Prefacio a la edición de 1961
Conocí a Alce Negro en el mes de agosto de 1930. Trabajaba yo entonces en «The Song of the Messiah» [El canto del Mesías], que significó el quinto y último poema narrativo de mi Cycle of the West [Ciclo del Oeste]. Dicho canto versa sobre lo que los blancos denominan «la locura del Mesías», es decir, el gran sueño mesiánico que sacudió a los desesperados indios a mediados de 1880 y que terminó con la matanza de Wounded Knee, en Dakota del Sur, el 29 de diciembre de 1890.
Había ido con mi hijo Sigurd a la reserva de Pine Ridge en busca de algún hechicero ya veterano que hubiera intervenido en el movimiento mesiánico, y al que se le pudiera convencer para entrevistarle sobre el significado espiritual más profundo de aquella época. Yo conocía a muchos sioux oglalas desde hacía ya algún tiempo y tenía excelentes amigos entre los «pelos largos» [^9] de mayor edad. No es que careciera de información respecto a mi tema de estudio. Estaba al corriente de los hechos gracias a documentos y a ancianos supervivientes de aquel periodo, los cuales compartieron conmigo tanto sus mayores esperanzas como su trágico desengaño. Por ello, lo que necesitaba era más la experiencia de un contacto íntimo que lo que pudiera llegar a sonsacar a través de algún que otro relato. (Quienes hayan leído «El canto del Mesías» comprenderán a qué me refiero).
El señor W. B. Courtright, entonces jefe de agentes en la reserva citada, era seguidor de mi trabajo, en especial del Song of the Indian Wars [Canto de las guerras indias]. Por él me enteré de que un viejo sioux, llamado Alce Negro, vivía en las yermas colinas, a unos treinta kilómetros al este de la agencia, cerca del puesto que servía tanto de abacería como de estafeta llamado Manderson. Me dijeron que Alce Negro era una «especie de predicador», es decir, un wichasha wakon [^10] (hombre santo, sacerdote), y que había tenido cierta notoriedad en todo aquel asunto mesiánico. Además, era primo segundo de Caballo Loco, héroe y principal protagonista de mi Song of the Indian Wars, por lo que había conocido muy bien al famoso jefe indio.
Mi hijo y yo fuimos en automóvil hasta Manderson a probar suerte con aquel anciano. Halcón Volador, [^11] un intérprete al que conocía de alguna que otra vez, vivía allí. Se mostró dispuesto a conducirnos hasta la morada de Alce Negro, situada unos tres kilómetros más hacia el oeste. Por el camino, Halcón Volador me comentó que tal vez el anciano se negara a hablar conmigo. Quise saber por qué, y le dije que conocía a los indios desde hacía muchos años y que jamás se habían resistido a entablar conversación.
—Ese viejo es algo raro —me respondió Halcón Volador—. La semana pasada vino a verle una señora desde Lincoln (Nebraska). Quería escribir un artículo sobre Caballo Loco, que fue primo segundo de Alce Negro. La llevé hasta él, pero no quiso decir ni palabra. Está casi ciego. Estuvo tratando de mirarla, entrecerrando los ojos, durante un buen rato, y luego le dijo: «Puedo ver que eres hermosa y percibo también tu bondad; mas no deseo contarte esas cosas». Tal vez con usted sí que hable, pero yo lo dudo...
Empecé a dudarlo yo también, pues sabía, ante todo, que los conocimientos de un hombre santo se consideran sagrados. No obstante, tenía ganas de verlo, aun cuando solo fuera porque era pariente de Caballo Loco. Quizá tuviera, por ser hombre, más éxito que la dama que me había precedido.
Una carretera sin salida se deslizaba entre las colinas, desnudas y amarillas, hacia la vivienda de Alce Negro: una cabaña de troncos, de una sola habitación, en cuya techumbre de tierra medraban los hierbajos. Dos «pelos largos» ancianos, que ocupaban construcciones similares próximas a la carretera, nos escoltaron montados en caballos, curiosos por averiguar de qué se trataba. Poco más que los cambios climáticos —aparte de la salida y el ocaso del sol, con la aparición de la luna y las estrellas— acontecía en la región, y poco más podían hacer aquellos hombres que reflexionar sobre el ayer y quedar a la espera de la muerte.
Alce Negro se hallaba bajo un sombrajo hecho con ramas de pino cuando llegamos. Era mediodía.
Cuando partimos al anochecer, Halcón Volador dijo:
—Es curioso. El viejo parecía saber que ustedes vendrían.
Mi hijo comentó que tenía la misma impresión. Y yo, después de trabar amistad con el anciano durante varios años, estaba seguro de que lo sabía, pues, ciertamente, tenía poderes paranormales.
Después de estrecharle la mano, le expliqué a Alce Negro que tenía mucha amistad con los omahas y con muchos sioux también, y que me había trasladado hasta allí con ánimo de conocerle y charlar de los tiempos pretéritos.
—¡Ajá! —profirió, indicio de que mi propósito no le disgustaba.
Me había pertrechado de muchos paquetes de cigarrillos. Los distribuí, atendiendo en especial a nuestros espontáneos contertulios, que se habían acurrucado junto a sus caballos, a respetuosa distancia. Nos daban la espalda en señal de que no deseaban entrometerse, aun dispuestos a figurar en la reunión. Nos sentamos en el suelo y fumamos en silencio.
