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02 - Primera Infancia

Soy lakota del grupo oglala. [^28] El nombre de mi padre fue Alce Negro, y su padre lo llevó antes que él, y el padre de su padre, de modo que soy el cuarto que se llama así. Era hechicero, como varios de sus hermanos. Él y el padre del gran Caballo Loco fueron primos, porque tuvieron al mismo abuelo. El nombre de mi madre era Vaca Blanca Ve; su padre se llamaba Niégate-a-Ir, y su madre, Muchas Plumas de Águila. Recuerdo a los dos. Los pawnees [^29] mataron al padre de mi padre cuando yo era demasiado pequeño como para entenderlo, y su madre, Mujer Águila Roja, falleció poco después.

Nací en la Luna de los Árboles Crujientes (diciembre) [^30] junto al río Little Powder, durante el Invierno En Que Mataron a Cuatro Indios Crows (1863), [^31] y tenía tres años de edad cuando mi padre se rompió la pierna derecha en la batalla de los Cien Muertos. [^32] Desde entonces siempre anduvo cojo, hasta el día de su muerte, que ocurrió hacia la época en que la banda de Pie Grande fue aniquilada en Wounded Knee (1890). Yace aquí, en estas mismas colinas.

Recuerdo el Invierno de los Cien Muertos como quien pudiera acordarse de una pesadilla en los primeros años de su vida, pero no discierno entre lo que oí siendo mayor y lo que comprendí siendo niño. Es como algo terrible oculto en la niebla, pues era una época en que todo era trastorno y terror.

En aquellos días yo nunca había visto a un wasichu [^33] y no sabía cómo eran; pero en aquel entonces todo el mundo decía que los wasichus se acercaban y que nos iban a arrebatar nuestras tierras y a borrar de la faz de la tierra, y que tendríamos que luchar hasta morir. Fueron los wasichus, no obstante, los que perecieron en aquella batalla, y fue algo muy comentado durante mucho tiempo; pero un centenar de wasichus era poco si había otros, muchos más, innumerables, en el lugar de donde provenían.

Me acuerdo de que una vez le pregunté a mi abuelo sobre aquello:

—Cuando los exploradores vuelven de vigilar las praderas repletas de bisontes, la gente dice que los wasichus vienen; y cuando hay hombres extraños que vienen a matarnos a todos, dice que los wasichus vienen. ¿Qué significa todo eso? —le pregunté.

—Que hay muchos [^34] —me contestó.

Cuando tuve más edad, supe el motivo de los combates durante aquel invierno y el verano siguiente. Los wasichus habían descubierto, por encima del Madison Fork, gran cantidad del metal amarillo que veneran y que los hace enloquecer, y deseaban trazar un camino por nuestra tierra hasta el sitio en que estaba el metal amarillo; pero mi pueblo no quería ningún camino por allí. [^35] Espantaría a los bisontes, y, además, permitiría que otros wasichus llegasen en tropel. Nos aseguraron que no codiciaban más terreno que el que las ruedas de un carro abarcasen; pero los nuestros no se dejaron engañar. Y si se observa ahora con cuidado, enseguida comprenderás lo que querían.

Antaño fuimos dichosos en nuestro país y pocas veces sufrimos hambre, pues bípedos y cuadrúpedos vivían como parientes, y todo era abundancia tanto para ellos como para nosotros. Pero llegaron los wasichus, y han hecho pequeñas islas para nosotros y otras pequeñas islas para los cuadrúpedos, y esas islas se hacen cada vez más exiguas, pues los wasichus se extienden como una plaga, con sus sucias mentiras y su avaricia.

Hace mucho tiempo mi padre me contó lo que su padre le había dicho: que hubo en otra época un hombre santo lakota, llamado Bebe Agua, [^36] que soñó lo que finalmente sucedería; y ello aconteció muchos años antes de la aparición de los wasichus. Soñó que los cuadrúpedos regresaban al interior de la tierra, [^37] y que una raza desconocida había tejido una telaraña en torno a los lakotas.

—Cuando eso pase —dijo—, viviréis en casas cuadradas y grises, en tierras estériles, y junto a esas casas cuadradas y grises moriréis de hambre.

Se cuenta que volvió a la Madre Tierra poco tiempo después de su visión, y que le mató la pesadumbre. Mira ahora lo que hay a tu alrededor y entenderás que se refería a estas casas de tejados destartalados que ocupamos, y que todo lo demás era verdad. En ocasiones los sueños son más sabios que la vigilia.

