Capítulos

Introducción

Philip J. Deloria

Leí por primera vez Alce Negro habla a principios de la década de los setenta. Aún conservo aquel ejemplar (publicado por Pocket Books en 1972) y lo tengo aquí al lado, mientras escribo, con su encuadernación deshecha, su cubierta desgastada y sus páginas sueltas. ¿Por qué cogí el libro aquella primera vez? Cuestiones de familia, eso seguro, pues mi abuelo conoció a Alce Negro y mi padre lo tenía muy presente. Pero también tuvo que ver mucho la forma en que Simon and Schuster (de la que Pocket Books era un sello) presentó el libro, como una lectura imprescindible para aventureros y aspirantes a místicos. Aquella categoría se expandió fácilmente hasta incluir a aquellas jóvenes almas inquietas como yo mismo que se hallaban contemplando con toda solemnidad el sentido de la vida por vez primera. La gran visión de Alce Negro y sus otras experiencias espirituales —narradas magistralmente «a través» del poeta laureado de Nebraska John G. Neihardt— debían ser tomadas como manual y como ejemplo de una vida trascendente, más rica, más comprometida.

La cubierta del libro lucía una extraña composición que ribeteaba la cara morena, sabia y triste de un anciano nativo americano. Incorpórea y enmarcada por un círculo marrón sobre fondo negro, la cara levitaba por encima de un joven con el torso desnudo y los brazos abiertos en actitud de oración. El joven parecía emerger de un círculo azul superpuesto al marrón y conectado a este por dos bandas con «diseño indio». Sus brazos reflejan las líneas del círculo marrón y consiguen un efecto potente: transmiten la relación entre la experiencia sagrada de un joven y la sabiduría espiritual de un anciano. Para aquellos versados en estos asuntos, la complicada imagen tiene un extraño punto de realismo. Pues el hombre es Alce Negro, con su rostro envejecido, y el «diseño indio» está basado en una fotografía tomada por Joseph Epes Brown en 1947.

La cubierta me ofreció otras pistas interpretativas. En lugar del subtítulo formal («La verdadera historia de un chamán de los sioux oglalas»), la edición de Pocket Books luce esta descripción: «El legendario "libro de visiones" de un nativo americano». En la solapa interior se va aún más allá: «Un libro de leyenda, una visión tan personal que supera con creces cualquier viaje de LSD». ¡Un viaje de LSD! ¿No era eso justo lo que yo andaba buscando? En efecto, yo, como muchos otros, leí por primera vez Alce Negro habla como modelo para una búsqueda de significados ulteriores a través del poder espiritual del mundo natural. Al mismo tiempo, sin embargo, la edición situaba explícitamente las propias posibilidades de Alce Negro en el pasado. En la contracubierta, los lectores podían encontrar palabras y frases familiares que definían la esencia misma del indio en extinción: «dolor», «tal vez no vuelva a llamar nunca», «cielo vacío», «la muerte de su pueblo», «la gran historia de los sioux toca a su fin», «el aro sagrado de la vida está roto» y demás. El libro insiste necesariamente en que, si la visión de Alce Negro ya no era válida para los nativos americanos, podía no obstante seguir viva «para todos los hombres». ¡Y era mejor que un viaje de LSD! La cubierta capturaba las tensiones clave que todavía hoy siguen atrayendo a los lectores hacia el libro: la disposición de Neihardt de creer tanto en el poder de la visión de Alce Negro como en su final y, por tanto, en el final trágico del pueblo indio y de su vida.

Los lectores más experimentados de Alce Negro habla enseguida apreciarán que este pequeño análisis no aporta nada nuevo. El libro ha vendido más ejemplares que ningún otro título dedicado a los estudios nativos americanos y ha generado cantidades ingentes de comentarios críticos inteligentes. Lo que importa aquí es la forma en la que el libro me habló a mí —cruda y poderosamente— sobre las posibilidades de una visión mística de la vida espiritual.

