entonces el Antepasado más viejo cantó, y su cántico fue como sigue:

Alguien yace en la tierra de manera sagrada.

Hay alguien. En la tierra descansa.

De un modo sagrado, yo he conseguido que ande. [^94]

El tipi, edificado y techado con nubes, comenzó a oscilar como si lo sacudiera el viento, y el portal del arco iris en llamas fue apagándose. Oí voces de todo tipo que gritaban en el exterior:

—¡Ala de Águila Se Despliega va a surgir! ¡Contempladle!

Cuando pasé el portal, la faz del día de la tierra se aparecía con el lucero del alba en la frente; y el sol se alzó, saltando, y me miró, y yo estaba solo.

Y mientras andaba a solas, escuché el canto del sol que se elevaba, y su cántico era el siguiente:

Con el rostro visible aparezco.

De manera sagrada aparezco.

Ante la verde tierra me presento amable.

El centro del aro de la nación he hecho grato.

¡Contemplad mi rostro visible!

Yo hice que anduvieran los bípedos y los cuadrúpedos.

Las alas del aire hice que volaran.

Con rostro visible yo aparezco.

Mi día, yo lo he hecho sagrado. [^95]

Me sentí perdido y muy solo cuando el canto acabó. Entonces una voz por encima de mí me ordenó:

—¡Mira atrás!

Era un águila moteada la que me había hablado mientras volaba sobre mí. Miré hacia atrás y donde había estado el tipi del arco iris en llamas, edificado y techado con nubes, no vi sino el alto monte peñascoso del centro del mundo.

Estaba yo solo en un vasto llano, con las plantas apoyadas sobre la tierra, solo salvo por el águila moteada que me custodiaba. Mi poblado estaba visible a lo lejos, y caminé muy aprisa, porque la nostalgia había hecho presa en mí. Vi mi tipi, y en su interior, a mi madre y mi padre inclinados sobre un muchacho enfermo que era yo mismo. Y cuando entré, alguien decía:

—El chico se recobra. Conviene que le deis agua.

Y me incorporé. Me apenaba que mi madre y mi padre no parecieran saber que yo había estado a tan gran distancia de ellos.