Y, por lo tanto, cuando los soldados se construyeron una ciudad de troncos junto al vado Piney del río Powder, [^38] los míos supieron que se proponían trazar el camino y adueñarse de nuestras tierras, y tal vez matarnos a todos en cuanto tuvieran la fuerza necesaria. Caballo Loco tenía entonces diecinueve años y Nube Roja era aún nuestro jefe supremo. [^39] En la Luna de la Estación Cambiante (octubre) [^40] convocó a todos los grupos lakotas dispersos a un gran consejo en el río Powder, y cuando emprendimos el sendero de guerra contra los soldados, un jinete podía cabalgar a través de nuestros poblados desde el amanecer hasta que el día estaba en lo más alto, tal era la extensión de nuestro campamento en el valle del río, pues muchos de nuestros amigos, los shyelas [^41] y los nubes azules, [^42] habían acudido para ayudarnos en la lucha.

Y cuando la luna mordida se demoró (cuarto menguante), [^43] en la Época de los Árboles Crujientes, los cien fueron aniquilados. Mi amigo, Trueno de Fuego, que es mayor que yo, estuvo presente en aquella batalla y puede contarte cómo fue.

Habla Trueno de Fuego🔗

Tenía yo dieciséis años en aquel entonces, y después del gran consejo junto al Powder, nos habíamos trasladado al río Tongue y acampamos en la boca del Peno Creek. Éramos muchos. Nube Roja estaba al mando, pero la jefatura de nuestra partida correspondía a Gran Camino. Cabalgamos al amanecer arroyo arriba hacia la ciudad de los soldados, junto al Piney, pues era nuestra intención atacarla. El sol estaba a media altura cuando nos detuvimos en el sitio en que el camino de los wasichus descendía por una cresta estrecha y empinada, y cruzaba el curso de agua. Era buen lugar para combatir, y por ello enviamos a algunos hombres para que provocaran e hicieran salir a los soldados. Mientras lo hacían, nos dividimos en dos grupos y nos escondimos en las barrancas, a uno y otro lado de aquella cresta y quedamos a la espera. Después de un buen rato esperando, oímos un disparo en la cima, y supimos que los soldados venían. Pellizcamos las narices de nuestros caballos para que no relincharan a los de los wasichus. No tardamos en divisar a nuestros hombres. Algunos regresaban a pie, tirando de sus caballos para que los soldados creyeran que estaban cansados. Los guerreros que habíamos enviado bajaron corriendo por el camino que había entre nosotros, y los soldados los perseguían en sus monturas, disparándoles. En cuanto llegaron al llano que se extendía en la base de la colina, se desató la contienda. Yo llevaba un alazán, y cuando iba a saltar sobre él, los soldados retrocedieron y empezaron a cargar cuesta arriba. Mis armas eran un revólver que había adquirido en trueque, arco y flechas. Cuando nuestros enemigos cargaron, yo contuve al alazán con una mano y con la otra les disparaba, dándoles muerte, tan cerca estaban de nosotros. Abundaban las balas, pero había aún más flechas; eran tantas que parecía una nube de langostas sobre el adversario. Y nuestra gente, al disparar de manera cruzada, se hería mutuamente. Los soldados caían a medida que remontaban la altura y sus caballos huían al galope. Muchos de los nuestros persiguieron los corceles, pero yo no estaba por los caballos, yo quería cazar wasichus. Una vez estuvieron en la cima, pocos soldados quedaban ya vivos y, además, no tenían ya lugar en que esconderse. Combatían con tesón. Nos ordenaron que reptásemos hasta ellos y obedecimos. Cuando estuvimos cerca, alguien chilló:

—¡A por ellos! Hoy es buen día para morir. ¡Pensad en los que quedaron desamparados en nuestras casas!

—¡Hoka hey! [^44] —gritamos todos.

Y nos precipitamos contra los wasichus. Yo era entonces joven y rápido, y fui uno de los primeros en llegar hasta los soldados. Se levantaron y combatieron con valentía hasta que no quedó ninguno con vida. Llevaban un perro, que salió corriendo aullando por el camino hacia la Ciudad de los Soldados. Era el único que quedaba vivo. No le disparé porque me pareció muy gracioso; [^45] pero muchos lo hicieron y murió cubierto de flechas. No restaba, pues, soldado alguno. Solo quedaban cadáveres de hombres y caballos e indios heridos esparcidos por toda la ladera del monte, y tenían la sangre congelada, pues había llegado tormenta y hacía mucho frío, y el frío aumentaba sin tregua. Dejamos todos los cadáveres allí, porque el suelo era firme, y recogimos a los heridos y regresamos; mas perdimos a muchos de ellos antes de que alcanzásemos nuestro campamento junto a la boca del Peno. Hubo una intensa ventisca aquella noche; y algunos heridos, que no fallecieron en el camino de vuelta, murieron en sus hogares. Fue en aquella ocasión cuando el padre de Alce Negro se rompió la pierna.