Alce Negro, con los ojos velados fijos en el suelo, parecía habernos olvidado. Iba yo a decir cualquier cosa para romper el hielo cuando se volvió hacia Halcón Volador y le dijo en sioux, pues ignoraba el inglés:
—Puedo sentir el deseo que tiene este hombre aquí sentado a mi lado por saber de las cosas del otro mundo. Le han enviado para que aprenda lo que sé. Voy a enseñarle.
Volvió a callar durante unos minutos. Le dijo algo finalmente a su nieto, que se hallaba cerca de nosotros, y el niño se fue corriendo cuesta arriba hacia una cabaña que había en la cima de la colina. Regresó con un ornamento sagrado que, tal como supe más tarde, había pertenecido al padre del anciano (también hombre santo), y que uno y otro habían usado durante muchos años en sus ceremonias religiosas. [^12] Consistía en una estrella de cuero, teñida de azul; de su centro pendían una tira de piel del pecho de un bisonte y una pluma remera de águila. El conjunto se colgaba del cuello por medio de una correhuela de cuero. Alce Negro nos lo mostró:
—He aquí el Lucero del Alba. El que lo contemple siempre podrá ver más allá, porque será sabio.
Luego levantó la pluma y dijo:
—Esto significa Wakon Tonka [^13] (el Gran Misterioso), y también que nuestros pensamientos deben volar tan alto como las águilas.
Entonces, mostrándonos la tira de piel de bisonte, aclaró:
—Esto simboliza todas las cosas buenas de este mundo: comida y refugio.
Me entregó el ornamento y me ordenó:
—Amigo mío, todo eso te deseo. Póntelo alrededor del cuello.
Le di las gracias y obedecí. Nos quedamos un rato en silencio, fumando, Alce Negro con la cabeza gacha, mirando al suelo.
Finalmente empezó a describir una visión que había tenido cuando era joven. Cuando se refería, siempre de manera velada, a su facultad de vidente, tenía, según supe posteriormente, el solo fin de avivar mi curiosidad, ya que él no podía tratar de materia tan sagrada libremente ante aquella concurrencia. Fue como entrever, como percibir vagamente un paisaje, extraño y hermoso, al fulgor inesperado de breves destellos.
A menudo interrumpía los prolongados silencios de aquel hombre anciano con referencias a los tiempos pasados, anteriores al comienzo de los días funestos y a la expoliación de la tierra por parte de los blancos. Cité grandes combates y los momentos cumbre de la historia sioux. Me contestaba cordial; pero resultaba cada vez más evidente que su interés primordial se centraba en «las cosas del otro mundo».
El sol iba a ponerse cuando Alce Negro me dijo:
—Tienes mucho que aprender. Lo que yo sé me fue otorgado para que lo compartiera con los hombres, y es la verdad y la belleza. Pronto yaceré bajo la hierba y todo se perderá. Te enviaron a ti para que lo salves. Debes volver para que yo pueda enseñarte.
—Volveré, Alce Negro —prometí—. ¿Cuándo quieres que vuelva?
—En primavera, cuando la hierba llegue a esta altura —dijo, señalando un palmo.
Durante el invierno escribí a Alce Negro. Nos sirvió de intermediario su hijo Ben, que había estudiado un año o dos en Carlisle. [^14] Así se concertó una larga visita para la primavera siguiente.
En los primeros días de mayo de 1931, acompañado de mi hija mayor, Enid, que ejerció como mi secretaria durante varios años, y de mi segunda hija, Hilda, volví al hogar de Alce Negro, para que me contase su vida en cumplimiento de un deber que, decía, pesaba sobre él. Su principal intención era «salvar su Gran Visión en beneficio de los hombres».
Efectuaron preparativos de todo tipo para recibirnos. Muchos pinos jóvenes, traídos desde una distancia considerable, rodeaban la cabaña de troncos y un tipi sagrado, decorado con símbolos espirituales, había sido erigido para servirnos de vivienda.
Las conversaciones empezaban cada día después del desayuno, y se prolongaban con frecuencia hasta altas horas de la noche. Había de vez en cuando breves intervalos de descanso, cuando el anciano, sin decir nada o sin excusarse por ello, se tumbaba en el suelo, reposaba la cabeza sobre el brazo y se dormía de modo casi instantáneo. Unos pocos minutos después se despertaba, visiblemente repuesto de la fatiga, y proseguía su relato como si no lo hubiera interrumpido. Casi siempre estaban presentes algunos «pelos largos» amigos de Alce Negro, algunos mucho mayores que él y, si se terciaba, colaboraban en la narración con sus propios recuerdos.
Ben, hijo del anciano, fue nuestro intérprete durante toda la visita y mi hija Enid, diestra taquígrafa, nos proporcionó una memoria fidedigna de lo contado y de las conversaciones allí mantenidas. [^15] Sus voluminosas notas, más la transcripción de las mismas, se conservan junto a otros documentos míos en las Colecciones de Manuscritos Históricos del Oeste, en la Universidad de Misuri.
John G. Neihardt
Columbia (Misuri),
1 de diciembre de 1960