En 1979 mi padre, Vine Deloria Jr., redactó la introducción de una nueva edición de Bison Books en la que adoptaba un enfoque distinto, calificando célebremente a Alce Negro habla como la «biblia de todas las tribus» y como un clásico religioso norteamericano que capturaba el poder espiritual del continente. Hablaba de una «tradición teológica de Alce Negro» y lo situaba en el contexto de otras contribuciones históricas al pensamiento religioso mundial. Donde una vez un «nosotros» americano leyó el libro por las posibilidades que ofrecía en cuanto a exploración personal, ahora un «nosotros» tribal tal vez lo abrace como un significante general de las prácticas indias; incluso aunque la especificidad histórica de su(s) autor(es) diera paso a una exigencia de verdad trascendental. Leí aquella edición mientras estudiaba un curso de religiones nativas americanas en la Universidad de Colorado y pude confirmar que las proclamas panindias y universalistas de mi padre agradaban a mis compañeros. A mi padre se le daban bien ese tipo de cosas —las provocaciones a gran escala— y la asociación de «biblia» con «todas las tribus» era un buen método para ir aplanando el terreno. No obstante, había protestas calladas: jóvenes de tribus que no eran de las llanuras y que preferían la velocidad relativa de la búsqueda de la visión a las ceremonias más lentas y más duraderas de sus propias tribus; la reticencia a aceptar la historia de una vida particular como clave para tan extenso significado; y la incertidumbre inherente a la relación narradora entre Alce Negro y John Neihardt. Durante aquella lectura me vi más atraído por los intersticios raros de la historia: ya no tanto por las imágenes cautivadoras de la visión como por el tiempo que pasó Alce Negro en Europa, solo y con Buffalo Bill. Para mí (y quizá para otros lectores como yo) el libro había cambiado de carácter. Y eso me incomodaba un poco.

Aquella incomodidad estallaría en 1984 con la publicación de The Sixth Grandfather: Black Elk's Teachings as Given to John G. Neihardt [El Sexto Antepasado: las enseñanzas de Alce Negro ofrecidas a John G. Neihardt], de Raymond DeMallie, que recopilaba las notas taquigrafiadas originales y que dejaba al descubierto, por fin, la pátina literaria introducida por John Neihardt. Leí The Sixth Grandfather en un tren que iba desde Colorado a California, y me sentí desilusionado unas veces (respecto a mis primeras lecturas místicas) pero fascinado otras (respecto al enfoque histórico de la segunda). Para muchos lectores de Alce Negro, el libro de DeMallie engendró al tiempo una crisis de confianza en el texto («¿me estás diciendo que Neihardt, la quintaesencia del poeta honorable, reescribió algunas de las cosas que dijo Alce Negro?») y una nueva curiosidad respecto al resbaladizo terreno de la traducción entre texto oral, notas transcritas y expresión literaria. En efecto, la cubierta del libro captura e incluso celebra esa incertidumbre, pues presenta una fotografía a color voluntariamente borrosa de Alce Negro. Ataviado con un tocado, camisa y corbata, aparece encajonado en la esquina inferior izquierda mientras mira hacia arriba, más allá del observador. The Sixth Grandfather, como algunos críticos han señalado, sentó las bases para una crisis de significado posestructuralista en relación con un libro que había servido de texto fundacional. Le surgieron entonces múltiples lecturas: con o sin DeMallie, antes o después de él. Y se hacía cada vez más difícil de encontrar la que fuera correcta.

En 1989 y en 1990 utilicé en mis clases la edición de 1988 de Bison Books, que lucía una pintura de Frank Howell —Cuerno de Alce y hierbas — en su cubierta. Aquel pastiche de Howell —hermoso y a su vez representativo de los excesos de los «ochenteros» de lo que se conoce como «estilo Santa Fe»— contribuyó a redefinir el libro una vez más como una especie de droga iniciática para aficionados a la mística New Age, una audiencia global incluso mayor de los vástagos de los lectores de la edición de Pocket Books. Para mí, Alce Negro había vuelto, por así decirlo, al punto de partida, pero ahora yo cargaba con otra clase de bagaje lector. Quizá no era más sabio, pero al menos sí más experimentado que la primera vez y, por tanto, confiaba menos en una lectura apasionada. Sin caer en el cinismo posmoderno, sí que me sentía muy escéptico respecto al origen y las implicaciones políticas de este y otros textos similares. Francamente, estaba cansado del libro, que para entonces ya había generado una enorme cantidad de literatura crítica y adquirido un público amplio versado en la cuestión. Alce Negro habla era propiedad de todos, y los significados íntimos y trascendentales que me acompañaron en lecturas pasadas estaban, pensaba yo, heridos de muerte. Tristemente, el libro había perdido gran parte de su riqueza.

Y tampoco es que no hubiera nada más que leer. Durante aquellos años salió a la luz mucha literatura nativa americana de calidad: ficciones deslumbrantes y también libros maravillosos de no ficción, obras nuevas y obras rescatadas de los archivos. Atrapados por Louise Erdrich, Sherman Alexie, Leslie Marmon Silko y otros escritores nativos americanos, muchos lectores tenían pocos incentivos para revisitar Alce Negro habla. Y así, cuando en el 2000 salió la edición de Bison Books apenas reparé en ello y, a pesar de que Ray DeMallie es el principal estudioso de Alce Negro, tampoco le presté mucha atención cuando en 2008 salió su fabulosa edición anotada en SUNY Press.