Alce Negro continua🔗

Me acuerdo bien de cuando mi padre regresó a casa con una pierna rota de matar a tantos wasichus, y me parece que puedo también acordarme de la batalla, aunque tal vez esté equivocado. Lo que más permanece en mi memoria es el miedo. No me dejaban entonces jugar lejos de nuestro tipi. Mi madre decía:

—Si no eres bueno, los wasichus vendrán a buscarte. [^46]

Debimos de levantar el campo en la boca del Peno poco después de la batalla, pues me acuerdo de mi padre tumbado en una narria, [^47] envuelto como un niño en pieles de bisonte, y a mi madre sobre la jaca que tiraba de ella. Había una gruesa capa de nieve y hacía mucho frío. Me acuerdo también de ir sentado en otra narria, junto a mi padre y mi madre, cubierto de pieles. Nos alejábamos del sitio en que se encontraban los soldados; no sé hacia dónde nos dirigíamos, pero sí que avanzábamos hacia el oeste.

Pasamos hambre aquel invierno, porque la espesa nieve dificultaba el rastreo de los alces; y muchas personas sufrieron la ceguera por culpa de la nieve. Vagamos durante mucho tiempo y algunos grupos acabaron desperdigándose, perdidos. Finalmente, acampamos en los bosques, en algún lugar junto a un riachuelo, y los cazadores volvieron con carne.

Creo que fue ese mismo invierno cuando un hechicero, llamado Reptante, fue entre la gente curando a los que habían quedado ciegos por el reflejo de la nieve. Les ponía nieve sobre los ojos, y después cantaba una canción sagrada que había oído en sueños, les soplaba entonces en la nuca y recobraban la vista; o al menos eso me contaron. Su canción hablaba de una libélula, a la que debía su poder, según decían. [^48]

Era ya otra vez verano cuando montamos el campamento junto al Rosebud. Yo apenas tenía miedo, pues los wasichus parecía que se encontraban muy lejos, el valle era apacible y la carne abundaba. Sin embargo, todos los niños de cinco o seis años en adelante jugaban a la guerra. Pertenecían a diferentes bandas de la tribu y combatían entre ellos con bolas de cieno que se arrojaban con varas de sauce. Los más mayores se divertían con un juego llamado «a desmontarlos de sus caballos», que solo se diferenciaba de la lucha verdadera en que no había muertos; porque a veces incluso se lastimaban de verdad. Los jinetes de las distintas bandas se alineaban y cargaban a grito pelado; y cuando llegaban a embestirse al galope, las jacas se encabritaban, trastabillaban y relinchaban en medio de una densa polvareda, y los jinetes se lanzaban unos sobre otros y peleaban hasta que uno de los equipos perdía todos sus miembros, pues los que daban con el cuerpo en el suelo se contaban como muertos. [^49]

Cuando crecí, también yo participé a menudo en tales encuentros. Siempre nos enfrentábamos desnudos, como los guerreros que van a la batalla, si no hace mucho frío, porque son más rápidos libres de ropajes. En cierta ocasión caí de espaldas sobre un macizo de nopales, y mi madre estuvo mucho tiempo sacándome las pinchas. Aquel verano yo era aún demasiado pequeño para intervenir en aquellos simulacros de guerra, pero recuerdo que, mientras uno contemplaba a los muchachos, pensaba que, cuando creciéramos y nos hiciéramos hombretones, tal vez llegaríamos a matar a todos los wasichus o a expulsarlos bien lejos de nuestras tierras.

Fue en la Luna en que las Cerezas Oscurecen —agosto— [^50] cuando todo el mundo volvía a hablar de una batalla, y cuando nuestros guerreros regresaron con muchos heridos. Fue el Ataque a los Carros. [^51] Empecé a sentir miedo de nuevo, pues aquella batalla no la ganamos, y hubo gran duelo por los muertos. Trueno de Fuego también estuvo en aquel combate y te puede contar lo que ocurrió.