Poco tiempo después, sin embargo, encontré en una librería de viejo una edición de Bison Books de 1961. La compré sin pensármelo y descubrí que mi lectura había cambiado y madurado otra vez, todavía más. Tenía claro que Alce Negro habla nunca podría ser la clase de libro que alguna vez fue para mí: un recuento literario inocente, curioso y de gran riqueza de las reminiscencias de la vida lakota. Aquellos días habían pasado. La cubierta de 1961, por ejemplo, tiene un aire de primitivismo pictográfico que evoca sentimientos de inocencia con su fondo blanco salpicado de lo que parecen ser citas visuales en miniatura de las ilustraciones de Oso Erecto que acompañan al texto original. Mi yo del pasado quizá habría aceptado sin más aquellas imágenes. Pero esa ya no es la naturaleza de este libro, pues su historia crítica crea un bagaje de conocimientos que insiste en el escrutinio minucioso. Me vi comparando los dibujos de la cubierta con las imágenes de Oso Erecto y pude entender que gran parte de los dibujos de la cubierta habían sido inventados o tomados de otras fuentes. Puede que este dato no sea extraordinario, pero pone de manifiesto las formas en las que este libro —nacido para ser inestable en sus significados— siempre exige un interrogatorio complejo.

Al mismo tiempo, no obstante, cuando volví a enfrascarme en su lectura una vez más, me despedí de todo aquello. Pues hay algo en Alce Negro habla —sus historias, su vocabulario, su sintaxis— que resulta convincente y apasionante de un modo único. Su lectura no es como la de ningún otro relato de naturaleza oral en los que algún indio le va narrando historias a un recopilador blanco. Ni tampoco es como la poesía de Neihardt, con sus pareados épicos, sus rimas limpias y un claro impulso narrativo. Lo que encumbra a Alce Negro habla es exactamente aquello que no podemos acabar de saber y que por eso nos hace darle vueltas constantemente: la estética combinada y la relación espiritual entre Alce Negro y John Neihardt que asoma entre los huecos del significado y las palabras y las frases entretejidas de narrador, traductores y autor. ¿El contenido espiritual del libro es trascendental? Puede que sí. No soy quién para decirlo. Sin duda los lectores, yo incluido, han encontrado trascendencia real en la fuerza de las palabras que pueblan sus páginas.

He perdido la cuenta del número de veces que he leído Alce Negro habla, y este mismo hecho da fe de la fuerza del libro. Esta vez, me descubrí entretenido con las pequeñas cosas que asoman en los descansos entre la gran visión, las batallas, las descripciones de ceremonias y los episodios del Salvaje Oeste, pues son dulces testimonios de una vida vivida presente en las historias fascinantes y en la belleza literaria del libro: los erizos llorando en el frío invierno, la confesión veraz de lo costoso que puede hacerse el tener que lamentarse y gemir, los momentos en los que era difícil encender un fuego con madera mojada, los niños ayudando a ancianas a cruzar el All-Gone-Tree Creek con cuerdas de cuero sin curtir, el chico que, por algún motivo, escaló el mástil de la bandera del fuerte y cortó la punta, los besos en la pesca, el misterio de los labios siempre cortados de Watanye, la mujer a la que mató la rama de un árbol que cayó sobre su tipi, el nerviosismo de un joven guerrero intentando trenzar una pluma en su pelo mientras agarra a su caballo, una pierna rota y la piel arrancada adherida a una pistola que se había congelado en unas manos sin guantes.

Alce Negro habla ha sido presentado, prologado, anotado y explicado muchas veces a lo largo de los años y ya albergo pocas esperanzas respecto a la importancia de mis propias experiencias con el libro. Y, sin embargo, siempre he tenido la sensación de que otros han estado ahí conmigo, leyendo y quién sabe si experimentando el libro de formas similares, quizás hasta reflejando mi propio ciclo de fascinación, agotamiento y regreso. Para mí, las lecciones del libro siguen ganando en claridad con el paso del tiempo y con cada nueva edición y cada nueva lectura: está imbuido de un poder real que lo vuelve fundamentalmente misterioso; está imbuido de una complejidad histórica profunda que lo convierte en un puzle para la contemplación; y está imbuido de una belleza estética que logra que leer Alce Negro habla sea un acto de placer atemporal. Todas estas cosas son regalos, y debemos aceptarlas, al fin, como tales.