Trueno de fuego habla🔗

Aquello nos fue mal. Era una pradera muy amplia, llana, rodeada de colinas. Los wasichus habían dispuesto sus carros en círculo, para retener así las mulas durante la noche. No eran muchos, pero estaban postrados detrás de los vehículos y nos disparaban con mayor velocidad que nunca hasta entonces. Pensamos que tenían un nuevo conjuro de gran eficacia, porque abrían fuego con tal rapidez que era como desgarrar una manta. Supe después que se debía a que poseían armas nuevas, que se cargaban por detrás y que era la primera vez que las usaban. [^52] Llegamos después del amanecer. Éramos muchos, muchísimos, y teníamos la intención de embestir contra ellos y borrarlos del mapa. Pero nuestras jacas tenían miedo del anillo de fuego de los fusiles de los wasichus, y no quisieron acercarse. Nuestras mujeres nos observaban desde las alturas y oíamos cómo cantaban y cómo se lamentaban, gritando, cuando los disparos cesaban. Nos esforzábamos, pero no lo conseguimos, y muchos guerreros y caballos cayeron en combate y allí se quedaban alrededor de los carros, diseminados por el llano. Dejamos nuestras monturas en una quebrada y atacamos a pie, pero fue como hierba verde que abrasa el fuego. Así que recogimos a los heridos y nos retiramos. No sé cuántos de los nuestros murieron, pero fueron muchos. Nos fue mal la cosa.

Alce Negro prosigue🔗

No me acuerdo en dónde pasamos el invierno aquel año, pero fue una época de paz y de abundancia.

Oso Erecto Habla🔗

Yo tengo cuatro años más que Alce Negro, y hemos sido buenos amigos desde la infancia. [^53] Sé que acampamos junto al Powder, en un lugar donde hay muchos álamos. A los caballos les encanta la corteza del álamo y les sienta bien. Fue el invierno en que la madre de Camisa Alta murió porque un gran árbol cayó sobre su tipi. Fue una noche muy ventosa. Me despertaron los ruidos, y oí que había muerto una anciana, y era la madre de Camisa Alta. [^54]

Alce Negro prosigue🔗

Tenía yo cuatro años de edad entonces, y me parece que sería al verano siguiente cuando oí por vez primera las voces. Fue un verano feliz y no había por qué tener miedo de nada, pues, en la Luna en que las Jacas Mudan (mayo), [^55] los wasichus nos hicieron saber que habría paz y que jamás harían uso de la carretera, y que todos los soldados se retirarían. Los soldados marcharon y sus enclaves fueron arrasados; y en la Luna en que las Hojas Caen (noviembre), [^56] hicieron un pacto con Nube Roja en el que se señalaba que nuestro país sería nuestro mientras la hierba brotara y el agua discurriera. Y se puede ver que ni la hierba ni el agua son los que olvidaron su palabra. [^57]

Acaso no fuese en aquel verano cuando oí por vez primera las voces, aunque creo que sí lo fue, pues sé que ocurrió antes de que jugase con arco y flechas o montase a caballo, y estaba a solas cuando las oí. Fue como si alguien me llamase, y pensé que se trataba de mi madre, pero allí no había nadie. Esto me sucedió en más de una ocasión, y siempre me asustaba tanto, que me iba corriendo a casa.

Tenía yo cinco años cuando mi abuelo me hizo un arco y algunas flechas. La hierba era reciente y yo montaba a caballo. Una tormenta se acercaba por donde se pone el sol, e iba yo trotando por el bosque, a orillas de un arroyo, cuando vi a un tirano posado en una rama. [^58] No fue un sueño: ocurrió. Iba a disparar contra él con el arco que me había hecho mi abuelo, pero el pájaro se me anticipó y me dijo:

—Las nubes que cubren lo alto tienen un solo lado. [^59]

Quizá aquello significaba que todas las nubes me miraban. Y agregó:

—¡Escucha! ¡Una voz te llama!

Entonces miré a las nubes, y aparecieron en ellas dos hombres cabeza abajo como flechas que cayeran; y mientras se acercaban, cantaban un himno y el trueno era como el redoble del tambor. Te lo voy a cantar. La voz y el ritmo eran así:

Escucha, una voz sagrada te llama; por todo el firmamento una voz sagrada te llama.

Me quedé quieto, sentado, contemplándolos. Venían de donde viven los gigantes (norte). Pero cuando ya estaban muy cerca de mí, se desviaron hacia el lugar en que el sol se pone y se convirtieron de pronto en gansos. [^60]

Se esfumaron. Y empezó a llover y se levantó el vendaval, el viento rugía.

No le conté mi visión a nadie. Me complacía pensar en ella, pero tenía miedo de contarlo.